Entrevista publicada en Revista Claro N. 9, Quito, Mayo 2009.
Autor: Ana María Durán CalistoEl estudio

Gonzalo estaciona su automóvil a las 3 en punto frente al estudio que comparte con Felipe Muller y su equipo de trabajo. Ocupa una de las casas del patrimonio Moderno de Quito que fueron diseñadas por el arquitecto de origen checo Carlos Kohn en la década del 50: las persianas originales, grises, aun cuelgan frente a los grandes ventanales, el enorme muro de lo que fue la sala comedor de la familia Bodenhorst combate el tiempo con su textura de melcocha negra, de ladrillo artesanal recién cocido –me remite a los grandes hornos del Valle de Los Chillos, a la temperatura manual del Ecuador pre-bloque-de-cemento.

Gonzalo me salva de sucumbir en nostalgias inútiles mostrándome la chimenea, la preciosa subdivisión de fibras naturales que separa lo que fue la zona privada de aquélla social, los muebles empotrados… Una serie de mesas, sillas con ruedas, computadores y papiros de dibujos enrollados ocupan el amplio espacio repleto de luz de la que fue una casa de familia y es ahora Gonzalo Diez Arquitectos: un taller fundado por Gonzalo y Felipe Muller en el 2004.

Sobrevuelo la pared: un afiche de la obra Relatividad, de M. C. Escher, cuelga cerca de la ventana. Escarbo con la mirada en los anaqueles y los dibujos colgados sobre los muros con un ingenioso soporte de cables o hilos de pescar y roscas o tornillos. Busco referentes: los seres, textos y arquitecturas que han contribuido a forjar a este joven arquitecto ecuatoriano. Hay fotografías de la Casa en el Lago de Weyba, del arquitecto australiano Gabriel Poole; la Casa Steel, de Grose & Bradley, también en Australia; la Casa Aquino, de Augusto Fernández (K + A Diseño) en México. Todas comparten la cualidad de poder abrirse por completo al paisaje: están construidas con materiales austeros (naturales y artificiales, duros y suaves, high y low tech), en estado crudo, y se desencajan para pulverizar los bordes entre interior y exterior. Varios volúmenes de las revistas Architectural Record y Architectural Review comparten con monografías de Alvaro Siza y Renzo Piano los nichos de una estantería cuyas repisas en mdf se inclinan, en el gesto oblicuo típico del lenguaje deconstructivista. En las secciones de los proyectos tempranos de Gonzalo los vacíos intermedios quiebran la estructura racional de columnas y losas, con zonas difuminadas o cuadrantes angulares, anti-gravitacionales, inestables. A menudo los diseños aparecen como prismas o conjuntos de prismas que envuelven otros prismas en un espacio telescópico de envoltorios que van de duros a suaves, de transparentes a opacos. En la memoria de los procesos de diseño se distinguen sendos análisis de contexto o estudios de la anatomía del cuerpo humano: los cuerpos de la arquitectura como composiciones armónicas de miembros que cumplen diversas funciones y se interrelacionan para conformar un todo casi perfecto. El taller está punteado por maquetas que muestran el peregrinaje formal de distintos proyectos. La mesa de la sala de reuniones recicla en su base dos elementos en mdf, y en su superficie, una enorme hoja de vidrio: materia que sobrevivió al desmantelamiento de una oficina anterior. Los herrajes de acero son los únicos componentes nuevos. Una cosa me queda clara luego de este sondeo inicial: Gonzalo sabe que con pocos medios se pueden obtener significativos resultados funcionales y estéticos.

Viajes, bagaje y el papel que juegan los dibujos en papel

Me detengo frente a los cuadernos de bosquejos de Gonzalo. “¿Puedo mirarlos?”, le pregunto. La pasta negra y dura se abre para revelarme los trazos precisos de su bitácora de viaje. “Cuando era estudiante en Catholic University”, me explica, “tomé un curso de verano en el 98 que nos llevó por Italia, Grecia, Turquía y Francia. Fue increíble. Visitamos talleres de arquitectura como el de Jean Nouvel y nos hospedamos en casas como la de Malaparte, en Capri”. Miro con sorpresa sus bosquejos, hoja tras hoja. Con sorpresa, porque a juzgar por su arquitectura, jamás hubiera inferido que Gonzalo tuvo una educación clásica, descendiente directa de la pedagogía de la Escuela de Bellas Artes de París: cortes, plantas, elevaciones y perspectivas de algunas de las grandes obras de arquitectura pueblan las páginas dejando huellas del análisis que hicieron el ojo y la mano: composición, proporciones, ejes, estructura. “Me parece penoso que el hábito de dibujar a mano alzada se esté perdiendo”, me dice. “No tengo nada en contra de las tecnologías digitales. Al contrario, las aprecio, pero el proceso de lo que asimila la cabeza conforme se dibuja no puede sustituirse con nada”. Gonzalo me cuenta que aprendió a utilizar el programa AutoCad una vez que hubo culminado sus estudios, cuando regresó a Quito, y que si pudiera, dedicaría gran parte de su tiempo a viajar y dibujar.

Piazza Navona, Roma, Italia. Bosquejo Gonzalo Diez, 1998. Lápiz y tinta sobre papel.

Panteón, Roma, Italia. Bosquejo Gonzalo Diez, 1998. Lápiz y tinta sobre papel

Duomo de Brunelleschi, Florencia, Italia. Bosquejo Gonzalo Diez, 1998. Lápiz, tinta y acuarela sobre papel

Miramos las páginas de otra bitácora perteneciente a un viaje posterior por Alemania y Francia, que fue motivado por una búsqueda propia, un interés por entrar en contacto con las raíces del Movimiento Moderno. “Alemania es la meca de la Arquitectura Moderna”, anota Gonzalo, mientras describe su trayectoria por el Rin. Algunos de los edificios que eligió dibujar, sin embargo, son post-modernos: el Museo de las Artes Decorativas de Richard Meier, de los 80, en Frankfurt; el Arco de La Defensa, de Otto von Spreckelsen y el Centro Pompidou, de Renzo Piano y Richard Rogers, ambos en París. Conversamos sobre la incidencia que tiene el edificio en el trazo del dibujante. Los colores de su bosquejo del Pompidou son puros, las líneas precisas. Para describir el Arco de la Defensa eligió la axonometría con su rigor científico por sobre la perspectiva y su énfasis en el observador. O sobre como el medio incide en la expresión: en algunas acuarelas, por ejemplo, su mano se licúa por completo y la representación del espacio se libera, los bordes se borran, se difuminan las superficies de color.


Centro Pompidou, París, Francia. Bosquejo Gonzalo Diez. Tinta y acuarela sobre papel.

Arco de la Defensa, París, Francia. Bosquejo Gonzalo Diez. Lápiz sobre papel.

Acuarela, Gonzalo Diez.

Procesos

Le pregunté por sus procesos de diseño y de trabajo. “A veces partimos de una analogía”, me explica Gonzalo. “Otras veces de un análisis de las condiciones del proyecto: terreno, ubicación, impacto en la ciudad. Tratamos de investigar cómo podemos lograr lo que queremos dentro de las restricciones, incluso aprovechándolas. Nos preguntamos hasta dónde podemos llegar. Es fundamental comprender cuáles son las limitaciones y cuáles las posibilidades para mediar y negociar. A menudo los arquitectos en Ecuador debemos encarar considerables restricciones económicas. Hay que ser ingeniosos, pues si bien la arquitectura no depende del presupuesto, cuando hay medios se puede, inevitablemente, explorar mucho más. En última instancia lo que buscamos es lograr un equilibrio entre intención, concepto e idea y restricciones”. El punto de partida, sin embargo, suele ser una idea abstracta o un concepto de lo que pretenden lograr. Dicha idea se procesa en una serie de dibujos y maquetas de estudio. Varias iteraciones se suceden conforme la arquitectura va tomando forma.

BAL: una buena noticia

La primera Bienal de Arquitectura Latinoamericana (BAL, http://www.as20.org/bal.html) fue convocada este año por el Grupo de Investigación AS20 de la Escuela de Arquitectura de Navarra, la Mancomunidad de la Comarca de Pamplona, el Ayuntamiento de Pamplona y el Colegio de Arquitectos Vasco-Navarro. Catorce estudios de América Latina fueron seleccionados por su trayectoria profesional. Constatamos con orgullo que uno de ellos es Gonzalo Diez Arquitectos. Cinco proyectos construidos por la firma serán expuestos y presentados en Pamplona del 19 al 22 de mayo.

Gonzalo, ¿cómo seleccionaste los proyectos a presentarse en la BAL? “Fue un trabajo en equipo con Felipe, hasta en el detalle de la selección de las fotos”. Este reconocimiento internacional los obligó a pensar en los proyectos más significativos del estudio. “Significativos”, me explica Gonzalo, “no desde el punto de vista de la escala, sino más bien de las ideas y el esfuerzo: los que más nos han agotado física y mentalmente y resultaron bien”. Trataron de incluir diversas tipologías: una residencia unifamiliar, la Casa Dávila; tres proyectos de vivienda colectiva: los edificio Urban-a, Abstra y Marquis; un ejercicio de rehabilitación, el restaurante Alma. Los proyectos varían en base al proceso que les dio vida. Eso buscaban ilustrar Gonzalo y Felipe: los diversos caminos que determinaron los resultados que se seleccionaron. Los consideran hitos en su trayectoria profesional “aunque mucha gente no piense que sean nuestros mejores proyectos”, añade. “En algunos casos el resultado fue mejor que el proceso, en otros el proceso fue definitivamente mejor que el resultado, y había que mostrarlo”, concluye.

Casa Dávila




En la Casa Dávila la relación con la cliente, una mujer de 85 años, fue determinante. Ella quería una casa tradicional, neo-colonial, y lo que resultó de la interacción entre un arquitecto que trabaja desde las abstracciones y prefiere explorar los mecanismos y las formas de las arquitecturas contemporáneas y una mujer entregada a la tradición, es un maravilloso híbrido rústico-moderno, en el cual los materiales sirvieron de mediadores para producir ambientes cálidos y acogedores sin que se abandonen las líneas precisas. Esta relación queda claramente expresada en los bordes, donde la estructura de acero se encuentra nítidamente con los marcos de madera. Los filtros de la pérgola y el clerestorio, las superficies de madera en pisos y muros, la textura lisa o rugosa de las extensiones de piedra y los ventanales confabulan con el aire, el agua y la vegetación para producir una arquitectura afín con la naturaleza y los sentidos.

Urban-a

Vale la pena detener la mirada en los cortes del Edificio Urban-a y, sobretodo, en el diagrama que muestra el ensamblaje vertical de diversos tipos de vivienda. ¿Por qué es tan importante hacerlo? Porque en nuestro país la mayoría de edificios de vivienda colectiva en altura simplemente apilan losas sobre losas de apartamentos genéricos que siguen patrones típicos de un mercado de bienes raíces cuyas premisas rara vez se cuestionan. En el Urban-a, Gonzalo Diez Arquitectos ofrece variedad, un plus desde el punto de vista comercial, a la vez que potencia la arquitectura, puesto que el proceso de trabar o entrelazar apartamentos le permite ofrecer a todos una vista hacia el Pichincha, excelente ventilación e iluminación natural. Algunos de los apartamentos se benefician, además, de la amplitud que abren los espacios de doble altura, tan a menudo agobiados en los desarrollos de vivienda de Quito, so pretexto de que no arrojan metraje para la venta (y a pesar de que restringen la plusvalía en el tiempo). La propuesta de Urban-a es sumamente innovadora en nuestro medio: aprovecha la existencia de usuarios cada vez más diversos para desarrollar un sistema arquitectónico en el cual el proceso de trabado o entrelazado de apartamentos arroja una arquitectura con espacios de gran calidad.

Abstra y el caso del Fucsia


¿Por qué pintaron de amarillo vibrante el muro fucsia del Edificio ABSTRA? Gonzalo esboza una sonrisa. “¿Te gustaba el fucsia?”, me pregunta. Me encantaba. Cuando lo vi me pareció una referencia interesante a la obra de Luis Barragán. ¿Era su intención citar o celebrar al afamado arquitecto mexicano? “En realidad buscábamos que el muro fucsia contrastase con el mono-cromatismo del edificio, trazado en gris, blanco y negro, cuyos interiores, incluso, permanecen neutrales y blanquecinos. La plaza semi-pública del edificio contribuye con el verde que crecerá en las jardineras de hormigón visto y la idea era que el muro fucsia ofreciera un contrapunto cromático a la vez que rompiera la escala y nivelara edificio, calle y plaza”. “Queríamos un color vibrante” añade, “pero el fucsia le resultó ofensivo a mucha gente del barrio. En nuestra idiosincrasia el amarillo es más aceptado”. Gonzalo nota mi relativo desconcierto y explica: “El fucsia es un color controversial, diferente, que rara vez se utiliza en la arquitectura. Sabíamos que se iba en contra de la corriente, pero no previmos que sería considerado un atentado contra el barrio”. Me viene a la mente la Torre Eiffel y la carta que escribió un grupo de eruditos en su contra. Maupassant llegó a afirmar que visitaba la Torre porque era el único lugar de París desde el cual no estaba obligado a mirarla. Ahora París es impensable sin su torre.

En la propuesta original para el Abstra, Gonzalo y Felipe colorearon el muro con un rosa intenso con la intención de enfatizar el umbral entre la plaza semi-pública del edificio y la Avenida Coruña. Sus letras de molde en bajo relieve –A B S T R A- producen un efecto gráfico: convierten al muro en una banda de papel, al texto en imagen, a la vez que realzan la sobriedad del edificio y elaboran un discurso público. Lo que este gesto nos deja claro es que la arquitectura es, ineludiblemente, un acto público –construimos ciudad, la materialización colectiva por excelencia-, y se lo proponga o no, es un acto ideológico: lleva embutido un discurso, a veces silencioso, una serie de valores. Es al discurso a lo que reaccionan los ciudadanos. Acaso el fucsia molestó a algunos porque no forma parte del léxico común y fascinó a otros, por exactamente la misma razón. En todo caso, el cambio de color reforzó la intención de Gonzalo y Felipe de que el muro tuviera “una vida libre”. Podría ser azul, verde, amarillo o fucsia. El objetivo primordial obliga a asumir que la arquitectura muta. Sus ocupantes la transformar sin cesar y dejan sus huellas en el tiempo. La amarilla no es más que la segunda capa.

Arquitectura y bienes raíces: subvirtiendo el sistema desde adentro

Para los proyectos Urban-a y Abstra, Gonzalo y Felipe tuvieron que hacer de todo: desde negociar el terreno hasta vender cada metro cuadrado. Es decir, asumieron la responsabilidad de la promoción de bienes raíces, pero no se hicieron cargo de la construcción. ¿La ventaja? Es la única forma de transformar la industria de la construcción y los estándares del mercado de bienes raíces desde la arquitectura. En sus experiencias pasadas, Gonzalo había sentido que el promotor iba amputando la arquitectura hasta que quedaba tan solo una sombra de la propuesta original. No es fácil encontrar promotores visionarios.

Gonzalo Diez Arquitectos es fascinante como proyecto empresarial: un híbrido de taller de arquitectura y oficina de promoción, o mejor aún, un taller de arquitectura que tiene el coraje de asumir el papel de la promoción para no sucumbir a sus limitaciones. Un fenómeno cada vez más común en América Latina, donde los estudios de arquitectura a menudo hacen las veces de fundación, ONG, constructora o promotora de bienes raíces para poder abrir sus alas y liberar al medio de sus restricciones asumidas, pero no insoslayables. Es otra forma de explotar el potencial de la poli-función. En esta estrategia, Gonzalo, Felipe y su equipo encontraron la forma de mantener el nivel de detalle deseado, convencidos de que la arquitectura es una buena inversión; acarrea los beneficios económicos del valor agregado que no se deprecia en el tiempo a la velocidad fulminante de los edificios que más que arquitectura son mera construcción, resultado de una intersección entre economía miope y normativa, de poco o ningún valor estético, con poca o sin ninguna riqueza espacial. Cuando se invierte en arquitectura, a largo plazo el valor de un edificio no sólo se mantiene, sino que además se refuerza. Gonzalo confirmó que la arquitectura cuenta: el Abstra se vendió en un mes y medio.