Ensayo escrito por Ana María Durán Calisto para Beyond Petropolis: Designing a Practical Utopia in Nueva Loja, un libro editado por Michael Sorkin, Ana María Durán Calisto, Matthias Altwicker y Oscar Riera Ojeda. Buenos Aires: Oscar Riera Ojeda Editores, 2011. El libro recoge los resultados del taller conjunto de investigación y diseño que se llevó a cabo en la FADA-PUCE y el City College de Nueva York en el otoño de 2006 y la primavera de 2007. El tema central del taller fue la posibilidad de soñar utopías practicables en la ciudad de Nueva Loja (Lago Agrio), un asentamiento que nació como campo petrolero en la década de los 70 y se ha convertido en el centro del debate sobre el desarrollo sostenible, la explotación petrolera y la problemática de los procesos de urbanización en la Amazonía
[English version below]

“…En aquel imperio, el Arte de la Cartografía logró tal Perfección que el mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad y el mapa del Imperio toda una Provincia. Con el tiempo esos Mapas Desmesurados no satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él. Menos Adictas al estudio de la Cartografía, las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y de los Inviernos. En los desiertos del Oeste perduran despedazadas Ruinas del Mapa, habitadas por Animales y por Mendigos; en todo el País no hay otra reliquia de las Disciplinas Geográficas”.
Del rigor en la ciencia, en El hacedor
Jorge Luis Borges

El territorio es un documento en continua transformación: maleable, elástico, pródigo e indomable. No sorprende que la ciencia que lo estudia, la geo-grafía, se remita etimológicamente al acto de escribir: en sus diversos estratos permanecen registradas las acciones y presiones ejercidas por diversas fuerzas naturales y sociales a través del tiempo. Ya André Corboz, en 1983, lo equiparó con un palimpsesto, en cuyos trazos la memoria y el olvido se renuevan y reconstruyen. América del Sur esculpe ahora mismo un nuevo territorio y observarlo bajo el lente de la mirada satelital es decodificar la estructura económica y política que rige los nuevos principios de la integración continental y bi-centenaria, pues si bien la independencia sentó las bases para la unificación ideológica, y la celebración centenaria inauguró varias de las grandes obras de infraestructura industrial (las vías ferroviarias, por ejemplo), el bicentenario se encuadra dentro de un proceso sin precedentes de integración infraestructural, política, financiera y militar. Son varias las instituciones (UNASUR, Banco del Sur, IIRSA, CAF, MERCOSUR, OTCA, etc.) y varios los discursos de la integración. Sin embargo, el tablero donde se juega su realidad y donde se encarnan sus principios es el territorio, por eso me propongo reflexionar sobre el papel político y mercantil que juegan las infraestructuras de la unificación.

Puerto fluvial de Iquitos
Créditos fotográficos: Katy Barkan, Santiago del Hierro y Ana María Durán Calisto

El IIRSA: pragmatismo integracionista, geo-economía y mercado global

A raíz de que se desencadenaron los procesos de expansión irrefrenable del mercado global en la década de los 90, gracias al surgimiento de las tecnologías digitales que los facilitaron, las ciudades en América Latina, Asia y África han explotado. El comportamiento anárquico y la relativa autonomía del mercado transnacional se han desplegado en un sinnúmero de patrones globales, entre los que cabe destacar el surgimiento de los gobiernos locales (versus nacionales) como principales nodos de gestión política y económica; el del sector privado como el portador de las principales “economías”, cuyo ranking ignora cualquier forma de afiliación nacional; la apertura directa e indirecta de las fronteras políticas como la nueva modalidad de acceso e intercambio de recursos, capitales y personas; y el surgimiento de China, India, Brasil, Rusia y Medio Oriente como los principales mercados emergentes a escala global.

Es un evento sin precedentes en la historia moderna del hemisferio sur que un país sudamericano se haya consolidado como uno de los principales vórtices de desarrollo del mercado internacional. No sorprende, por tanto, que Brasil lidere el proceso pragmático -comercial e infraestructural- de integración regional. En el año 2000, Fernando Henrique Cardoso, entonces Presidente de Brasil, presentó a sus homólogos sudamericanos la Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Suramericana (IIRSA) junto con un equipo técnico del BID (Banco Interamericano de Desarrollo): una ambiciosa propuesta de planificación territorial que incluía en la cartera del período 2003-2006, 351 proyectos de infraestructura de transporte, energía y telecomunicaciones, con una inversión total de aproximadamente 37 billones de dólares norteamericanos. La cartera de proyectos fue ampliada en el año 2007 para acomodar 506 proyectos con una inversión que alcanza los 68 billones de dólares. El plan divide al continente sudamericano en diez ejes de desarrollo, cinco transversales y cinco longitudinales. Y si bien se propone desarrollar infraestructuras de transporte multimodal, energía y telecomunicaciones, el 80% de su cartera actual está compuesto por plantas hidroeléctricas y carreteras[1].

Son dos las fuerzas principales que han despertado el interés del gigante sudamericano por sus vecinos hispanoamericanos: por una parte, la necesidad de abrir rutas hacia los puertos del Pacífico para poder comerciar con Asia, particularmente con China; y por otra, la necesidad de manejar la cuenca amazónica y la red hidroeléctrica que se espera alimente en el futuro. Si bien alrededor del 70% de su sistema hídrico ocupa territorio brasileño, la mayor parte de sus fuentes se ubican en los glaciares andinos[2], fuera de su territorio. Adicionalmente, es en las estribaciones de la cordillera andina donde existen pendientes idóneas para la construcción de grandes proyectos de generación de energía hidroeléctrica, mientras que la Amazonía brasileña es relativamente plana. Brasil se ha asociado con sus vecinos andinos para desarrollar represas hidroeléctricas en las estribaciones orientales de los Andes. El anterior Presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, y el ex-Presidente de Perú, Alan García, firmaron un acuerdo para construir seis represas hidroeléctricas en la selva peruana. “La mayor parte de la energía [generada por estas represas] será exportada, inicialmente, a Brasil, pero la proporción se revertirá gradualmente hasta que Perú, luego de 30 años, sea el único propietario de este proyecto de 4 billones de dólares estadounidenses”. [3] La primera central hidroeléctrica ha sido proyectada para el río Inambari, en la intersección de los departamentos de Cuzco, Madre de Dios y Puno. Conforme aumenta la necesidad de la economía brasileña por suplir a su creciente industria y sus ciudades con la energía necesaria para mantenerlas, no sorprende que en el año 2003 se haya constituido otro instrumento de integración, la OTCA (Organización del Tratado de Cooperación Amazónica). El tratado responde a un reconocimiento de que grandes ecosistemas como el que compone la Amazonia, no pueden ser tratados aisladamente, dentro de las barreras que imponen las fronteras nacionales, menos aún cuando está en juego un quinto del agua fresca del planeta -un recurso que se prevé será en pocas décadas el más codiciado de la economía mundial. La organización aglutina a los ocho países que comparten la totalidad de la cuenca amazónica en un intento por coordinar su conservación y desarrollo.


Amazonía peruana: ¿cometerán los peruanos los mismos errores que los ecuatorianos, cuatro décadas después?
Crédito fotográfico: Nicole Beattie


Las cartografías del poder: territorios y visualización

Los documentos de la planificación territorial no son papeles inocuos, al contrario, las cartografías, más allá de ilustrar los territorios a los cuales se remiten, tienen la capacidad de transformarlos. Por eso, no debe subestimarse el papel que han jugado los Sistemas de Información Geográfica, Google Earth, las imágenes satelitales, el remote sensing y otras tecnologías de macro, tele, subte y supervisión en la reformulación del continente sudamericano: paradójicamente, la percepción de lo local ha sido renovada por una capacidad masiva de visión a la distancia. De hecho, un programa de planificación territorial a escala continental, que se propone alcanzar la mayoría de sus objetivos en el transcurso de dos o tres décadas, hubiera sido impensable sin estas herramientas. Y cada uno de sus trazos infraestructurales, desde que ocurre en el papel, constituye un gesto que altera para siempre el ecosistema sobre el cual se inscribe. Las infraestructuras del IIIRSA atravesarán varios eco-sistemas frágiles en el continente sudamericano. Preocupa de manera fundamental el futuro que se avizora para la Amazonia, portadora de cuatro de los diez ejes de la Iniciativa.

En la coyuntura bi-centenaria, es de fundamental importancia reforzar los principios de una integración continental, necesaria de cara a los retos impuestos por la economía global, sin dejar de preguntarse cuáles serán las consecuencias de que áreas tradicionalmente remotas, que han permanecido relativamente invisibles durante siglos, hayan sido cartografiadas, cuantificadas, avaluadas y reconfiguradas como mega-inventarios geográficos y depósitos de materias primas (incluida el agua), prontos a la extracción y comercialización. Los flujos de personas, mercancías, capitales e información dependen de la construcción y consolidación de redes infraestructurales genéricas de transporte, energía y telecomunicaciones. Por su naturaleza industrial y estándar, las carreteras o los oleoductos permanecen inmutables ya sea que crucen pantanales, desiertos o forestas. La ingeniería de las infraestructuras no ha sido pensada para responder a las condiciones variables del medio geográfico y social que remontan. ¿Qué ocurre en los puntos de encuentro entre dichas infraestructuras genéricas y las condiciones medioambientales y culturales específicas de un asentamiento, una comunidad o un ecosistema? Habría que preguntarse, ¿está poniéndose en venta, una vez más y a una escala monumental, la geografía sudamericana?

El territorio no puede cartografiarse más allá de la economía, ni la economía planificarse fuera del territorio. Por otro lado, es deseable que el diseño de la infraestructura –su recuperación, construcción, articulación y expansión- responda a una lógica coordinadora, de modo que facilite el intercambio y permita complementar la oferta y demanda de las economías de los doce países que conforman el bloque sudamericano. Y si bien el Comunicado de Brasilia expedido el 1 de septiembre del año 2000, alude a dicha visión y aboga por una integración complementaria de los países de América del Sur basada, incluso, en la expansión de la educación y los sistemas de información y telecomunicaciones, las imágenes publicadas por el IIRSA no hacen eco de las palabras inscritas en el Comunicado. Es vital cuestionar si dicha Iniciativa es el proyecto visionario que responde a la incuestionable –valga la redundancia- necesidad de afianzar América del Sur como un bloque con un mercado, una economía y un territorio comunes, y que para alcanzar este fin propone equiparla con un sistema infraestructural capaz de articular nuestras rutas terrestres, fluviales, aéreas, marítimas y digitales, así como sintonizar nuestro sistema de producción energética, agrícola e industrial dentro de un nuevo campo regional de libre comercio (“regionalismo abierto”); o si su propuesta reproduce patrones típicos de las economías de extracción.

América del Sur, desde que la descubrió Europa, ha acumulado una larga historia que ilustra con claridad la lógica subyacente en la mentalidad extractiva que rige gran parte de su economía hasta el día de hoy. Ni la independencia ilustrada ni el centenario con aspiraciones industriales lograron revertir los círculos viciosos de las economías de boom y depresión que se basan en la mera extracción de recursos naturales y exportación de materias primas. A riesgo de caer en un reduccionismo que seguramente escandalizaría a economistas e historiadores por igual, me atrevería a decir que en el territorio se acumulan las marcas de un patrón perturbador. Puntean, estrían o rasuran la geografía sudamericana los paisajes de la extracción y las infraestructuras que facilitan los flujos de materia y energía a escala regional y global. En las décadas de la Modernidad fueron los Estados nacionales, dirigidos por dictaduras en la mayoría de los casos, los que promovieron la construcción de grandes obras de infraestructura encaminadas a usufructuar los recursos primordialmente minerales de diversos países. Con la geografía como hipoteca para obtener onerosos préstamos que incrementaron las deudas internacionales de América del Sur a niveles sofocantes, se financiaron las monumentales obras de la industria de la extracción. El problema que surge cuando una infraestructura se construye con fines meramente extractivos, es que sus beneficios no se distribuyen en la sociedad. Al contrario, suelen centralizarse en grupos de poder que difícilmente los redistribuyen: se convierten en capitales de fuga que se re-inyectan en el mercado financiero internacional, en un ciclo perverso que devuelve un hilillo al caudal que le dio vida. Basta ver las condiciones en las que viven las comunidades y asentamientos de la extracción para comprobar la asimetría que generan sus sistemas productivos. Por otra parte, la inversión tecnológica eventualmente cae en desuso. ¿Qué queda? Queda la colonización informal y desoladora de la infraestructura, queda la deuda externa, quedan la deforestación y el avance de la frontera agrícola, quedan los inmensos costos medioambientales.

El patrón no es menos vicioso cuando lo gobierna el sector privado, o una alianza entre el sector público y el privado. En la década de los 90 experimentamos un acelerado índice de privatización de la infraestructura en América del Sur. De hecho, los conductos son, per se, uno de los principales negocios en la era de los ramajes globales: la infraestructura no es únicamente medio, también es mercancía. Las corporaciones transnacionales acumularon un poder y una fuerza sin precedentes, y se convirtieron en las principales benefactoras de nuevas olas de extracción de materia prima que pudiesen alimentar el crecimiento inverosímil de las urbes a escala planetaria, sobretodo en mercados emergentes como el asiático, y apoyar la expansión de la industrial digital, que como lo ha demostrado Saskia Sassen, no es una industria “virtual” e intangible, pues su mundo evanescente se apoya en un sistema tangible, a veces macizo, de infraestructura[4]. Al finalizar la década de los 90, sin embargo, varias de las economías de América Latina comenzaron a descalabrarse (fueron diversos los nombres con los cuales se bautizaron las crisis: corralito, efecto tequila, congelamiento de fondos, etc.) bajo la presión de políticas neo-liberales que reforzaron al sector privado, incrementaron la porosidad de las fronteras e instauraron a las corporaciones transnacionales en el pináculo de la economía global, a detrimento de los espacios y agencias públicos a toda escala. La reacción de péndulo en América del Sur fue que surgieron gobiernos de corte neo-socialista liberal a lo largo y ancho del continente. Las políticas económicas se revirtieron parcialmente y emergieron mecanismos de alianza gracias a los cuales los Estados, que se asumían encogidos bajo las presiones de las previas políticas neo-liberales, recuperaron su poder, jugando un papel estratégico que otorga concesiones a las empresas multi-nacionales (o no) y garantiza (o no) un nivel de seguridad mínimo a las inversiones extranjeras. Si bien dentro del nuevo orden global los estados nacionales parecen haber perdido jurisdicción y autonomía, reduciéndose a jugar el papel de substrato institucional, de anacronismo erosionado por los flujos de las economías transnacionales que los soslayan; sus poderes ejecutivos han adquirido una agencia sin precedentes al afiliarse con los intereses corporativos, cuya carrera en la lucha por los recursos naturales adquiere velocidades vertiginosas[5].

En este punto, conviene devolvernos a la cartografía. Tomemos el caso del mapa de Petroperú[6] que muestra los bloques que han sido concedidos a más de veinte compañías con fines de prospección y potencial extracción de petróleo en la Amazonía peruana. Basta una mirada para comprender que la noción misma de territorio nacional se pulveriza en un sistema de parches concedidos, relativamente autónomos, relativamente privatizados por un período de tiempo. ¿Cómo puede hablarse de integración en una etapa de pulverización territorial? Lo único que parece zurcir los fragmentos de una nueva forma de hacer extracción es, justamente, la infraestructura. Por eso la colosal importancia del IIRSA, una propuesta que a pesar de su magnitud y el impacto que está destinada a tener en América del Sur, ha permanecido, como lo anotó el ex-Presidente de la República del Ecuador y primer Secretario Ejecutivo de UNASUR, Dr. Rodrigo Borja, en la penumbra.[7] Lo que no hay que olvidar es que las infraestructuras ligan e integran a la vez que rasgan y separan. El IIRSA es un arma de doble filo desde el punto de vista geográfico. Podría hilvanar a América del Sur, o terminar de fracturarla.

De los Tratados de Libre Comercio (TLC) a las Zonas Especiales de Libre Comercio (ZELC)

Vale la pena, por ejemplo, detenerse a observar los patrones de proliferación de Zonas (Especiales) de Libre Comercio que puntean cada vez con mayor ahínco el continente sudamericano y aparecen afiliadas con los aeropuertos que se edifican o reconstruyen en las costas, selvas, montañas y pampas de Sudamérica. Las ZELC, al abrir portones de intercambio en países cuyas políticas neo-socialistas han impedido a menudo la ejecución de Tratados de Libre Comercio (y la apertura de sus cordones fronterizos) logran el mismo objetivo económico con una estrategia infraestructural que soslaya los engorrosos trámites políticos de la negociación. La estrategia alternativa desplegada por el sistema orgánico y aparentemente anárquico del mercado global (perforar compuertas versus abrir las bandas fronterizas) genera áreas de impunidad económica donde se permite el flujo ininterrumpido de productos de exportación e importación. Estas zonas pueden tener componentes industriales, tecnológicos y de servicios –el outsourcing es un caso en punto. Es decir, son verdaderas ciudades (una versión industrial del gated community) que se construyen ya sea para acomodar la manufactura (maquilas) de empresas transnacionales que aprovechan la diferencia en los costos de la mano de obra, mal llamada “ventaja comparativa”, o que buscan implantarse de manera estratégica para facilitar el comercio de materias primas o la provisión de servicios. Es una táctica brillante, sin duda, porque como ya se ha anotado, soslaya los engorros, la corrupción e ineficiencia de la burocracia local. Las ZELC constituyen burbujas legales, en ellas no se aplican tarifas ni cuotas, todo es posible. Fronteras dentro de fronteras, fronteras de un sistema global de mercado que se insertan en un sistema nacional de Estado para inocular componentes o productos terminados o semi-procesados del exterior y aspirar recursos manuales, intelectuales o naturales del interior. Inevitablemente van acompañadas de un urbanismo infraestructural: la afiliación con el umbral, con la compuerta, con la infraestructura, las define.

Manaos
Créditos fotográficos: Santiago del Hierro

Muchas de estas Zonas Especiales de Libre Comercio se están implantando en regiones remotas, como ocurre en la costa peruana, al occidente de Arequipa, donde una ZELC está siendo propuesta y financiada por un grupo de inversionistas chino, o en la isla de Santa Rosa en la Amazonía peruana, en las Tres Fronteras, donde la ciudad conformaría un triángulo estratégico con otras dos: Leticia, en Colombia, y Tabatinga, en Brasil. No sorprende que la ZELC más desarrollada y extensa de Brasil esté en Manaos: un centro industrial, comercial y agrícola en el corazón de la Amazonia. Su inserción en zonas remotas contribuye a descentralizar la economía, pero también altera el entorno en ecosistemas de fragilidad extrema. Si esto está ocurriendo conforme escribo, y los puntos portuarios se articulan con todo un sistema de intercomunicación global, todavía estamos a tiempo para rediseñar el futuro de zonas que de otro modo decantarán como entropía, como los desechos del “desarrollo”.

La coyuntura es crucial, pues en lugar de repetir los modelos de industrialización de Norteamérica, Europa y Asia, América del Sur podría convertirse en el terreno ideal donde poner a prueba modelos de desarrollo sostenible, post-industriales. Si los minerales fueron la sangre de la era industrial, es la materia orgánica el futuro de la era post-industrial. Si la biotecnología es el futuro, el Amazonas es el centro y América del Sur está llamada a jugar un papel pivote en la formulación de modos de producción, estilos de vida y urbes más sostenibles. Desde el punto de vista tecnológico e ideológico, ¿constituye el IIRSA un avance? ¿Promueve la construcción de infraestructuras verdes, poblaciones sanas y una industria con valor agregado? ¿Estimula el desarrollo de nuevas tecnologías que nos permitan elevar nuestros productos y servicios por sobre la línea base de la extracción? Un organismo crea el nicho que ocupa conforme ubica la existencia de un territorio inexplorado en el ecosistema. América Latina, a través de una diversificación, no de una reproducción, podrá abrirse un nicho en el competitivo mercado global.

Urbanismos Infraestructurales

El IIRSA estipula claramente que uno de sus objetivos primordiales es “facilitar acceso a áreas con un gran potencial productivo que permanecen aisladas o sub-utilizadas”.[8] Sabemos de sobra lo que abrirse paso a las fuentes de materia prima o las áreas con potencial energético involucra: se trazan ferrovías; rutas aéreas, marítimas y fluviales; pero por sobre todo, se construyen carreteras. Lo que diferencia a éstas últimas de todos los anteriores medios de transporte, es que el patrón de desarrollo que generan no responde a una secuencia, o columna vertebral, con intervenciones puntuales, sino más bien desencadena una entropía transversal y continua que se comporta como un fractal: las líneas de las carreteras se multiplican en caminos secundarios, que a su vez generan otros caminos. Abrirse paso a las fuentes de materia prima es abrir las compuertas de la colonización y desencadenar procesos de migración hiperactiva y multi-direccional. El fenómeno que ocurre en la intersección de las necesidades globales y los hechos de la materia local podría denominarse ‘urbanismo infraestructural’ o “urbanismo infraestructural entrópico”.

Patrón de desbroce lineal en las afueras de Santarém
Fuente: Google Earth

Si América del Sur, para “desarrollarse” (y es éste un término peligrosamente malentendido), necesita desplegar una red infraestructural, es vital analizar cuáles son las consecuencias espaciales y geográficas –eventualmente sociales, culturales y medioambientales- de su construcción y renovación. Tradicionalmente, los imanes de la ocupación y la eventual urbanización del suelo han sido la proximidad a una fuente de agua, suelos ricos en nutrientes o rutas comerciales. Los urbanismos infraestructurales en las zonas remotas derivan de una lógica distinta: ocurren a lo largo de rutas de acceso en geografías a menudo hostiles, y suelen depender de la provisión de productos externos para sobrevivir. Por otra parte, se sabe que el crecimiento urbano no puede ocurrir sin una concomitante expansión de las zonas agrícolas. Cuando se estudian las contrapartes de una explosión urbana sin precedentes en la historia, se descubren los inmensos pastizales y mono-cultivos que la sostienen, por un lado; las úlceras de la minería, por otro.

Infraestructuras verdes

Según el Financial Times Limited[9], para añadir cuatro puntos al crecimiento anual del Producto Interno Bruto se necesita invertir entre 5 y 9 por ciento de su presupuesto en infraestructura. Sin duda, la economía crece propulsada por un impulso infraestructural. Habría que preguntarse, sin embargo, si el retorno varía para elementos que sirven primordialmente a la extracción, así como delinear curvas de retorno e inversión a largo plazo, e incluir los costos medioambientales y sociales en estos cálculos. De lo contrario, una economía territorialmente ciega traza oleoductos, canales, diques, carreteras, puentes, puertos, redes de cables, y un sinfín de medios de movilización sin cuestionar su naturaleza, que podría ser distinta, si se presupuestaran de manera que incluyan los costos del impacto que provocan. Acaso entonces los gobiernos y la empresa privada invertirían mayores fondos en el desarrollo de infraestructuras verdes. Por ejemplo, si se toman en cuenta los costos medioambientales de la construcción de un sistema de generación hidroeléctrica, u otro proyecto cuya sola escala basta para detonar un impacto de elevadísimos costos sociales, se desarrollarían con mayor celeridad sistemas de micro-infraestructuras, que por su menor escala, tienen un menor impacto y cuestan menos a largo plazo. Una serie de micro-represas hidroeléctricas alcanza un mayor costo inicial si se quiere que produzca tanto como una sola mega-represa, pero a largo plazo, su impacto en el medio ambiente es mucho menor, y el ahorro que genera termina por beneficiar más a la sociedad que un mega sistema centralizado. Lo mismo podría decirse, por ejemplo, de micro-sistemas de captación, reciclaje y tratamiento de agua, que en vez de conectarse a una matriz central, actúen como una opción wireless o un-plugged, otorgando autonomía y capacidad de ahorro a los usuarios, y efectuando, por efecto multiplicador, una reducción de la degradación medioambiental. Sabemos por la matemática y el análisis de los sistemas dinámicos, que un cambio infinitesimal en las condiciones iniciales produce una transformación sustancial a gran escala en las condiciones finales. Los futuros desarrollos infraestructurales pueden beneficiarse del efecto detonador de lo minúsculo y ser capaces de mediar el encuentro entre la escala continental y aquélla local. Incluso desde el punto de vista de la seguridad, las micro-infraestructuras constituirían una mejor opción que las grandes obras de ingeniería, en la medida en que son estas últimas las que sirven de target al terrorismo, pues si se derrumban, se derrumba con ellas el sistema. En lugar de ser objetos de centralización de recursos, las infraestructuras pueden ser medios de democratización, y contribuir a distribuir servicios públicos, por ejemplo, o ampliar el acceso a la educación y salud a grandes sectores de la población.

América Latina, si se lo propone como parte de su plan de integración y desarrollo económico diseñado en el bicentenario para el siglo XXI, puede desencadenar un proceso de renovación global desde su marginalidad. El relativo aislamiento en el cual hemos permanecido, nos provee una ventaja. La ventaja de no habernos desarrollado bajo los lineamientos de un paradigma industrial insostenible.

Nuevas centralidades: las periferias de la periferia – el caso amazónico

La Amazonia es el laboratorio ideal para estudiar, en las dendritas de la inteligencia capitalista, las relaciones entre lo global y lo local, sus efectos en el límite mismo, en la periferia de periferias, donde están latentes, como en pocos otros lugares remotos, las restricciones mismas del sistema. En estos puntos críticos, se espera, puede encontrarse el terreno idóneo para formular un nuevo paradigma de desarrollo. Allí puede ponerse a prueba todo lo “verde”: las infraestructuras verdes, la industria verde, los urbanismos ecológicos, las energías limpias, los sistemas agrícolas mixtos o agroforestales, los urbanismos agrícolas, las potencialidades de la biotecnología, las posibilidades de los paisajes y los suelos antropogénicos. Ya los arqueólogos demostraron que la actividad humana puede ser positiva en la Amazonia. Sus culturas prehispánicas supieron no sólo cuidar, sino además engrosar suelos pobres para incrementar su productividad agrícola. Con esto no quiero decir que favorezco una colonización masiva de la selva, o su conquista agrícola. Simplemente que miro con optimismo la relación entre el ser humano y la naturaleza, y que esta última puede cultivarse en un ecosistema de fragilidad y riqueza extremas. Por otra parte, permanezco optimista con respecto a la tecnología. Además de brindarnos soluciones de diseño medioambiental, puede proveernos con las herramientas necesarias para aliviar malestares sociales. Un caso puntual es un sistema de comunicación basado en la captación de energía solar que se ha implantado en varias comunidades indígenas de la foresta brasileña, para otorgarles el beneficio de la interconexión inmediata en un medio donde predominan patrones de dispersión poblacional.

El viaje como respuesta a la ceguera territorial de las geo-economías

La lógica de la economía a menudo ha adolecido de una ceguera territorial. Se afilia con la ingeniería y resuelve el cómo extraer qué de dónde. Es decir, sus estrategias se han desplegado sin la debida planificación del espacio físico. Su herramienta primordial son las cartografías digitales: enormes bases de datos que correlacionan diversos parámetros útiles a la planificación econométrica. Los mapas que al trabajar con el territorio a la distancia lo pulverizan, desvelando patrones, estructuras y sub-estructuras, e incluso causas, gracias a la eliminación del detalle, deben ser complementados con otros que se dibujen caminando, navegando, recorriendo las minucias del espacio, tomando en cuenta que los observadores –lejanos o cercanos- son un componente inextricable de todo sistema.

Si miramos, por una parte, desde la lejanía, a la cuenca amazónica, veremos que infraestructuras como la carretera transamazónica o la BR 163 que liga a Santarém con la frontera boliviana, inevitablemente generan patrones de desbroce. Paradójicamente, los mismos sistemas cartográficos que permiten el diseño y la inserción territorial, se han convertido en medios para defender de diversas formas de invasión al territorio mismo. Los sistemas de información geo-referenciada como GEOSUR, las redes descentralizadas de servidores de mapas, el mecanismo geo-integrador (open source), los datos geo-espaciales, la visualización regional de datos nacionales y el programa CONDOR 2.0 (el primer intento por brindar una herramienta de mapeo interactiva sudamericana por parte de la CAF en coordinación con Conservación Internacional) proveen otra forma de integración y permiten analizar y evaluar de forma preliminar el posible impacto ambiental y social de grandes proyectos de infraestructura vial, así como establecer diversos mecanismos de control.

Patrón de impacto de la carretera BR163
Fuente: Google Earth

¿Por qué el control es una preocupación preponderante en la Amazonia? Porque está plagada de ilegalidades: se ha convertido en uno de los principales centros de plantaciones de coca y amapola; el río es una arteria vital en el tráfico de cocaína y opio; la explotación sexual de niños ocurre a lo largo de todo el trayecto fluvial; la deforestación selectiva provoca un encogimiento del dosel de la selva; la deforestación total se abre paso hasta en las zonas más recónditas; la apropiación intelectual de los conocimientos de las comunidades de la selva sigue a la orden del día; el tráfico ilegal de animales no cesa; y la esclavitud (en el sentido literal de la palabra)[10] sigue constituyendo una forma de explotación laboral. Incluso existen infraestructuras ilegales. No solamente aquéllas que se afilian con la industria del narcotráfico: muchas más. Según el Imazon (Instituto del Hombre y el Medioambiente de la Amazonia)[11] “la selva brasileña tiene al menos 95.355 kilómetros de carreteras ilegales, diez veces más que las vías oficiales” y muchos nuevos municipios o localidades fantasma son ilegales -acaso la razón por la cual el GPS no identifica varias de las localidades amazónicas, a pesar de su tamaño.

Es interesante observar que las ilegalidades que parecen encontrar en el dosel de la selva el encubrimiento ideal, han pulverizado las huellas que dejan justamente como respuesta a los sistemas de control satelital, cuya capacidad de supervisión y mapeo incrementa conforme se agudizan las estrategias de la fracturación territorial: la deforestación selectiva, la agricultura en archipiélagos, el uso de vertientes secundarias e incontrolables para la transportación de drogas, animales u otros productos vedados por la ley.

El mundo construido como recurso natural y la importancia del diseño

La arquitectura, la ciudad y la infraestructura necesitan ser re-conceptualizadas como recurso natural, y no pueden seguirse elaborando planes de desarrollo sin la participación de diseñadores (arquitectos, planificadores urbanos, diseñadores urbanos, arquitectos paisajistas, etc.) que puedan elaborar propuestas al unísono con ingenieros, economistas, ecólogos, matemáticos y expertos de diversos campos. La integración de las disciplinas es otra forma de unificación vital de cara a los retos que plantea el futuro. Al fin y al cabo, la industria de la construcción absorbe el 50% de la obtención y extracción de materiales, produce 217 tipos de impactos ambientales, consume el 26.15% de la energía final gastada y produce el 50% de la contaminación que sufrimos.[12] Tanto los diseñadores que trabajan del lado de la extracción, como aquéllos que diseñan en las zonas de acreción material, están llamados a proveer respuestas efectivas a la problemática medioambiental. Sin embargo, la participación del diseño ha sido mínima, acaso nula, en los programas de planificación territorial. Las consecuencias nefastas de la ausencia de diseño se vuelven aparentes en el mundo desarrollado, en contracción, donde un sinnúmero de proyectos de recuperación de grandes zonas industriales acuden ahora a las disciplinas del diseño para buscar formas de rehabilitar espacios que fueron diseñados con una lógica económica e ingenieril. Grandes infraestructuras de la era industrial están siendo remediadas como parques y espacios públicos. Si aprendemos las lecciones del norte, podríamos diseñar las infraestructuras del futuro tomando en cuenta su ciclo de vida en el sur.

Incluso queda por cuestionarse si desde el flanco del diseño, estamos equipados para responder a las condiciones únicas de un ecosistema con las herramientas de los estándares y la normativa medioambiental. Mecanismos que se asumen verdes, como la certificación LEEDS, colapsan cuando se aplican a ecosistemas como el amazónico. ¿Es posible responder a ecologías de características únicas con estándares “verdes”, normas y certificaciones genéricas? ¿O constituye este sistema una mera variación de las generalizaciones de la mentalidad industrial? Acaso los urbanismos paramétricos y los modelos dinámicos de las ecologías urbanas provean mejores alternativas para el diseño de futuras intervenciones en diversos ecosistemas. Para el caso específico de la Amazonia, y tomando en cuenta que todas las respuestas se encuentran en el territorio (ya sea en versiones formales o informales), la cuenca podría constituirse como un paisaje productivo donde los principales componentes de la infraestructura y el urbanismo son flotantes: podemos aprender de las industrias navales chinas, que manufacturan sus productos en tránsito, para reducir tiempos de transporte; las ciudades flotantes como Iquitos; e incluso, los hospitales o las escuelas que navegan el río en un intento por proponer alternativas educacionales y de salud acordes con el entorno al cual sirven.

Por otra parte, el sistema de parques y reservas naturales podría reforzarse. Sabemos gracias a la cartografía, que nos permite develar patrones, y por tanto, causas, que su presencia reduce los procesos de urbanización: la densidad poblacional se diluye en los alrededores de las zonas protegidas. Y además de las públicas, las reservas privadas, por ejemplo, también pueden jugar un papel cada vez más importante en términos de la conservación medioambiental. De hecho, lo hacen ya, generalmente afiliadas con la industria del turismo.

El Bicentenario como dimensión simbólica de la infraestructura

Las infraestructuras no son sistemas silenciosos, a-semánticos, objetos funcionales vaciados de contenido o ideología. Todo lo contrario: significan progreso y desarrollo; simbolizan fuerza y unificación. Muchos de los proyectos de infraestructura que los Ministerios de Obras Públicas de diversos gobiernos sudamericanos tenían planificado ejecutar, han sido incluidos en la cartera del IIRSA, y otros tantos, están siendo o serán inaugurados en conmemoración de los diversos Bicentenarios de la Independencia que la mayoría de países en América del Sur celebran, celebraron o se preparan para celebrar. La alianza es perfecta: cumplimos dos siglos de independencia y, para sobrevivir en la inclemente competencia del mercado global, nos unificamos infraestructuralmente. Además de una triple significación: autonomía, integración y progreso, el Bicentenario infraestructural provee una plataforma para la rememoración, la auto-evaluación y la evaluación del discurso ideológico, y el fin mercantil, de las infraestructuras del IIRSA.

Y si puedo cerrar este ensayo con un optimismo atípico en el mundo contemporáneo, con el optimismo que me dejó un viaje a lo largo del río Amazonas, me atrevería a decir que si el Nilo es el padre de la civilización egipcia; el Volga, de la rusa; y el Yangtsé, de la China; la civilización que ha engendrado y está por engendrar el Amazonas, está destinada a ser grandiosa, y en consonancia con la fuerza selvática, el caudal de vida, la generosidad y magnificencia del río mar. América del Sur no se puede dar el lujo de ignorar el papel fundamental que está llamada a jugar conforme se escriben los paradigmas del futuro post-industrial, y Brasil deberá continuar liderando el proceso, como le corresponde al único país en América del Sur que comparte fronteras con todos los demás, salvo dos: Chile y Ecuador. Cada paisaje es una forma de pensar. El Amazonas es símbolo supremo de la juventud ancestral, del sistema que se renueva, perenne, y está hecho de pequeñas muertes continuas… del río y su selva sabremos derivar las nuevas estrategias del desarrollo.

Notas de pie de página

[1] http://www.iirsa.org/

[2] Cabe anotar que los glaciares andinos están retrocediendo bajo el efecto invernadero y el impacto que dicho retroceso tendrá en la Amazonia es incalculable.
[3] Tomado de “Messing around with dams: First build a road, then flood it;” The Economist; Nov. 19, 2009.
[4] Sassen Saskia. Cities in a World Economy. Thousand Oaks, London, New Delhi: Pine Forge Press, 2006.

[5] Sassen, Saskia. Una sociología de la globalización. Buenos Aires: Katz Editores, 2007.
[6] http://www.petroperu.com.pe/
[7] Entrevista personal
[8] http://www.iirsa.org/
[9] www.ft.com/home/us
[10] www.csmonitor.com/2004/0907/P01504-woam.html
[11] http://www.imazon.org.br/
[12] http://vlex.com/vid/materiales-construccion-medio-ambiente-41651434

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Agradecimientos
Este artículo no hubiera sido posible sin las conversaciones personales o digitales que he sostenido con María Arquero, Rosalía Arteaga, Mojdeh Baratloo, Rodrigo Borja Cevallos, Felipe Correa, Juan Herreros, Yolanda Kakabadse, Jaskran Singh Kalirai, David Leven, Horacio Lofredo, Antoni Muntadas, Richard Plunz, Mónica Ponce de León, Saskia Sassen, Jorge Silvetti, Michael Sorkin y mis entrañables amigos, que surcaron conmigo el Amazonas, Katy Barkan, Nicole Beattie, Santiago del Hierro, Jimena Leiva, Manuel Mansylla y Catherine Venart.

Infrastructure, Future and Memory:
The Bicentennial of Territorial Integration in South America
Translation: Henry Hsu
“…In that Empire, the craft of Cartography attained such Perfection that the Map of a Single province covered the space of an entire City, and the Map of the Empire itself an entire Province. In the course of Time, these Extensive maps were found somehow wanting, and so the College of Cartographers evolved a Map of the Empire that was of the same Scale as the Empire and that coincided with it point for point. Less attentive to the Study of Cartography, succeeding Generations came to judge a map of such Magnitude cumbersome, and, not without Irreverence, they abandoned it to the Rigors of Sun and Rain. In the western Deserts, tattered Fragments of the Map are still to be found, sheltering an occasional Beast or beggar; in the whole Nation, no other relic is left of the Discipline of Geography.”
A Universal History of Infamy, Penguin Books, London, 1975
Jorge Luis Borges
  
The Territory is a document in continuous transformation:  malleable, elastic, bountiful and indomitable.  It is no surprise that the science which studies it, geo-graphy, etymologically refers to the act of writing; in its varied strata,the actions and impressions made by diverse natural and social forces over the course of time are registered.  In 1983, André Corboz compared it with a palimpsest in whose lines memory and oblivion are renewed and reconstructed.  South America carves out a new territory and to observe it under the lens of a satellite view, is to decodify the economic and political structures that govern the new principles of the continental and bicentenary integration.  If in fact, the independence of Latin America set up the groundwork for ideological unification, and the Centenary celebration inaugurated many of the great industrial infrastructural works (e.g. railways), the Bicentennial provides a framework for integration without precedent, infrastructurally, politically, financially, culturally and militarily.  The institutions (UNASUR, Banco del Sur, IIRSA, CAF, MERCOSUR, OTCA, etc.) are as varied as the discourses on integration.  Nevertheless, the playing board on which its reality is played out and where its principles are embodied is the land itself, which is why I propose to reflect on the political and mercantile roles that influence the infrastructures of unification.
IIRSA: Integrationist Pragmatism, Geo-economics and the Global Market
Partially due to the rise of uncontainable processes of expansion in the global, capitalist, free market of the 90s, and thanks to the surge of digital technologies that have aided its rise, the cities of Latin America, Asia and Africa have exploded.  The anarchic behavior and relative autonomy of the transnational market have unleashed an endless number of global patterns. Among those, the ones that stand out most are the emergence of local governments (versus national) as the principal nodes of political and economic management; the rise of multinational corporations as some of the main GDP’s in the global economy; the direct and indirect opening of political borders as the new modality for access to and exchange of resources, capital and labor; and the rise of China, India, Brazil, Russia and the Middle East as the principal emerging markets on the global scale.
In the southern hemisphere, it is without precedent in recent history that a South American country has consolidated itself into one of the main vortices of the international market.  In the meantime, it is no surprise that Brazil has taken the lead in this pragmatic process -commercial and infrastructural- of regional integration.  In 2000, the then president of Brazil, Fernando Henrique Cardoso, along with a technical team from the IDB (Inter-American Development Bank), presented to his South American counterparts the Initiative for the Integration of Regional Infrastructure in South America (IIRSA), an ambitious proposal of territorial planning that included 351 infrastructural projects for transport, energy and telecommunications, at a total investment of approximately 37 billion US dollars, spanning the period of 2003-2006. In 2007, the breadth of projects was increased to accommodate a total of 506, with an investment of 68 billion US dollars.  The project plan divides the South American continent into ten axes of development, five transversal and five longitudinal.  Even though the proposal demarcates the development of infrastructures for multi-modal transport, energy and telecommunications, 80% of the actual proposal is comprised of hydroelectric plants and roadways.[1]  
There are two principal forces that have awoken the interest of this South American giant, Brazil, in its Hispanic neighbors:  on the one hand, the necessity to open routes to the ports on the Pacific side of the continent to trade with Asia, particularly China; and on the other, a need to manage the Amazon River Basin and the hydroelectricity grid it is expected to support. Even though circa 70% of this waterway is confined within Brazilian territories, most of its sources are in the Andean glaciers, outside of Brazil.[2]  Furthermore, the steep slopes in the eastern foothills of the Andes are ideal for the generation of hydropower. The Amazon basin within Brazilian territory is, instead, relatively flat. Brazil has been partnering with its Andean neighbors in order to develop hydroelectric dams in the eastern slopes of the Andes. The former President of Brazil, Luiz Inácio Lula da Silva, and Peruvian President Alan García, signed an agreement to build six hydroelectric dams in Peru´s rain forest. “Most of the power [generated by these plants will] be exported to Brazil to start with, but the proportions [will] slowly reverse and after 30 years Peru [will] own the $4 billion project.”[3] The first one of these dams is being projected for Inambari, at the intersection of the Madre de Dios, Cusco and Puno departments. Within this state of affairs and as the need of the expanding Brazilian economy to harness more energy increases, it is no wonder that still another instrument for integration has been created:the Amazon Cooperation Treaty Organization (ACTO, 2003). The treaty acknowledges that large ecosystems such as the Amazonian cannot be dealt with in an isolated manner, within the confines imposed by national borders, and even less so when what is at stake is one fifth of the fresh water of the planet – a resource that will in very few decades prevail as the most sought-after world commodity. The organization, therefore, agglutinates the eight countries that share the Amazon basin in an attempt to coordinate its conservation and development.
 
The Cartographies of Power:  Territories and Visualization
Territorial planning documents are not innocuous; quite the contrary, maps do much more than merely illustrate the areas they refer to. They have the capacity to aid in its transformation.  For this reason, one cannot underestimate the role of Geographic Information Systems, Google Earth, satellite images, remote sensing and other macro, tele, subterranean and supervisory technologies in the reformulation of the South American continent. Paradoxically, the perception of that which is ´local´ has been redefined by a massive accessibility to see from a distance.  A two-decade planning scheme on the continental scale, such as IIRSA, would not have been possible without these tools.  Every single infrastructural piece, since the first sketches on paper, constitutes a gesture that will forever alter the terrain on which it is inscribed.  IIRSA´s infrastructural projects will traverse various fragile ecosystems on the South American continent, and for this reason, it is necessary to pay close attention to the Amazonian Region, home to four of the ten axes in the Initiative.
 
Having arrived at the bicentenary juncture, it is of utmost importance that the principles of continental integration, necessary in facing the challenges imposed by the global economy, become strengthened. Nevertheless, one must wonder what will be the outcome of infrastructural integration within traditionally remote areas that have remained relatively invisible for centuries and have now been mapped, quantified, appraised and reconfigured like mega-geographic stocks and deposits of raw materials (including water), soon to be extracted and commercialized.  The movement of humans, commodities, capital and information depends on the construction and consolidation of generic infrastructural networks of transport, energy and telecommunications.  Due to their standard and industrial nature, roadways and oil pipelines remain immutable whether they cross marsh, desert or forest.  The infrastructural engineering has not been considered well enough in its response to the variable geographic and social conditions that it builds upon.  What happens at the meeting points between said generic infrastructures and the specific cultural and ecological conditions of a human settlement, a community or an ecosystem?  One would have to ask, is South America putting its geography ‘on sale’ once again, this time on a monumental scale?
 
A territory cannot be mapped without taking into account economic considerations, nor can an economy be designed outside its territory.  Furthermore, it is desirable that the design of the infrastructure -its recuperation, construction, articulation and/or expansion- responds to an organizing logic, in a manner that facilitates the exchange within the twelve economies that comprise the South American block, so as to permit the sharing of complementary strengths and weaknesses in supply and demand.  Even if the Brasilia Communiqué from September 1, 2000 alludes to said vision and advocates for a complementary integration of South American countries based on the notion of “open regionalism;” which includes the expansion and interconnection of education, information and telecommunication systems; the published images from IIRSA do not coincide with the written word of the Communiqué.  It is vital to question whether or not the Initiative is the visionary project that responds to the undeniable need to consolidate South America as one economic block with its own market, economy and territory or whether its proposal contributes to reproduce typical patterns of extractive economies.  For IIRSA to achieve its purported goals, it is necessary to equip the region with an infrastructural system capable of articulating the land, fluvial, air, maritime and digital routes of South America; as well as to tone the systems for energy, agricultural and industrial production, within a new arena of regional free-trade, “open regionalism,” not merely to open the gateway for raw material extraction and export.
South America, since the arrival of the Europeans, has accumulated a long history that clearly illustrates the underlying logic of the extractive mentality that governs in large part its economy even today.  Neither the illustrious Independence nor the Centenary with its industrial aspirations were able to reverse the vicious circles of the steep boom and depression economies that derive from the mere extraction of resources and exportation of raw materials.  At the risk of falling into a reductionism that will surely scandalize economists and historians alike, I would dare to say that a disturbing pattern of traces accumulates on the land.  The landscapes of extraction and the infrastructures that facilitate the flow of materials and energy on a regional and global scale dot, striate and shave the South American geography.  During the decades of Modernity, the National State System, ruled by dictatorships in most cases, promoted the construction of large scale infrastructural works which guided the exploitation of resources, primarily minerals, from diverse countries.[4]  These monumental projects for industrializing extraction were financed with geography as collateral in obtaining onerous loans that increased South America’s international debt to suffocating levels. The problem that arises when infrastructure is constructed with the ultimate goal of mere extraction is that the benefits are not distributed throughout society.  On the contrary, they tend to centralize in groups of power that rarely distribute them; they become capital drain, which is reinjected into the international financial market, in a perverse cycle that returns only a rivulet to the enormous water flow of its origin.  It is enough to see the conditions in which the communities and settlements that spring along areas of extraction live, to confirm the asymmetry generated by this productive system. On the other hand, the technological investment falls in disrepair due to lack of use or obsoleteness; or depletion of the resource. What is left?  What remains are desolation and informal colonization of the infrastructure; ghost towns (some of them become re-activated as tourism venues); external debt; deforestation and the expansion of the agricultural footprint; and last but not least, the immense social and environmental costs.
The patterns are no less vicious when governed either by the private sector, or by a public-private alliance.  In the 90s, South America experienced an accelerated index of privatization of its infrastructure.  In fact, conduits are inherently one of the principal businesses in this era of branching globalization; infrastructure is not only a medium, it is also a commodity. Transnational corporations have accumulated a power and force without precedent, and they have become the principal benefactors of new waves of infrastructural deployment and extraction of the raw materials that have contributed to feed the unbelievable growth of cities on the global scale, above all in emerging economies like those of Asia. They have also supported the expansion of digital industries, which as Saskia Sassen has demonstrated, are not “virtual” and immaterial, for their apparently evanescent world depends upon tangible, at times even massive systems of infrastructure.[5]  At the end of the 90s, in any case, various Latin American economies began to crumble (many names were used to baptize the crisis: corralito, the tequila effect, freezing of funds, etc.) under the pressure of neo-liberal politics that reinforced the private sector, increased the porosity of national borders and installed transnational corporations at the pinnacle of the global economy. This took place to the detriment of the public spheres and agencies on all scales.  The pendulum reaction in South America caused the surge of governments of a neo-socialist liberal ilk across the continent.  Their economic policies partially reverted to previous ideologies: mechanisms of alliance emerged; some resources were nationalized, and some processes of privatization were halted. Nevertheless, many of these States lack the financial capacity to develop and undertake extraction, and have renewed their power by playing a strategic role in the economy as they award concessions (or not) to multinational companies and guarantee (or not) a minimum level of security to foreign investment.  Even though within the new global order nation states seem to have lost jurisdiction and autonomy, to have been reduced to a mere institutional substrate -an anachronism eroded by the transnational flows that avert them,- their executive powers have acquired unprecedented control, having affiliated themselves with corporate interests, whose path in the fight for natural resources acquires lightning speeds.[6]Socialist governments extract as much as, or more than, neo-liberal ones. The creative industries that can add value to the production and export goods of Latin America are dependent on long term health and education policies that may breed the educated majority that lies at the core of a true democracy and a healthy, structural development.
At this juncture, it is fitting to return to the topic of mapping.  Take the case of the Petroperú Map[7] that shows the blocks that have been conceded to more than twenty companies with the goal of prospecting and potentially extracting petroleum in the Peruvian Amazon.  It is enough to take a look at it to understand that the territory has been ground down to a system of conceded patches, relatively autonomous, relatively privatized for a period of time.  How can one talk of integration in a stage of territorial pulverization?  Paradoxically, the only thread that seems to weave together the fragments of a new manner of extraction, precisely, is the infrastructure.  For this reason, the colossal importance of IIRSA, a proposal that despite its magnitude and the impact it is destined to have on South America, has remained in semi-darkness, as the former President of the Republic of Ecuador and first Executive Secretary of UNASUR, Dr. Rodrigo Borja, has mentioned.[8]  What one must not forget is that the infrastructures bind and integrate while also pulling apart and separating.  IIRSA is a double edged sword from the geographic standpoint; it could stitch the continent together or aid in the final steps of fracturing it completely.
From the Free Trade Agreements (FTA) to the Special Economic Zones (SEZ)
It is valuable, for example, to pause and observe the patterns of proliferation of the Special Economic Zones (SEZ) that dot the South American continent with increasing frequency and that are affiliated to the airports that are being built or reconstructed on its coasts, jungles, mountains and grasslands.  The SEZs, by opening gateways of exchange in countries whose neo-socialist policies have often impeded the application of Free Trade Agreements (and the concomitant opening of their border ribbons), achieve through an infrastructural strategy the same goal pursued by a political strategy. And they do it in a more efficient manner, by avoiding the troublesome negotiations of political procedure.The alternate strategy set forth by the apparently anarchic and organic system of the global market (perforating the floodgates versus releasing the entire border-strings) generates areas of economic impunity where the uninterrupted flow of imports and exports is permitted.  These zones may have industrial, technological and service components -outsourcing is a case in point.  It is to say, they are true cities, an industrialized version of the gated communities, which are constructed to accommodate manufacturing (maquilas) and the production output of transnational companies.  They benefit from the difference in labor costs, poorly referred to as “comparative advantage,” or they seek to establish themselves in a strategic manner in order to facilitate the trade of raw materials or the provision of services.  It is a brilliant tactic, without doubt, as has been mentioned previously.  It achieves its economic goals while simultaneously avoiding the relative corruption and inefficiency of local bureaucracies.  The SEZs formulate their own legal bubbles in which tariffs and import/export limits do not apply; anything in them is possible: borders within borders, borders of a global market system that insert themselves within the jurisdiction of a nation state in order to inject components or finished and semi-processed products from abroad and/or to aspirate manual, intellectual or natural resources from the interior.  Inevitably, the affiliation with the threshold and the floodgates triggers a particular kind of infrastructural urbanism.  
Many of the FTZs are being built in remote areas, such as the Peruvian coast to the west of Arequipa, where an FTZ is being proposed and financed by a group of Chinese investors, or on the island of Santa Rosa in the Peruvian Amazon, where it would form a strategic triangulation with Leticia in Colombia and Tabatinga in Brazil.  It is no surprise that the most developed and extensive FTZ of Brazil is located in Manaus: an industrial, commercial and agricultural center in the heart of the Amazon rainforest. Even though the insertion of FTZs into remote areas does benefit the economy by contributing to decentralize resources, it nevertheless irreversibly alters the environment and the cultures of extremely fragile ecosystems.  If all of this is happening concurrently as this essay is being written and the port areas are being articulated within a system of global intercommunications, we are still in time to design the future of geographic infrastructures that would otherwise decant as entropy -as the waste of “development”- in an intelligent fashion, taking advantage of the synergies between culture and nature.
This juncture is crucial.  Instead of repeating the models of industrialization of North America, Europe and Asia, South America could become the ideal arena for the development of sustainable, post-industrial models.  If minerals were the blood of the industrial era, organic matter may be the future in the post-industrial era.  If biotechnology is the future, the Amazon is the center and South America is called upon to play a pivotal role in the formulation of more sustainable modes of production, lifestyle and metropolis.  From the technological and ideological points of view, one may question whether IIRSA is a leap forward. Does it promote green infrastructural construction, healthy populations and an industry with added value?  Does it stimulate the development of new technologies that would permit us to improve our products and services above the baseline of extraction?  In order to survive in a complex ecosystem, a successful organism must discover and appropriate an unexplored niche within a territory.  It is through diversification, through the development of new modes of production, not through imitation, that Latin America could open a niche in the competitive global market.
Infrastructural Urbanisms
IIRSA clearly stipulates that one of its fundamental objectives is to “facilitate access to areas with great productive potential that have remained isolated or underutilized.”[9] We know more than enough what it takes to open pathways to sources of raw materials or areas with great energy potential.  Railway systems are traced out, as are air, maritime and fluvial routes, but most often, roads are built.  What differentiates the final medium from the previous modes of transport is that the pattern of development that is generated does not respond to a sequence or spine, with pointed interventions. Water and air can be contaminated, but not striated, whereas the land is inevitably scared by the deployment of roads and highways in a system that behaves like a fractal: the lines of main roads bifurcate into secondary roads, which in turn generate tertiary roads, detonating a transversal and continuous form of entropy.  To open the pathway to sources of raw materials is to open the floodgates of colonization and to trigger processes of hyperactive and multi-directional migration.  The phenomenon that occurs at the intersection of global necessity and the physical reality on the local level could be called “infrastructural urbanism” or “entropic infrastructural urbanism.”
If South America, in order to “develop itself,” needs to deploy an infrastructural network, it is fundamental to analyze what are and will be the spatial and geographic consequences -eventually, social, cultural and environmental- of its construction and renovation.  Traditionally, the magnets of occupation and eventual urbanization of the ground have been access to sources of water, or soils rich in nutrients or commercial routes.  Infrastructural urbanisms in remote areas derive from a different logic; they occur along “routes to nowhere” (extraction areas) in often hostile geographies and generally depend on the provision of external products to survive.  Furthermore, urban growth inevitably triggers a concurrent expansion of agricultural zones. The counterparts of urban explosion are the immense pasturelands and mono-culture agriculture that sustain it, as well as the ulcers of diverse forms of mining.
Green Infrastructures 
According to The Financial Times Limited,[10] to add four points to the annual growth of a country’s Gross National Product, it is necessary to invest between five and nine percent of its budget in infrastructure.  Without a doubt, the economy is bound to grow due to an infrastructural impulse. Nevertheless, one would have to wonder if the return varies for elements that serve mainly for extraction purposes, as well as to adjust the curve of return and long term investment, taking into account environmental and social costs within the calculations.  Otherwise, an economy that remains territorially blind builds oil pipelines, canals, dykes, highways, bridges, ports, cable networks and endless modes of mobilization without questioning the very nature of the infrastructure, which could be designed differently, nor the specific interests that it serves. If detrimental impacts were included in the cost-benefit analysis, governments and companies would probably invest more money into the development of green infrastructures.  For example, if one were to take into account the environmental costs of the construction of a hydroelectric plant or any other project whose sheer scale is enough to detonate an impact with extremely high social and environmental costs, one may develop alternate systems of micro-infrastructures, which due to smaller scale would have less impact. A series of micro-hydroelectric dams would cost more initially, if constructed to produce the same amount of energy as one mega-dam, but in the long run, their impact would be much less and the savings generated by it would end up benefitting society much more than a centralized mega-system.  The same could be said, for example, of micro-systems of water collection and energy production; an off-the-grid strategy that rather than connecting to a central network, would act in a wireless or un-plugged fashion, granting the user autonomy and the capacity to save, and triggering, by a multiplying effect, a reduction of environmental degradation.  
We know from mathematics and the analysis of dynamic systems that an infinitesimal change in the initial stages produces a substantial transformation on a grand scale in the final conditions.  Future infrastructural developments can benefit from the amplified effect of the minute and be able to mediate the encounter between the continental and local scales.  Even from a security standpoint, micro-infrastructures constitute a better option than larger engineering works, insofar as the latter serve as targets for vandalism; when they fall, the entire system falls.  Ironically, in an era of intense interconnection, an ability to disconnect is becoming key to survive. In place of being objects of centralized resources, the infrastructures could become the medium for democratization. They could also serve as distribution points for public services and contribute to enhance access to education and health to large sectors of the population.Latin America, if it set out to work towards a plan for integration and innovative economic development, could trigger a process of global renovation from its marginal state.  The relative isolation in which we have remained gives us an advantage:  the advantage being that we have not developed under the guidelines of an unsustainable industrial paradigm.
New Centralities:  the Peripheries of the Peripheries – the Case of the Amazon
The Amazon is the ideal laboratory in which to study, in the dendrites of capitalist intelligence, the relationship between global and local – its effects on the very fringes of geography, the periphery of peripheries, where the very restrictions of the system are latent like nowhere else.  In these critical points, one hopes that one can find the ideal terrain on which to formulate new paradigms for development.  Here, one could test all that is “green”: green infrastructures, green industry, urban ecologies, clean energy, mixed agricultural and forestry systems, urban agriculture, potentialities of biotechnology, possibilities for anthropogenic landscapes and soils.  Archeologists have already demonstrated that human activity can produce positive effects in the Amazon. Its pre-hispanic cultures knew not only how to take care of, but also how to enrich poor soil to increase its agricultural productivity.  Mentioning this, I do not mean to say that I favor an agricultural conquest of the jungle, nor that I view a return to former ways of living as desirable.  Simply, I view the relationship between humans and nature with optimism, as inextricable, and believe that the land can be tendered even within extremely fragile ecosystems.  On the other hand, I remain optimistic with respect to technology, understood anthropologically, as a culture, as the human ability to interact with, modify, and be modified by the environment. In addition to giving us solutions through environmental design, technology could provide us with the tools necessary to improve social well fare.  To cite but one case in the Amazon, as we traversed it in the summer of 2008, we discovered a solar-powered communication system that has been implemented in various indigenous communities in the Brazilian forest, in order to give their members the benefit of immediate inter-connection in a context where patterns of population dispersion predominate. This system has contributed to strengthen the power of indigenous groups and to consolidate their participation in the political arena, particularly in regard to policies that directly affect the livelihood of their communities.
The Voyage as Response to the Territorial Blindness of Geo-Economies 
Often, the logic of economics has suffered from a territorial blindness.  Economy affiliates itself with Engineering and Politics and decides how to extract what from where.  Its strategies have often unfolded without the appropriate planning of physical space. Its fundamental tools are cartographies and enormous databases that correlate diverse parameters of econometric planning.  Maps which work with the territory at great distances pulverize it, with the advantage of unveiling patterns, structures, substructures and even causes of phenomena, thanks to the elimination of detail.  These, though, need to be complemented with other maps that have been drawn by walking, navigating, and traversing the minutiae of space, taking into account that the observers – far or close – are an inextricable component of a system.
If we look, on the one hand, from afar at the Amazon Basin, we see that infrastructures like the trans-Amazonian highway or the BR 163 that connects Santarem with the Bolivian border, inevitably generate patterns of land clearing.  Paradoxically, the same mapping systems that facilitate the design of infrastructures and their insertion in the land have also become the very mechanisms that are used to protect it from diverse forms of invasion.  The geo-referential systems of information such as GEOSUR, the decentralized networks of map servers, the geo-integrating mechanism (open source), geo-spatial data, the regional visualization of national data and the program CONDOR 2 (the first attempt to offer an interactive mapping tool for South America hosted by the Andean Development Corporation and Conservation International)[11] provide another form of integration and construct a preliminary framework to estimate the environmental and social impact of large scale infrastructural road system projects, as well as establishing diverse control mechanisms.
Why has control become such a preponderant concern in the Amazon? Because the Amazon is plagued with illegalities: it has become one of the main coca leaf and poppy seed plantation centers; the river is a vital artery within the trafficking of cocaine and opium; child sexual exploitation occurs along the entire length of the river; selective deforestation is creating an ever shrinking forest canopy; full deforestation is occurring even in the most remote regions; disregard for the intellectual property of indigenous communities is a common occurrence; illegal animal trafficking is endless; and human slavery continues to develop as a form of labor exploitation (in the literal sense of the word).[12]  Even illegal infrastructures exist; not only those constructed by the drug trafficking industry but others open for logging and/or settling.  According to Imazon (Institute of Men and the Environment in the Amazon)[13] “the Brazilian jungle has at least 95.355 km of illegal roads, which add up to ten times the number of those that are official.” Many new “ghost” towns or settlements are also illegal -might not this be the reason why the GPS does not identify several Amazon sites, regardless of their size? It is interesting to observe that illegal activities seem to find in the canopy of the rain forest the perfect hiding place, and that their response to aerial and satellite monitoring has been to pulverize the traces of their existence. Large agricultural fields are replaced by archipelago agriculture, deforestation by selective deforestation, and shifting rivulets become the preferred means of transportation over the main navigation arteries. The performance of satellite systems of control improve as fast as the strategies of territorial fracturing.
The Built World as Natural Resource and the Importance of Design
Architecture, the city and infrastructure need to be re-conceptualized as natural resources, and new development plans cannot continue to be formulated without the participation of designers (architects, urban planners, urban designers, landscape architects, etc.) who can develop proposals in conjunction with politicians, engineers, economists, ecologists, mathematicians and experts in diverse fields.  The collaboration of different fields of knowledge is another vital form of integration that we must strive for in the midst of the enormous social and environmental challenges that we currently face. After all, the construction industry absorbs 50% of the acquisition and extraction of materials, produces 217 different types of ecological impacts, consumes 26.15% of the final energy spent and produces 50% of the contamination we all suffer.[14]  Designers working alongside the extraction agencies, as well as those working in the areas of material accretion, are being called upon to provide effective answers to the environmental problem.  The participation of the design community has nevertheless been minimal, if not completely nil, within territorial planning programs.  The catastrophic consequences that derive from this absence are apparent in developed nations, where many cities are shrinking and a myriad of projects of recovery in large industrial areas retroactively seek the design discipline to find new forms of spatial rehabilitation in areas whose infrastructure has become obsolete and that were originally designed exclusively following an economic and engineering logic. Large infrastructures from the industrial era are being retrofitted as parks and public spaces.  If we learn the lessons from the North, we can design the infrastructures of the future, taking their life cycles into account, in the South.
We should even question if in the design front, we are equipped to respond to the unique conditions of an ecosystem using tools based on the application of standards and regulations, however environmental they may seem.  Mechanisms that are purportedly green, like the LEED certification, collapse when they are applied to an ecosystem such as that of the Amazon.  Is it even possible to respond to ecologies with unique characteristics; using standardized, generic certificates, however “combinatory” or purportedly “local” they may be?  Aren’t these systems a mere variation on the generalizations of the industrial mentality?  Are not urban parametrics and dynamic urban ecological models better alternatives for the design of future interventions?  For the specific case of the Amazon, and taking into consideration all the answers that can be found in the territory itself (be it in formal or informal versions), the basin could be rethought as a productive landscape, where the main components of the infrastructure and urbanism are buoyant.  There is much to be learnt from floating cities, such as Iquitos; even from the fluvial hospitals and schools that already course the river in an attempt to propose educational and health alternatives in accordance with the surroundings they are meant to serve. In an era in which designers and researchers are investigating potential responses to water level changes, as we face the challenges posed by global warming, the nature of cities like Iquitos becomes worthy of deeper analysis and should not be effaced in the name of development.[15]
The Bicentennial as a Symbolic Dimension of Infrastructure
Infrastructures are not silent systems; a-semantic, functional objects devoid of content and ideology.  Quite the contrary: infrastructures signify progress and development; symbolize strength and unification.  Several of the infrastructural projects that had already been planned by the Ministries of Public Works from several governments in South America have been included in IIRSA’s project portfolio, and several others are being or will be inaugurated in commemoration of the numerous Bicentennials of the Independence that are being celebrated in the majority of South American countries.  The alliance is perfect: as we celebrate two centuries of independence, and in order to survive the inclement global market competition, we unify infrastructurally. In addition to its triple meaning: autonomy, integration and progress; the “infrastructural Bicentennial” provides a platform for remembrance, self-evaluation and the evaluation of the ideological discourses and economic aims embedded in the infrastructures of IIRSA.
And if I could end this essay with an atypical optimism in the contemporary world, with the optimism instilled in me after traversing the South American continent along the Amazon River, I would even dare say that if the Nile was the forefather of the Egyptian civilization, the Volga of the Russian, and the Yangtze of China;  the civilization that has been bred and shall spring from the Amazon River is destined to be grandiose, in accordance with the power of the jungle, its life, the generosity and magnificence of the river-ocean.  South America cannot afford to ignore the fundamental role it is being called upon to play as the paradigm of the future post-industrial world is written, and Brazil will have to continue leading this process, as is expected from the only country that shares its borders with every other country in the continent with the exception of two, Chile and Ecuador.  Each landscape is a way of thinking.  The Amazon is the supreme symbol of ancestral youth, of a system that renews itself –perennial- as it makes itself of continuous small deaths…from this river we shall learn how to contrive new strategies for development.

[1]www.iirsa.org
[2] It is worth annotating that Andean glaciers are receding under the forces of global warming and the impact this recession will have on the Amazon basin is incommensurable.
[3]See “Messing around with dams: First build a road, then flood it,” The Economist, Nov. 19th, 2009.
[4] Monoculture is another form of extraction that has played an important role in export-led economies based on the production of primary goods. Their impact in the geography amounts, in some cases, to an almost full substitution of a pre-existing ecology with plantations. The Ecuadorian coast is a case in point: 80 per cent of its mangroves have been replaced with banana plantations and shrimp farms.
[5]Sassen Saskia. Cities in a World Economy. Thousand Oaks, London, New Delhi: Pine Forge Press, 2006.
[6]Sassen, Saskia. Una sociología de la globalización. Buenos Aires: Katz Editores, 2007.
[7]www.petroperu.com.pe
[8]Personal interview
[9]www.iirsa.org
[10]www.ft.com/home/us
[11]www.caf.com
[12]www.csmonitor.com/2004/0907/P01504-woam.html
[13]www.imazon.org.br
[14] http://vlex.com/vid/materiales-construccion-medio-ambiente-41651434
[15]It is important to mention that the system of parks and nature preserves encumbers urbanization: population densities dilute around protected zones. In addition to the public reserves, private ones are playing an increasingly important role in terms of environmental conservation, generally associated with the tourism industry.