Publicado en Revista Clave, Quito, Agosto 2010.
Autor: Ana María Durán CalistoEl lobby de la FLACSO (Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales) está completamente desierto; su generalmente bullente cafetería, cerrada. Le pregunto al guardia por Fernando Carrión, Coordinador del programa Estudios de la Ciudad. Me dirige al sexto piso donde –solitarios- trabajan dos o tres académicos que no se han sumado a la huída masiva típica de las vacaciones. La oficina de Fernando está marcada por un anaquel con puertas de vidrio detrás de las cuales se alinean nítidamente varios libros de la serie Textos Urbanos. Me detengo en los títulos de su autoría o edición: El financiamiento de los centros históricos de América Latina y el Caribe; La Biblioteca del Fútbol Ecuatoriano; Regeneración y revitalización urbana en las Américas: hacia un estado estable; Procesos de descentralización en la Comunidad Andina; Seguridad Ciudadana: ¿espejismo o realidad?; Ciudad, escenario de comunicación… Me dan un rango de los intereses de este prolífico autor y arquitecto que ha dedicado su vida a pensar y escribir las ciudades, sobre todo las de América Latina. El menú de su blog resume mejor que el atiborrado anaquel la variedad de los temas que investiga: Centros históricos, Ciudad y gobierno, Desarrollo urbano sustentable, Descentralización, Educación, Fútbol, Gestión académica, Gestión urbana, Hábitat popular y vivienda, Seguridad ciudadana, y otros como “las telenovelas de hoy”. Fernando me regala una copia de su último libro, impreso este año: Ciudad, Memoria y Proyecto. Aprovecho la alusión al pasado y futuro expresada en el título para hacerle la primera pregunta:

¿Crees que el patrimonio histórico de una ciudad debe tomarse en cuenta a la hora de proyectar su futuro desarrollo?

Eusebio Leal, el historiador de La Habana, dice que dependiendo de la profundidad de sus raíces el grado de frondosidad de una ciudad es mayor o menor. Y si bien las raíces son de incalculable importancia, existen ciudades que han dado la espalda a su origen, que han cometido lo que yo llamo “parricidio urbano”. Quito le había dado la espalda al Centro Histórico hasta la década de los 80; Guayaquil al río, hasta que inauguró su Malecón en el año 2000; Lima al mar, hasta que diseñó el proyecto Costa Verde; Buenos Aires al río, hasta que se re-inventó en Puerto Madero, a finales de los 90. Los ejemplos de parricidio urbano son numerosos. Las ciudades tuvieron que “matar a su padre” para permitir que despegara en ellas la Modernidad. En Quito, específicamente, el boom petrolero de los 70 desencadenó un fuerte proceso de modernización. A partir de entonces se construyeron los imaginarios de la “ciudad vieja” y la “ciudad nueva” con el centro histórico como pico de la expresión urbana, a pesar de que las élites iniciaron su abandono en la década de los 40 por una propuesta que se adaptaba mejor a sus necesidades contemporáneas en la Mariscal Sucre, al norte de la ciudad vieja, donde un desarrollo híbrido fusionaba las propuestas de la Ciudad Jardín de Ebenezer Howard con los lineamientos establecidos por CIAM (Congrès International d’Architecture Moderne) y los gestos típicos de Haussmann en París, con sus trazos diagonales que rematan en monumentos.

Ahora bien, es peligroso confundir la valorización de las raíces, del patrimonio natural y cultural, con propuestas que intentan lo imposible: congelar la ciudad en el tiempo. Cuando fui Director de Planificación Urbana del Municipio de Quito, nos propusimos devolver al Centro Histórico sus colores originales. Hicimos calas en las paredes y estudios bibliográficos. Nos dimos cuenta que no existe un “color original”. Con cada cala se revelaban las tonalidades, la tecnología y los materiales de una época. ¿Por qué, entonces, no añadir la impronta, la huella, de nuestra generación? En el caso del frontispicio de la Iglesia de San Francisco, por ejemplo, se decidió eliminar el estuco blanco que lo cubría para desvelar la piedra. La urbanista Françoise Choay ha escrito mucho sobre la importancia de la estratificación, la huella que cada generación deja conforme renueva el diseño, la técnica y los materiales. Quito necesita sumarle valor al pasado, añadirle tiempo. El problema es que la ciudad ha estado sujeta a posiciones extremadamente conservacionistas, conservadoras, hasta reaccionarias, que exultan al pasado colonial por sobre todos los tiempos, a pesar de que no ha habido una sociedad más excluyente que la colonial. Construimos sobre eso, la re-producimos. En el patrimonio se entretejen millares de historias. Si no añadimos la nuestra, perdemos voz, perdemos poder y le restamos valor al patrimonio. Así como hay valor de uso y valor de cambio, también hay valor de historia, cosa que nunca entendieron las directoras del FONSAL. Ese valor lo enriquece cada generación. El presente es un ámbito conflictivo que se debate entre lo que se tiene y aquéllo que se transmite al futuro. La transmisión generacional del patrimonio ocurre a través de políticas que establece la generación de ahora conforme decide cuál será la herencia que dejará a la de mañana. Elije, por ejemplo, traspasar el patrimonio de la sociedad de las élites a la sociedad de las élites, o democratizarlo. La cuestión del patrimonio es, inevitablemente, un discurso del poder, puesto que una política explícita de conservación congela la historia en el momento en el cual se produjo ese patrimonio. Su actitud es, por definición, reaccionaria. Y cada sociedad produce sobre el patrimonio que hereda; en base a él construye imaginarios y propone cambios. Y no hay que olvidar que Quito es considerado Patrimonio de la Humanidad, del mundo.

¿Cómo visualizas el futuro de Quito, de este Patrimonio de la Humanidad?

Quito está en un momento de quiebre, cerrando un patrón de urbanización claro en lo que a transporte, servicios, expansión, desarrollo y esquema de gestión urbana se refiere. La globalización exige una reforma de Estado y tiene un impacto enorme en las ciudades. El tema del gobierno electrónico debe adquirir un peso significativo en las futuras proyecciones de Quito. Es vital estructurar las redes sociales que operan a dos niveles, autónomamente o vinculadas al gobierno local. Durante los procesos de privatización que iniciaron en el 85, Quito perdió considerablemente su capacidad de generación de empleo público, a la par del imaginario político-administrativo. Eso ha debilitado la facultad de Quito para encontrar la vocación histórica que la permita proyectarse a futuro. ¿Será una ciudad de servicios? ¿Productiva? ¿Industrial? Guayaquil y Cuenca han logrado adquirir una identidad propia. Quito continúa buscándola.

Hace poco fue publicado un estudio realizado por la Universidad de Alcalá de Henares, en colaboración con el BID (Banco Interamericano de Desarrollo), dedicado a clasificar las ciudades por su nivel de interconectividad o articulación global. En el primer nivel están incluidas ciudades como Nueva York o Tokio; en el segundo, Madrid, Barcelona, Berlín; en el tercero, Buenos Aires, México D.F., San Pablo; en el cuarto, las metrópolis regionales como Santiago y Bogotá; en el quinto, ciudades nacionales como Quito, Managua y La Paz. Es decir, el grado de interconexión entre Quito y el resto del planeta es bajísimo. Si no se trabaja de manera urgente en desarrollar la infraestructura de las nuevas tecnologías de la comunicación y facilitar el acceso a las mismas, la brecha digital crecerá. Se estima que apenas un 16 ó 18% de la ciudadanía tiene acceso a internet. Este es un tema central para el futuro de Quito. Si no se define su vocación productiva y no se refuerzan sus enlaces, su conectividad y su competitividad, perderemos geografías. El origen histórico de toda ciudad está íntimamente relacionado con su ubicación estratégica en la cuenca de ríos o mares. Si Quito no mejora su grado de conectividad, las ventajas de su ubicación geográfica en la mitad del mundo, se perderán. Los ríos y mares del mundo contemporáneo son las carreteras de la información; en sus márgenes, las ciudades prosperan. Necesitamos definir la vocación de Quito, no en términos internos, sino de complejos, de redes urbanas globales. Hay que buscar un nicho dentro de las nuevas redes y sacar provecho a una vocación económica creativa. Hemos sido demasiado localistas y hemos pensado la ciudad dentro de la lógica del mercado interno. Estas visiones hacia adentro nos impiden comprender que hoy la ciudad frontera empieza a desaparecer y dar paso a la ciudad red. Si no está articulada, si no se conecta al mundo, difícilmente prospera.

Es interesante mirar el caso de Montevideo. Uruguay tiene cerca de 3.5 millones de habitantes. Ecuador alcanza los 13 millones, con un índice altísimo de migración al exterior. Montevideo se está conceptualizando como capital de Mercosur y el concepto de “Mercociudades” surgió allí. Quito, por otra parte, busca posicionarse como capital de UNASUR (Unión de Naciones Suramericanas), sin embargo, carece de un proyecto de capitalidad regional –tiene ideas para construir edificios, pero no un proyecto urbano holístico y bien diseñado. Como capital regional necesita concebirse como una nueva centralidad que irradia al menos de manera mínima a todos los países miembros de UNASUR. ¿Cómo hacerlo si no se interconecta? Montevideo tiene una visión cosmopolita de su futuro, Quito continúa siendo localista. Basta con observar como se ha tratado el tema de la sede de UNASUR. La significación regional del proyecto demanda un concurso internacional, por lo menos suramericano (sería bueno, incluso, que dure veinte años, para que Quito esté difundiéndose internacionalmente durante una largo período), pero su propuesta resulta de un concurso restringido nacional. La sede de UNASUR debería ser un proyecto figura del urbanismo contemporáneo mundial. La sola presencia de figuras internacionales de importancia le otorgaría peso al proyecto. La proyección de la capital de América del Sur exige una propuesta contemporánea, futurista, que alcance los estándares de la arquitectura de vanguardia a nivel mundial, donde puedan aplicarse tecnologías de punta (constructivas, estructurales, medioambientales y de telecomunicaciones), capaz de articular las funciones que una capital regional necesita. La nueva capitalidad de Quito debería ser un proyecto político, económico, cultural y urbano, no simplemente un edificio.

¿Crees que el nuevo aeropuerto internacional ofrece una oportunidad importante para mejorar la conectividad de Quito?

El nuevo aeropuerto internacional es prácticamente una oportunidad perdida. Casi no se distingue del existente. El actual tiene seis mangas, el nuevo tendrá siete. Lo ideal sería convertirlo en un hub, de manera que aviones de distinta procedencia puedan entrar y salir simultáneamente. Brasil se proyecta como la quinta economía mundial para el año 2025 y la cuenca Asia-Pacífico se está posicionando como la más activa del planeta. Quito podría jugar un papel pivote en la articulación de Asia con América del Sur. Desde un punto de vista regional, la competencia aeroportuaria se divide en tres áreas. En el norte compiten por la supremacía tres aeropuertos: Tocumen en Panamá, El Dorado en Bogotá y Maiquetía en Caracas. Lidera Panamá. En el sur compiten tres: Ezeiza en Buenos Aires, Arturo Merino Benítez en Santiago y Guarulhos, en San Pablo. En la zona centro tenemos a Lima, Quito y Bogotá. Lima ha invertido 900 millones en su aeropuerto internacional; Bogotá, 1.200 millones; Quito, 600 millones. Lima y Bogotá tienen entre 8 y 9 millones de habitantes, Quito, 2.3 millones. Es una cuestión de masa gravitatoria. Si no compensamos nuestro menor peso con una mayor capacidad de interconexión, con servicios que complementen y refuercen el plus de nuestra ubicación geográfica, nos quedaremos aislados. La negociación del aeropuerto puede ser más significativa. No se ha planteado convertirlo en hub, ampliarlo, crear una aerolínea de Quito… Cuenca acaba de sacar la suya.

Una última pregunta: ¿cómo visualizas el futuro de Quito desde el punto de vista de su sustentabilidad?

Quito enfrenta varios problemas medioambientales. El más significativo es el del agua potable, que en la actualidad se abastece en buena parte por gravedad. Desafortunadamente, debido al calentamiento global se están perdiendo las nieves perpetuas, la principal fuente de captación de agua de la ciudad. Restituirlas es demasiado complicado. La ciudad tendrá que abastecerse de agua por bombeo, lo cual implica incurrir en costos más elevados. Quito podría convertirse en una “ciudad defensora de las nieves perpetuas” dentro de una política de ecologismo económico. Otro problema es la pérdida de oxígeno. Necesitamos diseñar mecanismos de compensación que permitan restituirlo. Por otra parte está la basura. Quito produce alrededor de 2.000 toneladas de basura diarias; su depósito final es un relleno sanitario. Cuándo van a implantarse mecanismos de reciclaje y regulaciones que alarguen la vida útil de los productos desechables. Es imperante desarrollar industrias relacionadas con el reciclaje del plástico, el papel, la agricultura orgánica… industrias capaces de producir insumos con la basura, incluso exportarlos. Por último, está el tema de los riesgos; vivimos bajo la continua amenaza de explosiones volcánicas, eventos sísmicos, inundaciones o sequías. Necesitamos idear sistemas de urbanización capaces de asumir a la naturaleza y trabajar con ella. Ahora lo que tenemos es un urbanismo que engulle a la naturaleza.