para Ana Isabel Bustamante
mujer Perfecta
un 31 de septiembre
la conocí
mujer Perfecta
de grandes tetas
erectas
sobre el contrafuerte
de dos enormes nalgas
sostén macizo
de diminuta cabeza
arrimada
sobre la trenza de
un prensativo dedo
lava quemada
por la lluvia
en el centro de una cáscara de huevo
Ana Isabel Bustamante es una mujer de pocas palabras. Dice poco, poquísimo. Su agudísimo sentido del humor –agudo como su silencio- la desborda la rara vez que habla y nos hace reír. Su obra, en cambio, grita aquello que todos silencian. Por eso me fascinaron sus esculturas la primera vez que las vi, hace mucho tiempo, antes de conocerla personalmente, en una exposición que se me cruzó sin querer un día de deriva sin sentido por el centro de Quito. Ahí estaba, POR FIN, una mujer ecuatoriana que se atreviera a decir, o que permitiera decir a sus obras, como una ventrílocua de la madera y el hierro: n-a-l-g-a-s, t-e-t-a-s, ú-t-e-r-o, cuerpo innombrable de mujer. En una sociedad donde lo femenino es tabú, donde la madre es virgen, donde a menudo se pisotea sin rumores el territorio de las niñas, la voz de Ana Isabel irrumpe fuerte, clara, rotunda. Pero atentos. Ana Isabel no es ni feminista, ni simplista. Su obra no es reivindicación política ni se reduce a banales dicotomías entre masculino y femenino; explotado y explotador; víctima y victimario; profesión o maternidad. Ella habla de género desde la profundidad de la vida y la muerte; sobre su debate y encuentro en el útero; sobre el duelo a muerte entre la vida y la vida que se da encuentro allí, en ese pequeño y encerrado mar, donde placer y dolor, eros y tanato son una misma cosa. En su obra presenciamos el nacimiento de la muerte y la muerte de la vida. El útero en Ana Isabel es existencial, un cosmos contenido en la interminable y eterna reproducción de los mismos principios a diversas escalas que son la misma: la incertidumbre. El útero invadido, ocupado es, a su vez, la madre-prisión. Un diálogo entre vacíos, una red de cordones umbilicales, una muchedumbre de fetos se sofocan, aprietan y pulsan en los dibujos, las esculturas y las instalaciones de Ana Isabel.
cocina a gas
da a luz
una mujer
cae
hacia el fondo del pozo
del inodoro
Pero no es tan simple, no tan simple. Su mujer-fósil es una tomadura de pelo, un resumen pétreo, una risa que emerge desde el centro de la madera para recordarnos que el mejor remedio frente al absurdo, a la camisa de fuerza de la definición, a la injusticia y al dolor, es el humor. Y en el caso de Ana Isabel las tonalidades que adquiere barren los grises y los negros más profundos.
Yo flor ojo Tú dame paz
ojos de cobre llenan
la oquedad de las caderas
no es figurativo
es literal
las caderas de
lo que en vida fue
una vaca
esqueletos
cobran
vida
la cobran
entre manos de
filos fríos
Un análisis superficial del trabajo de Ana Isabel concluiría que su obra es casi autista, un ejercicio de solipsismo. Pero nuevamente, no es tan simple. No tan simple. Sus obras tienen tantos velos de significación que es imposible desnudarlas. Todo texto será un texto parcial, un tanteo a ciegas, una interpretación subjetiva, casi autista, un ejercicio de solipsismo. Su casa es su taller, el arte su hogar, las obras su cuerpo. Unidad indivisible compuesta de millares de voces cuyo todo es mayor que la suma de sus partes. Ana Isabel vive en un oasis anegado por la ciudad. La casona de sus padres fue hacienda, típica hacienda serrana de cantos rodados, pasto, muros blancos y silenciosos, galerías atiborradas con pinturas y esculturas de la escuela quiteña, un jardín marcado por piedras pintadas con cal que rodean hatos de tierra y espantan a los insectos. Los toctes puntean el paisaje arrullado por el murmullo del río. Visitarla es remontarse a un pasado que de ubicuo panorama rural se ha transformado en reducto inimaginable, imposible. Pocos lo conocieron. Pocos lo recuerdan. Ha quedado sumido bajo el arrastre de la inundación urbana o el plástico de los invernaderos de rosas y flores cuyos colores no se ven.
Las haciendas de Pichincha son iglesias domésticas, conventos familiares. Las marca la misma combinación paradójica de austeridad y exceso. A primera vista se diría que la obra de Ana Isabel es gótica, luminosa en su oscuridad, con olor a herrumbre. A segunda, que es barroca, recargada en una suerte de celebración horror vacui al vacío. A tercera, que es literaria, una narrativa visual o una poética escultórica. Son varias las vertientes que alimentan el caudal de su obra y, entre ellas, sobresale la aorta de su niñez. Hay que detenerse frente a los cuadros, las esculturas, los bargueños y los muebles entre los cuales jugó, cenó, se escondió y durmió Ana Isabel. Equivale a detenerse frente al arte que puebla nuestras iglesias y conventos; frente a sus contenidos, su espíritu y sus técnicas. Santos, vírgenes y mártires cruzados por puntas, espadas y dedos invisibles se desangran en rojos de oleo más o menos dramáticos sobre las paredes. Velos oscuros cubren los árboles genealógicos de las iconografías católicas que narran el origen de las órdenes y los órdenes. Pliegues de vestimentas estofadas caen, geométricos, para recubrir la pureza de los cuerpos escultóricos de madera. Desnudo, solo, clavado en el madero de su cruz, se desangra Cristo por la humana eternidad. Pelucas hilvanadas con cabellos humanos recubren calaveras cuyo hueso se rellena, colorea, encarna y marca con dos bolas de cristal. Toda la procesión del dramatismo católico cuyo tono sube o baja a través de los siglos marca el entorno de una niñez que creció para convertirse en una de las principales voces de la contemporaneidad del arte quiteño. Entre los maestros de Ana Isabel cuenta Alfonso Rubio. Si la obra de nuestra artista parece, en el primer golpe de vista, desafiliarse de toda tradición; en el segundo adquiere la fuerza de la individualidad que se levanta sobre una relación profunda con el entorno social y la historia. Ana Isabel deconstruye símbolos, los recrea y reinterpreta a la vez que inventa lenguajes y construye códigos, éstos últimos sí, intransferibles. En esa doble actividad de construir sobre un lenguaje colectivo y codificar uno hermético y propio, reside la, polivalencia y riqueza de su obra.
la zángana familia
vendadasdarramA
SitiadasdavalC
muñecas
en el útero-cáctus
de una madre de hierro
abrazocrotecciónC
cccc – c
cuidado
contra la nada
y el vacío
si tratas de liberarlas
te pinchas
se puede entrar
pero no salir
laberinto concéntrico
cuerpo de púas colectivo
comunidad maniatada
con los pies amarrados
y las cabezas sembradas de tunas
ciega muchedumbre
frente al francotirador
Para hermanarse con Ana Isabel también hay que pararse entre sus libros y sondear los títulos, los nombres de los autores que recubren sus lomos: Boris Vian; Edgar Allan Poe; Jonathan Swift; Haruki Murakami; Antonio Canedo; Carmen Bullosa; Antonio Gala; Federico García Lorca; Fernando Pessoa; Guadalupe Amor; Guillaume Apollinaire; Jaques Prévert; Jorge Luis Borges; José Agustín Goytisolo; Julio Cortázar; León Felipe; Leopoldo María Panero; Mario Benedetti; Pablo Neruda; Poldy Bird; Willliam Shakespeare; Virginia Woolf… las páginas de estos ladrillos verticales se apilan en la habitación de Ana Isabel, concentrándose sobre su escritorio, como un rascacielos amalgamado con seres afines, cuyas palabras se remontan sobre el tumbado o se filtran por las cañerías para encontrar desfogue en las manos poéticas de Ana Isabel, en los altavoces de su obra.
También se divisa uno que otro mapa: géographie des plantes équinoxiales, las Islas Galápagos según Cowley; uno que otro título: Enciclopedia de los cactus; La caza del carnero salvaje.
En el centro, El Arrancacorazones
Gregorio Winter
esqueleto negro
tela encolada
hierro
palos de esquí
Santo de la (b)risa
de su cráneo emergen
dos cuernos de carnero
Ana Isabel trabaja con lo que encuentra, como lo hacen las periferias de la ciudad, conforme trituran y ensamblan la materia que arrojan los enclaves céntricos, como trabajan hoy centenares de artistas del desecho. Pero una vez más, Ana Isabel no es tan simple. Su discurso no es medioambiental ni urbano. Su relación con los objetos que encuentra es primordial, uterina. A Ana Isabel le interesa su animación, su vida, su reencuentro con la existencia y el mundo de los vivos. Recicla esqueletos, como nuestros artistas coloniales, porque de cara a esa condición última, parecen reclamar: “prefiero ser arte”. “Así por lo menos sirves para algo, no eres pura basura”, añade con ironía Ana Isabel. Muchos de los objetos encontrados que habitan su mundo provienen de la cultura popular –es el caso de las cucharas de palo. Si se disecan su obra y sus colecciones, surgen las unidades de los materiales de su arte: caparazones de tortuga, coxis de vaca y de burro, cuernos de carnero, tagua, pedazos de madera, tornillos, marcos de cuadros barrocos, cera de panal de abejas, resortes de colchón, muñecas, espátulas, telas, cepillos, alambres, ruedas, candelabros… Y con humildad inverosímil, Ana Isabel explica, esta obra es “parte de una cosa que potencia lo que fue silla. Hay muy poca intervención. Me gusta aprovechar todo. Botamos muchas cosas que tienen figuración artística única”. Y uno se pregunta, qué potencia adquiriría nuestra cultura si todos se atreviesen a renovarla y nombrarla con la fuerza de las tripas, el corazón y la mente de una Ana Isabel, tremendamente contemporánea en su relación con el pasado, fuerza creadora individual de lo colectivo. Me alegra que su obra se abra paso hacia las galerías de la ciudad. Encontrará resonancias y afinidades. Será inspiración para muchos más, como lo ha sido para mí, desde que tropecé con ella un 31 de septiembre.
Ana María Durán Calisto / Cambridge, 15 de noviembre de 2010