Texto publicado en Revista Clave. Quito: Octubre, 2010.
Autora: Ana María Durán CalistoSólo un bibliófilo puede ocuparse con cada detalle, por infinitesimal que parezca, de la construcción de un libro, y Boris lo es. Me muestra la delicada copia de “Cuenca: Proyectos de revitalización urbana, 2004-2009” (publicada en junio de 2010), una edición preciosista en su austera sencillez. Sopeso el libro en mis manos; tiene la densidad, forma, textura y tonalidad de un ladrillo. Fue impreso en Monsalve Moreno y publicado por él y el equipo de la Unidad Técnica de la Fundación Municipal “El Barranco”, fundada en 2004. Producto cuencano, como sus autores, un equipo de arquitectos y urbanistas que, con devoción, se ha dedicado a transformar su ciudad desde comienzos de siglo. El libro es testimonial: traza la trayectoria de 64 proyectos, la mayoría construidos. “Unidos, ya se sienten”, dice Boris mientras ojeo las nítidas páginas de la obra. Y quien haya visitado Cuenca recientemente, lo sabe, se sienten. El libro es como los proyectos urbanos y arquitectónicos que ilustra: directo, sencillo, silencioso y sutil. “Nos propusimos hacer mucho con poco. Los proyectos son humildes frente a la ciudad y la historia. No buscan sobresalir, sino más bien retirarse, para servir de fondo a las actividades de los ciudadanos”, añade Boris, la mente visionaria detrás del reconocido proyecto El Barranco, que devolvió la ciudad al río Tomebamba (o el río a la ciudad), gracias a un Plan Especial diseñado por él y sus colaboradores.



Imágenes 1, 2 y 3: Mercado 9 de Octubre. Foto  Sebastián Crespo, 2009.


Bajada del Padrón. Foto  Sebastián Crespo, 2009.

Boris obtuvo su título de arquitecto en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Cuenca y un Doctorado en la Universidad Politécnica de Cataluña (1995-2001), en Barcelona, bajo la dirección de Antonio Armesto.

Boris, cuéntanos un poco sobre tu tesis doctoral.

Cuando fui a Barcelona en los 90, me interesaba aproximarme de manera crítica a los proyectos que investigaban la complejidad. Partí de una visión topológica que derivó en otra de naturaleza antropológica. Los nodos, las redes y los sistemas fueron el hilo conductor de mi tesis. Volví la mirada a la historia y me encontré con la indagación antropológica de arquetipos como el nudo, que me sirvieron de filtro para comprender las inquietudes contemporáneas relativas a la complejidad. En ese entonces, se estaba construyendo la red de trasporte de trenes de alta velocidad que vincula a París con Lille y Lyon. Me interesó investigar la tipología de los centros de transporte en el sistema, pues en ellos convergían el comercio y varios equipamientos. El proyecto Euro Lille dejaba claro que invertir en una estación de TGV catalizaba el desarrollo de otros programas: bancos, oficinas, hoteles… Cuando se decidió incorporar la estación, Lille estaba muriendo. Quería remover los velos de la historia para descubrir los orígenes de este tipo de intervención capaz de revitalizar un centro urbano en decadencia. Es decir, elegí no concentrarme en los temas predominantes de esa época: tecnología digital, matemática de la complejidad, geometría no-lineal, etc. Desvirtué el tema matemático para estudiar al nudo desde su acepción milenaria: dos cuerdas se encuentran en el primer nudo y el nudo es una proto-arquitectura. Me interesé por las teorías de Gottfried Semper, quien sostenía que unir dos elementos y posicionarlos en la tierra es un acto arquitectónico, pues la arquitectura se origina en el nudo, como revestimiento, como recubrimiento.

Bajada del Padrón. Foto  Sebastián Crespo, 2009.


Alameda 12 de Abril, sector El Barranco. Foto  Sebastián Crespo, 2009.

¿Cuándo nace tu interés por lo urbano?

Siempre me gustó la analogía entre ciudad y arquitectura: la casa es una micro-ciudad y la ciudad es una casa en macro. Me interesé por las teoría expuestas por Aldo Rossi en su obra “La Arquitectura de la Ciudad”. No se puede separar lo urbano de lo arquitectónico; ambos aspectos deben resolverse en un solo término, porque no tiene sentido pensar la arquitectura en aislamiento ni la ciudad como si no estuviera relacionada con la arquitectura. La diferenciación que se ha establecido entre lo “urbano” y lo “arquitectónico” ha hecho daño desde un punto de vista pedagógico, pues enfatiza una ruptura que en realidad no existe.


Centro Comercial Popular. Foto  Boris Albornoz, 2010.


Plaza Rotary. Foto  Boris Albornoz, 2010.

Cuando regresaste a Cuenca, dirigiste talleres en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo y fuiste el primer coordinador académico de su exitosa maestría en Proyectos de Arquitectura. ¿Cómo ocurrió la transición de lo académico a lo urbano, y de qué manera incidió en tu ejercicio profesional como urbanista y arquitecto tu vinculación con la Facultad?

Quizás el proyecto universitario que mayor impacto tuvo en mi carrera fue la serie de viajes por Europa que organicé con los estudiantes. Caminábamos día y noche y ese caminar te obliga a reflexionar sobre las calles, las plazas, los parques… Cada excursión incrementaba mi motivación por trabajar por la ciudad. Caminar las ciudades estudiándolas renovó mi forma de pensar sobre los lazos entre teoría, práctica, diseño y sociedad civil. Me di cuenta de que la ciudad se construye para la gente y con la gente, que todo su sentido radica en que compone el hábitat de sus ciudadanos. Decidí entonces dedicarme a hacer obra que me marque como un actor social, no como un arquitecto. Me gusta diseñar casas unifamiliares, privadas; pero prefiero hacer calles y plazas que benefician a muchísima gente. Nada me emociona más que ver cómo los ciudadanos ocupan un espacio público, se lo toman, lo apropian, lo hacen suyo, porque es suya la ciudad. Cuando reconstruimos el Mercado 9 de Octubre en Cuenca, por ejemplo, lo más satisfactorio fue comprobar que la autoestima de los comerciantes subió enormemente y mejoró su calidad de vida. Una de las maneras de devolver la ciudad a los habitantes es interviniendo en sus equipamientos comunitarios, como mercados y espacios públicos.

¿Qué te permitió transitar de la teoría a la práctica?

Temprano en mi carrera, tuve la oportunidad de que Fernando Cordero, Alcalde de Cuenca en ese entonces, me propusiera colaborar en el desarrollo del proyecto de la Plaza San Francisco. Acepté y luego me vi obligado a luchar por mantener a los vendedores en la plaza, como los protagonistas del espacio. La ciudad está hecha de diversas ópticas e intereses. Algunos cuencanos creían que lo mejor para la plaza era que se sacara a los vendedores informales de allí; los percibían como un factor contaminante que “dañaba” el aspecto de la plaza. Otros, estábamos convencidos de que los vendedores eran la presencia más importante en la plaza, vendedores incluidos (risas). Diseñé un proyecto que fue muy controvertido. Propuse reubicar en cajas de cristal a los vendedores, hacerlos más visibles que nunca y reivindicar su espacio. El proyecto se quedó en el papel, por demasiado lanzado y soñador, pero fue fructífero. Si bien nunca se construyó me dejó una lección. Aprendí que no debo apasionarme demasiado con un proyecto y llevarlo a su extremo para convertirlo en una declaración. Los proyectos hay que pensarlos de manera que sean viables, sin que ello implique abandonar los principios en los cuales uno cree. Meses después, Fernando Cordero me propuso conformar la Fundación El Barranco. Armé un equipo de trabajo con doce jóvenes arquitectos y estudiantes. Nos pusimos a trabajar sin tregua. En seis meses estuvo listo el Plan del Barranco e inmediatamente comenzamos a hacer proyectos en la ciudad.


Punte del sector Virgen del Molino, Río Tomebamba. Foto  Sebastián Crespo, 2009.

Veo en el libro que tu equipo también diseñó proyectos para Esmeraldas.

En efecto, establecimos lazos de cooperación con el Municipio de Esmeraldas a raíz de la visita a Cuenca de Mónica Dávila, Gerente del Programa de las Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos (UN-HABITAT), Ecuador. Mónica me pidió que armara un seminario y le propuse que trabajáramos conjuntamente en un taller. La idea era no impartir o imponer conocimiento, sino aprender de la gente. Fue un intercambio increíble. Los esmeraldeños nos compartían sus experiencias y por supuesto su música, su alegría; nosotros, llevábamos las ganas de apoyar en temas urbanos. El taller comenzó a generar consciencia de que es necesario intervenir activamente en la reformulación positiva del cuerpo de la ciudad, reactivarla. Trabajamos juntos, esmeraldeños y cuencanos, en tres proyectos: la Plaza Cívica de Esmeraldas, el parque infantil “Roberto Luis Cervantes” y el Centro Afro de Esmeraldas.

Los proyectos de la Fundación El Barranco no son sólo arquitectónicos y urbanos, sino también editoriales.

Sí, además de este libro publicamos otro para niños, “Julián en El Barranco” (2007) y uno que recoge mapas históricos y fotografías de Cuenca. Habíamos generado un archivo y nos parecía importante compartirlo. [1]


Escalinata del sector Virgen del Molino. Foto  Sebastián Crespo, 2009.

Boris se disculpa. Se tiene que ir. Pero la entrevista no termina allí. Me ha dejado un libro. Me quedo mirándolo hasta bien entrada la noche: las imágenes de los niños jugando con chorros de agua; las texturas pulidas de los mampuestos que se funden con otros sin pulir; las superficies de cantos rodados; los racimos de jóvenes sentados sobre el pavimento (no falta quien se arrime al nuevo tacho de basura); el neón del bar que sirve de fondo a una plaza; los juegos de las tonalidades en las piedras; el colorido del Paso del Niño entre los árboles de una plaza que se fragmenta en un mosaico de hierba y piedra. Esta nueva Cuenca, de vegetal, acero, madera y piedra; que no olvida su tradición de ladrillo ni arranca sus árboles de las escalinatas; es una Cuenca que nos da enormes lecciones de lo que puede lograrse con empeño, buen diseño y austeridad. Cierro el libro y me alegra saber que este director de cine en vivo, dedicado a proyectar las que él llama “escenografías urbanas”, haya sido importado por el Distrito Metropolitano de Quito, para contribuir a pensar y desarrollar los proyectos urbanos -las plazas, parques, calles, alamedas, equipamientos y mobiliario urbano- de nuestra capital.

[1] El libro al que se refiere Boris, “Planos e Imágenes de Cuenca”, obtuvo el Premio Nacional en la XVI Bienal Panamericana de Arquitectura de Quito, en Noviembre de 2008.