El arquitecto y urbanista ecuatoriano Felipe Correa

A mis espaldas, en la esquina superior derecha del anaquel, se arriman, uno sobre otro, varios libros que me ha regalado Felipe a lo largo de los años. Recorrer sus lomos con la mirada es aventurarse en un viaje por el mundo: Nueva Orleans: Estrategias para una ciudad sobre tierra suave (2005); Quito: el vacío como generador de una nueva centralidad (2007); Catalunya continental: Riel como espina dorsal del territorio (2008); Maastricht: surplus urbano (2009); Invención / Transformación: Estrategias para el Qattara / Los oasis Jimi en Al Ain (2010). Si no fuera arquitecto (y lo es con pasión), Felipe sería geógrafo, cartógrafo o navegante –un ser completamente incapaz de encoger el planeta. Si le pides que dibuje un fragmento de una ciudad en un país del mundo, comienza por el trazado del globo entero; se desliza entre escalas y tiempos con una facilidad increíble –desde afuera hacia adentro, desde adentro hacia afuera; desde el pasado hacia el presente y el futuro, o viceversa; desde un lugar a otro, por distantes que parezcan- para desvelar relaciones que permanecían ocultas entre el más banal de los objetos o lugares y los hilos invisibles de las fuerzas que mueven el mundo. Pongamos un ejemplo. Las rosas están por todas partes y rara vez nos detenemos a pensar en ellas. Para Felipe, una rosa es una geografía. Ha dedicado varios meses a cartografiar sus flujos a través del globo; las rutas; los aeropuertos; los volúmenes; las estaciones; los capitales y orígenes de las importaciones y las exportaciones; y por supuesto, los urbanismos particulares que va construyendo esta agroindustria en los países equinocciales. Nos muestra las manchas de los invernaderos conforme proliferan en el territorio en las tres últimas décadas, las centrales de acopio, los canales de distribución, y poco a poco se va dibujando esta economía sobre la tierra. Quizás a Felipe le ocurre con el espacio construido, lo que a los críticos y directores de cine, con las películas. Lo que para la percepción de la mayoría es un continuum de experiencia, para Felipe es un sistema de fuerzas y componentes que deconstruye y analiza para comprender como funcionan y se interelacionan sus partes conforme producen un lugar en un tiempo determinado. Quizás porque posee esta rara habilidad para visualizar las subestructuras del mundo que habitamos, y por la devoción con la cual comparte lo que sabe con sus estudiantes, es que Felipe, con apenas 34 años, dirige ya el programa de Diseño Urbano de una de las mejores escuelas de diseño del mundo: el Graduate School of Design de la Universidad de Harvard. Esto además de liderar, junto con su socio Anthony Acciavatti, el estudio de arquitectura y diseño Somatic Collaborative que, desde Nueva York, desarrolla proyectos arquitectónicos y urbanísticos para Corea, Ecuador, EEUU y la India.

Cartografía que visualiza la producción de flores a lo largo de la línea equinoccial y su distribución a escala global

Vista de la ciudad de NY desde el taller de Somatic Collaborative (Marzo 2011)
Foto: F. Correa

Felipe, ¿qué tipo de infraestructura crees tú que Quito requiere para poder cumplir con el llamado a ser la capital regional de América del Sur?

¿Qué te parece si invertimos la lógica de la pregunta? La idea de capitalidad regional no debe ser enfocada desde la óptica de los requerimientos o las infraestructuras que demanda este nuevo estatus a la ciudad, sino desde las oportunidades que abre para la ciudad un salto en escala. Es decir, la ciudad debe repensarse a través de una serie de proyectos urbanísticos que le provean las infraestructuras sociales, culturales y físicas que tanto necesita y pueden nacer de la ventaja –no de los requerimientos- de convertirse en capital regional. Si las funciones administrativas e institucionales que exige la integración sudamericana se desarrollan dentro de la ciudad (no en una nueva ciudad satélite), las posibilidades que se abren para Quito son enormes. El salto hacia la capitalidad regional podría catalizar una transformación profunda y positiva de lugares específicos a lo largo y ancho del tejido urbano. Por ejemplo, se podría reformular al Centro Histórico como un distrito regional, una capital dentro de la capital. Un nuevo distrito concentraría la fuerza simbólica de una renovada visión urbana, además de proveer nuevas fuentes de trabajo (más allá de las oportunidades laborales que abriría la construcción misma de la ciudad). Este desarrollo tendría que ir de la mano del diseño de espacios públicos de gran calidad y la provisión de servicios. Fuera de los límites del Centro Histórico, sería importante identificar las zonas que más necesitan de la introducción de un elemento capaz de inyectar lo que requiere un lugar específico para mejorar, fortalecerse o transformarse. Lo ideal sería atraer las inversiones públicas y privadas hacia la capital compacta, densificarla, rearticularla. Canalizar las inversiones hacia los valles o la Mitad del Mundo diluiría su potencial de impacto y contribuiría a generar mayor expansión urbana. Dicho en pocas palabras, es mucho más beneficioso canalizar las inversiones hacia la ciudad existente, que crear ciudad nueva.

Quito tendrá que generar una nueva monumentalidad, no sólo una serie de edificios administrativos. Al pensar en ellos y los lugares donde se los puede anclar en la ciudad, se vuelve aparente que implantarlos abre una oportunidad única para reestructurar diversos barrios y zonas. Me gusta conceptualizar a la Quito del siglo XXI como una suerte de “campus” administrativo urbano más que un “campus” satelital. Por ejemplo, el distrito de la capital regional podría contribuir a revitalizar la zona existente entre el Centro Histórico y la Av. Patria. Junto con la necesidad de los espacios administrativos surge la oportunidad de crear proyectos complementarios importantes, como la mejora y reactivación de los espacios públicos y la integración de los sistemas de transporte público (nuevos y existentes). Los edificios administrativos serían la punta del iceberg, la cumbre visible de un proceso mucho más profundo de reestructuración urbana, uno de cuyos componentes sería la redefinición de nuevas centralidades urbanas. La nueva monumentalidad actuaría como un caballo de troya que se introduce para detonar una operación urbanística mucho más ambiciosa.

Proyecto: Itchimbia Lofts
Somatic Collaborative (Felipe Correa / Anthony Acciavatti)
Una estrategia en corte propone un aterrazado fluido que enmarca el centro histórico en el horizonte del proyecto

¿Cuáles dirías tú que son los proyectos paradigmáticos para Quito en el siglo XXI?

Hay una serie de proyectos que van a definir a la ciudad en el siglo XXI, proyectos de gran escala que tienen que ser pensados no como infraestructuras simples sino compuestas de manera que puedan generar nuevos modelos urbanos. Por ejemplo, la idea de construir un metro me parece sumamente acertada. Quito es una ciudad larga y compacta y se presta muy bien para un desarrollo que ocurra a lo largo de una espina dorsal. Una infraestructura de movilidad subterránea podría contar, inicialmente, con muy pocas líneas, a la vez que provee el soporte perfecto para generar una serie de proyectos urbanísticos a lo largo de su recorrido. La longitudinalidad del sistema podría complementarse con refuerzos transversales (buses) y las bandas que ahora decantan del sistema de transporte municipal (trole, ecovía, etc.) se eliminarían en la superficie, abriendo la posibilidad de que estas avenidas se conviertan en espacios públicos de gran calidad que fusionan la infraestructura de transporte con el paisaje y la arquitectura.

Si tengo que ser más específico, diría que son cuatro los proyectos visionarios que Quito deberá desarrollar para el siglo XXI. El primero se enfocaría en las zonas de encuentro entre el Centro Histórico y la ciudad que se construyó a principios del siglo XX; es decir, en los espacios intersticiales como la Av. 24 de Mayo, la Marín y la Av. Pichincha, donde siempre se desarrolló una relación conflictiva entre lo que fue la grilla del Quito original y aquélla de las nuevas extensiones, y que ahora se ocupan con infraestructuras pesadas de movilidad. El metro permitiría reorganizar los flujos de los buses que hoy en día dominan en estos lugares. El segundo sería la reestructuración de los terrenos del Aeropuerto Mariscal Sucre, que quedarán libres una vez que se inaugure el nuevo aeropuerto internacional en Tababela y Puembo. Este proyecto será, sin duda, el más significativo en el futuro. Lo que entre a reemplazar al aeropuerto existente no necesariamente tiene que ser una réplica de la figura misma del aeropuerto. La linealidad del terreno y su orientación norte-sur no tiene por qué preservarse una vez que desaparece la función que ha cumplido hasta hoy, como pista de aterrizaje. La morfología del vacío urbano que se abrirá presenta una oportunidad sin igual para generar espacios abiertos y públicos de gran escala y calidad, pero también podrían desencadenar la articulación de todo un sistema que integre el sinnúmero de vacíos urbanos que están dispersos y subutilizados a lo largo del norte de Quito. El tercer proyecto se relaciona con la necesidad de introducir múltiples infraestructuras cualitativas de pequeña escala que provean al sur los servicios educativos, sociales y culturales con los que no cuenta: bibliotecas, mediatecas, centros educativos, etc. Existen espacios públicos de grano fino que podrían incorporarse y reestructurarse con este fin. El sur posee una masa crítica demográfica capaz de acomodar y mantener estos servicios. El cuarto y último proyecto deriva de una redefinición de la relación existente entre la capital compacta y los valles aledaños. Hoy en día existen dos ciudades paralelas: la ciudad de Quito tradicional (Norte-Centro-Sur) y otra mucho menos densa que se extiende a lo largo de los valles. Para mí es vital que la visión urbanística del Quito futuro no sea la misma para la ciudad compacta y para la ciudad de los valles. Ambas “ciudades” tienen que ser conceptualizadas de manera diferente. Si el valle de Quito aloja la ciudad compacta, densa y monumental; los valles se prefiguran como la ciudad abierta, recreativa, de pequeña escala, donde la lógica primordial del diseño proviene de la ecología misma. Estas dos ciudades serían contrapartes positivas. Si los urbanismos de los valles simplemente replican a menor densidad los urbanismos de la ciudad compacta, sus mantos se diluirán en una expansión genérica de poco interés. Lo clave en este sentido serán las políticas de manejo del nuevo aeropuerto internacional y sus conexiones infraestructurales. El aeropuerto genera un polo de inversión que promocionará el desarrollo de mayores densidades. Si Quito opta por mantener a los valles como un proyecto urbanístico alternativo, se requerirá de una enorme precaución. Balancear políticas que mantengan baja la densidad en los valles a la vez que se activan infraestructuras de movilidad que lo conectan, no será una tarea fácil, pero es crucial si se quiere que la zona de influencia del nuevo aeropuerto se convierta en un proyecto piloto capaz de definir los parámetros urbanísticos que articularán los valles orientales en el futuro.

Proyecto: Verde y Gris, viviendas para la tercera edad en Novato, California
Somatic Collaborative (Felipe Correa / Anthony Acciavatti)
El proyecto propone un sistema de viviendas compactas adjunto a un proyecto de reforestación que genera ingresos adicionales para los residentes por medio de un modelo de intercambio de carbono

¿Qué es lo que más amas de tu ciudad? Dicho de otra manera, ¿cuáles serían los valores de Quito que preservarías y amplificarías en el futuro?

Quito tiene muchísimo que ofrecer y como parte de cualquier propuesta que se encamine a proyectarla hacia el futuro, es fundamental que se integren programas educativos que ayuden a sus ciudadanos a conocerla y valorizarla. En Quito se puede hacer muchísimo con poco, porque la ciudad ofrece, tal cual es, áreas excepcionales que podrían sobresalir con poca intervención. Evidentemente, tiene un centro histórico que ha sido reconocido como uno de los más importantes de América Latina y el mundo. Pero si se proyecta la mirada más allá de este centro histórico que tanto enorgullece a los quiteños, descubrimos decenas de momentos de gran valor, como son los fragmentos utópicos del sur o las imponentes diagonales del norte. El solo hecho de que el Plan de Jones Odriozola de 1942 hubiera hecho converger en Quito la axialidad francesa con el concepto de la unidad barrial y otras ideas extraídas de la propuesta del británico Patrick Abercrombie para Londres en los años 40, es fascinante. La Villaflora es otro ejemplo de un experimento urbano interesantísimo. La Ciudad Jardín de Ebenezer Howard se inscribe casi literalmente en la planta urbana. Sus bulevares y espacios públicos son poco conocidos, pero de indudable valor. Si tuviera que escoger un lugar de Quito donde me gustaría vivir, sería justamente la Villaflora. Revalorizar lugares como éste contribuiría incluso a revertir la polarización que se ha generado entre norte y sur. Pero el proyecto más importante en este sentido es el futuro metro, puesto que al integrar la ciudad a través de unas pocas líneas, catalizará formas de intercambio que ya no responden a la lógica norte-sur. La dicotomía será sustituida por una dinámica que resulta de la introducción de por lo menos siete u ocho nuevas centralidades. El metro facilitará la transformación de Quito de una ciudad bipolar a una ciudad multinodal. Si bien Quito es una de las ciudades históricas más ricas de América del Sur, estoy convencido de que su futuro puede ser igual de importante. Quito tiene una oportunidad única para proponer una visión urbanística que la convierta en un modelo ejemplar para otras ciudades de escala mediana en América Latina y el mundo.