La osadía de entrevistar a mi marido, que además es socio, deriva de mi propia necesidad de ponerme al día con Estudio A0: la firma desarrollaba un proyecto cuando tuve que salir del país en el 2010. A mi regreso, la encontré construyendo cinco y diseñando otros diez.

Esta entrevista es un reconocimiento a Jazz, quien logró expandir el estudio solo, y al equipo maravilloso que lo ha acompañado a cada paso.

El equipo de Estudio A0 (de izquierda a derecha): Daniel Sáenz, Jazz Kalirai, Nicolás Vivas, Esteban Cervantes y Tomasz Otlowski (Presente en su ausencia: José Miguel Jáuregui)

¿Qué te ha formado como arquitecto?

(Jazz se detiene ante la pregunta. El nan que acompaña a su vindaloo se suspende en el aire. Estamos en el restaurante de comida india Sher Punjab, que abrió hace pocos meses en La Mariscal. Responde sin titubear.)

Haber tenido un contacto masivo con diversas culturas y haber viajado. Nací en Gran Bretaña. Mis ancestros son indios. Vivo en Ecuador. Estudié en el norte de Inglaterra, más cerca de los escoceses que de los londinenses: me siento en casa en Manchester, Liverpool, Newcastle, Sunderland, Glasgow, Edimburgo…; estudié en la Inglaterra septentrional, en la Inglaterra industrial y profunda –la de los blue-collar, las fábricas, las turbinas, los Beatles, OASIS, The Farm, Black Grape y los grandes clubes de fútbol. Londres es cosmopolita, internacional. Las ciudades del norte son idiosincráticas, se distinguen entre sí, compiten. O por lo menos solía ser así. Desde Leeds, la ciudad donde estudié arquitectura, podía moverme con facilidad. Leeds queda en Yorkshire y su conurbación es Bradford, uno de los focos primordiales de migración hindú e islámica. La llaman Bradistán. Nací y crecí en Inglaterra central, en Derbyshire, una pequeña ciudad que durante la II Guerra Mundial apoyaba con su industria los esfuerzos bélicos. Allí se manufacturaban aviones de guerra. Ahora es el corazón de la Rolls Royce y British Rail.

Edificio de oficinas, Quito, Ecuador
Bodega vertical, Quito, Ecuador
Edificio de oficinas, Quito, Ecuador

(Me viene a la mente el proyecto que desarrolló Jazz cuando era estudiante de Daniel Libeskind, en UPenn, hace once años. El primer día de clases, Libeskind había repartido a sus alumnos un listado con 30 términos compuestos: espacio resbaloso, espacio cúbico, espacio letal, espacio circular, espacio erótico, espacio vivo, espacio luminoso, espacio amenazador… espacio frecuente. Las instrucciones eran simples: al leer el listado y por asociación libre, cada estudiante tenía que construir una narrativa con los tres términos que la detonaran. Esa historia debía traducirse en arquitectura. Jazz construyó la suya a partir de “espacio fracturado”, “espacio en deslizamiento” y “espacio rotacional”. Desde el campo donde jugaba fútbol en su niñez, se veían las enormes turbinas de avión que los ingenieros mecánicos de la Rolls-Royce ponían a prueba lanzando a sus aspas pollos congelados. Así median su resistencia y la reacción de las espuelas a los objetos que, en caso de no funcionar apropiadamente, las podían hacer fracasar, y con ellas, al avión. Fue esa relación entre turbina (máquina), vida y movimiento la que le interesó investigar en su narrativa arquitectónica. ¿El resultado? Una maqueta enorme, gris, marcada con líneas naranja, como turbantes sueltos de Sikhs -una torre a punto de despegar).

Centro Cultural y complejo turístico, Lago Issyk-Kul, Kirguistán (Arquitectura: Estudio A0, Paisajismo: María Arquero y Carola Antón)

Muchos indios migraron a Inglaterra a raíz de la reactivación industrial. Mi padre migró desde el Punjab (Panyab en castellano), un estado en el extremo noroccidental de la India, en la década de los 60. Pertenece a la que en Inglaterra se conoce como generación del Wind Rush. Poco después de que finalizara la II Guerra Mundial, en 1947, India se independizó del Raj británico. Yo soy producto de esa liberación, esa fractura (el Punjab fue dividido en dos partes entre la naciente Pakistán e India), esas migraciones y esa renovada producción industrial. En el torbellino cultural de Inglaterra todo se mezcla. Mi posición me obligó a verlo todo desde distintos ángulos: religiosos, culturales, políticos… Lo mismo me ocurre con la arquitectura. Las influencias que me formaron son múltiples y me gusta mirarla desde diversos puntos de vista. Adoro el trabajo de Richard Neutra, Rudolf Schindler, Marcel Breuer, Giuseppe Terragni y los futuristas. Fui estudiante en la era de la deconstrucción, cuando el medio emergía apenas del postmodernismo, de mirar sobre el hombro hacia el pasado, hacia la historia, buscando darle una nueva dirección al diseño. El deconstructivismo, en cambio, parecía querer romper con todo; crear un nuevo orden a partir de la fracturación, la desarticulación y el movimiento. Fue un gran momento para la arquitectura. Frank Gehry, Zaha Hadid, Morphosis, y otros, hacían estallar los paradigmas establecidos en la arquitectura. Por criticable que sea su postura ahora, hay que reconocerles algunas de las innovaciones conceptuales, formales y tecnológicas más importantes de la segunda mitad del siglo XX. Por otra parte, mi maestro más cercano, y mi más profunda influencia, Nick Temple, adoraba la arquitectura mediterránea y me enseñó a dibujar, modelar y diseñar según los principios de la Beaux Arts de París. Todos los años organizaba un viaje a Roma. Fue allí donde todo adquirió sentido para mí. Visitarla fue un momento luminoso.

Centro Cultural Aitmatov, Bishkek (Biskek), Kirguistán (Arquitectura: Estudio A0, Paisajismo: María Arquero y Carola Antón)

¿Por qué?

No estoy seguro. Algo me ocurrió en el Tempietto de Bramante. Pasé horas dibujándolo. No puedo hablar de ello. Necesito hacer un bosquejo.

Bosquejos conceptuales
Estudios de arquitectura japonesa

(Jazz extrae un bolígrafo de su maletín de tela negra junto con un cuaderno de dibujo. Traza una perspectiva del Tempietto y su planta, mientras conversa).

Es una pequeña capilla apretada dentro del primer patio del convento de los franciscanos españoles en Roma: San Pietro in Montorio. La capilla es tan pequeña que invita a la meditación individual, es un templo para la intimidad espiritual y la mejor forma de experimentarlo es desde afuera: es allí donde Bramante ubicó el espacio principal: entre la fachada interior del patio y el templo-monumento, cuya planta es redonda. A pesar de que hoy el convento es sede de la Academia de España en Roma, estuve solo la mayor parte del tiempo, dibujando. Yo no soy Católico, pero sentirme envuelto por un espacio envuelto por otro espacio, me marcó. Cuando ingresas a la capilla estás en el centro del centro. Comprendí que el poder de esa arquitectura residía en que un detalle habitaba otro detalle, y que en ese espacio intermedio que se abría paso entre ellos, adquiría vida lo inerte. Pero dibujé también varias de las fuentes de Roma. Su situación era equivalente a la del Tempietto: allí estaban, en el corazón de las plazas -otro detalle dentro de un detalle mayor- los templos urbanos, vivos, respirando, borbotando, en continua transformación, rodeados de gente. Y todo en medio de una ciudad estratificada, que decae, que se remodela. Tantos tiempos pulsan en la compleja piel de Roma. Pasé tres semanas enteras haciendo un dibujo a escala 1:2 de una de las fuentes romanas. Dibujaba todos los días –con lluvia, bajo el sol. La dibujaba como la veía, midiéndola, y como quería verla. El resultado fue la yuxtaposición de lo que la fuente es y lo que deseaba que fuera. Desde entonces dibujo así: la realidad y las ficciones de la imaginación pueden fundirse en un trazo. Eso permite que tú y el entorno se fusionen en las líneas que produce la mano. Desde entonces, trabajo de la misma manera cuando diseño: yuxtaponiendo las necesidades de un proyecto y todas las restricciones que me impone, con las imágenes de lo que desearía que fuera más allá de aquéllas restricciones. Algo que me fascina de la arquitectura es que te obliga a trabajar en el umbral que existe entre lo posible y lo imposible, lo real y lo imaginado –hay que dejarla ser lo que es para poder reinterpretarla como te gustaría que fuera.

(Los dibujos de Jazz tuvieron buena fortuna y fueron expuestos en la Real Academia de las Artes de Gran Bretaña).

Jazz en King´s Cross, uno de los pubs donde dibuja cuando sale de la oficina. “Pub” deriva de “public space,” me dice, “es aquí donde puedo tomar una cerveza, relajarme y liberar la mente de la rutina para poder diseñar”.

Siempre te interesaron la biomecánica, la biónica o los híbridos de lo natural y lo técnico: una pieza de metal que articula una rodilla. ¿Por qué tu interés en estas mezclas, en estos encuentros? ¿Cómo inciden en tu arquitectura?

Crecí rodeado de máquinas. Como muchos, soy heredero de ese paradigma industrial que Le Corbusier sintetizó cuando dijo que la casa es una máquina para vivir. Pero los tiempos han cambiado, las máquinas se diseñan de manera diferente; las revoluciones informática, genética y electrónica han devuelto agilidad y variación a una industrialización que vista en retrospectiva parece patosa. Las estructuras de la tecnología se han vuelto tan orgánicas y dinámicas, que la biorobótica, la arquitectura biomecánica, o la bioarquitectura, de repente surgen como conceptos posibles. Cuando estudiaba arquitectura me lastimé la espalda. Estuve paralizado en el hospital durante dos meses, sin poder moverme, boca arriba. Conversaba con los doctores sobre mi espina dorsal. Una de mis vértebras se había desencajado. Me impresionó que el desplazamiento de una pequeña vértebra había paralizado mi cuerpo entero. Comencé a leer libros de anatomía, fisiología, medicina. Era como leer libros sobre urbanismo. En la ciudad también está todo interconectado y si un elemento se desbalancea, todo puede colapsar. Desde entonces me obsesiona disecar, cortar, mirar un cuerpo –humano, arquitectónico, urbano- por dentro. En nuestra cultura, las relaciones entre lo biológico y lo mecánico son profundas, y para mí es importante comprender cómo se combinan. Dedico mucho tiempo a pensar y diseñar el metabolismo de cada edificio: su interacción con el aire, el agua, la luz, la gente que lo ocupa…

Proyecto de vivienda para el sur de Quito

Fuiste entrenado en Inglaterra y EEUU: ¿de qué manera transformaron Ecuador y América del Sur tu forma de pensar y hacer arquitectura?

Desde el inicio me sentí cómodo en Ecuador. Este país se ubica entre los dos polos culturales a los cuales estoy acostumbrado: Inglaterra es puntual, organizada; India es hiper caótica, fluida. Cuando vine, esperaba encontrarme con un “país tercermundista”, pero una etiqueta semejante no le hace justicia a Ecuador. Eso es un mito. Si bien tiene un camino que recorrer, y lo está haciendo, en este país la gente no muere de hambre. Nunca he visto a ecuatorianos desnudos caminando por las calles o lavándose en el desagüe. En India vi eso y más. En Inglaterra vivía entre los canales y las ruinas de los molinos industriales que se han vuelto obsoletos. Es innegable que el entorno tiene una influencia inconmensurable en nuestro trabajo. Yo diseñaba mecanismos. Ecuador estableció un punto de inflexión en mi trabajo, sin duda. Cuando llegué y vi el Cayambe, me quedé sin aliento. Ver un volcán cuando estás firmemente parado en medio de una ciudad, verlo en un mismo plano, te hace sentir completamente conectado con la tierra. Estas montañas cambian continuamente, respiran, vivas. El viento las cepilla, las nubes se agazapan en sus rincones. En Quito, el macizo, la enormidad, adquieren una escala doméstica, íntima. La montaña no se contempla, se toca. Eso yo no lo había experimentado jamás en una condición urbana. Basta observar el movimiento de la sombra gigante que proyecta el Volcán Pichincha sobre la ciudad: miras la montaña, la tocas, la habitas, te dejas cobijar por su sombra. Poder oscilar entre la grandeza y la pequeñez de los Andes me ha transformado. Mi trabajo se ha vuelto mucho más orgánico. Las aristas que antes tenía se han suavizado. Los fragmentos puntiagudos han sido sustituidos por ondas. Aquí entendí que los edificios tienen que formar parte del medioambiente. No pueden ser únicamente objetos que se asientan en él. En Ecuador el paisaje pasó a jugar un papel preponderante en la arquitectura. Y no puedo dejar de mencionar la arquitectura moderna de esta ciudad. Es maravillosa. He pasado horas caminando por La Floresta, estudiando los detalles de los jardines escondidos, los puentes que te conducen hacia una puerta como piedras de río, las ventanas improbables, pero perfectas. Quito me ha hecho el arquitecto que soy ahora.

Diners Club, Edificio ABP
Diners Club, CCI