Texto publicado en Revista Clave, Quito, Marzo 2012

¿Cuál fue el origen de tu relación con la arquitectura?

No soy hijo de padres artistas ni arquitectos. Sin embargo, dos acontecimientos importantes me acercaron a la arquitectura. Nací en Chile, pero tuve que salir del país cuando era niño, a raíz del golpe de estado. El exilio me generó una relación extraña con los territorios. Con el propio, me vinculaba a través de recuerdos. Ese desarraigo, o mejor dicho, ese intento de desarraigo, me permitió identificar componentes iconográficos que se conservan en la construcción de la memoria de los sitios en los cuales uno ha vivido. Conservo recuerdos físicos importantes: la casa, la calle, la escuela…  Si a ellos les sumaba otros, de otras ciudades en las cuales me tocó vivir (primordialmente Santiago, Nueva York y Guadalajara), se iba construyendo un hábitat ideal. La migración involuntaria marcó mi firma de leer y  construir los lugares. Por otro lado, está el tema de mi familia. Soy hijo de investigadores que han participado activamente en construir desde la salud una ruta para mejorar las condiciones de vida de los más necesitados. El tema de la salud siempre me interesó. No tenía un mecanismo claro para relacionar salud con espacio; poco a poco los fui vinculando. Si la salud podía convertirse en un bien común, por qué no la arquitectura. En la adolescencia, busqué carreras afines con mi bagaje y lo que me interesaba. La arquitectura permitía cubrir todo el rango de inquietudes que van desde la creatividad individual hasta la construcción social del espacio; abría la posibilidad de ir mejorando las condiciones del lugar en el cual te encontrabas desde la óptica de diversas disciplinas.

¿Cómo se han manifestado, efectivamente, estas dos condiciones en tu trabajo profesional?

Uno está condicionado por la forma como habita el espacio; como vive. Están las experiencias propias, y están las de familia. Para mí siempre fue interesante notar que las relaciones cambiaban cuando cambiaba el lugar. Los mismos ladrillos construían paredes distintas. No eran las mismas ventanas las que se abrían a un espacio u otro. Descubrí así que la arquitectura puede cambiar la dinámica de una familia, y por extensión, la de una sociedad. Cada lugar era una forma distinta de vivir, de pensar. Esa consciencia fue dándole una vocación a mi trabajo: me interesa trabajar con la materia pero también con las ideas, por eso, además de diseñar, organizo congresos desde que era estudiante. Me parecía vital buscar definiciones que vayan más allá de las que nos venían dadas en la escuela. Esa experiencia cambió mis expectativas con respecto al potencial que hallaba en la arquitectura. Comenzó a interesarme la gestión misma del conocimiento. En esa época no teníamos acceso a internet ni al caudal de información que hoy manejamos a diario. Dependíamos de bibliotecas con pocos libros no siempre actualizados. Me atrajo la posibilidad de viajar (dentro y fuera de México), organizar eventos, invitar a especialistas, colaborar con otros estudiantes, conocer otras arquitecturas y otras experiencias que pudieran enriquecernos a todos. Fui encontrando experiencias positivas en otras gestiones educativas y de ciudad.

De ahí pasé a la vida profesional, que nació de manera independiente. Había tenido algunas experiencias en despachos durante mi etapa estudiantil, pero nada muy formal. Me fui convirtiendo en gestor de trabajo, siempre colaborando con unos y otros amigos. Visto en retrospectiva, diría que esta primera etapa de mi trabajo profesional terminó con el siglo XX. En esos años comprendí que existía una ruta, que se podía hacer arquitectura experimentando con proyectos e ideas propios. Desarrollamos el River Café, un restaurante en Puerto Vallarta. El reto principal fue diseñar arquitectura nueva para un contexto histórico. Luego diseñamos una casa-galería para una pareja joven muy cercana al arte, en Guadalajara. Culminamos esta etapa con el Centro de Investigaciones y Postgrados de la Universidad de Guadalajara, un centro universitario de alta arquitectura y diseño.

Es interesante que tu carrera arrancó con auto-gestión, no con comisiones o concursos, como suele ocurrir…

En realidad los concursos sí fueron fundamentales, a pesar de que son excepcionales en Guadalajara (no tenemos una tradición de concursos públicos). Justo antes de terminar la carrera, participé con un grupo de amigos en un concurso público importante. El Colegio de Arquitectos de Guadalajara hizo una convocatoria para el diseño de su nueva sede. Nos interesó, pero estaba restringido a arquitectos colegiados. Le pedimos al padre-arquitecto de uno de nuestros amigos que nos apoyara. Accedió. Hicimos el concurso a su nombre y ganamos. Eventualmente no se llegó a construir el edificio. En su lugar, el Colegio de Arquitectos optó por rehabilitar una obra de Barragán para alojar su sede. Unos años después, en el 95, ya egresados, se convocó otro concurso público para la Academia Nacional de Arquitectura, en conmemoración del natalicio de Le Corbusier. Había que diseñar una plaza con un pabellón de investigación. Lo ganamos. La plaza nunca se construyó y nunca recibimos la totalidad del premio. A pesar de que los concursos eran escasos, intentamos abrirnos paso participando en ellos: unos los perdíamos, otros ya tenían ganadores predefinidos, y si los ganábamos, la posibilidad de que se los ejecutara era mínima. Eventualmente decidimos no participar más en concursos, a menos que fueran por invitación y pagados. Sin embardo, de uno de esos concursos ganados, pero nunca construidos –una biblioteca para la Universidad de Guadalajara- salió el proyecto del Edificio de Postgrados. Con él terminó la primera etapa de mi carrera como arquitecto.

A partir del año 2001, para ser exactos, y a raíz de que conocí a Luis Céspedes, mi socio, comenzó lo que considero una nueva etapa en mi vida profesional. Luis había venido a Guadalajara para trabajar en el proyecto diseñado para JVC por Coop Himmelblau. Concordamos y decidimos abrir juntos  una oficina con sede en Nueva York y Guadalajara (S2 Arquitectura, www.s2gdl.com). Esta estrategia híbrida nos permitía sumar beneficios y oportunidades en uno y otro lugar. Aquí (en México) el taller podía ser más grande. Alcanzar esa escala en NY era difícil. Por otro lado, era difícil catalizar un sistema complejo de pensamiento arquitectónico en nuestro contexto. Abrir fronteras para desarrollarlo era más fácil desde NY. Nos interesaban los discursos sobre arquitectura y ciudad tanto como el ejercicio de la profesión. El 11 de Septiembre echó atrás nuestros planes. Tuvimos que esperar hasta el 2002 para inaugurar nuestra oficina con dos sedes. Hicimos muchos concursos. A veces trabajábamos hasta en tres simultáneamente.

A partir del 2005 comenzamos una tercera etapa; conformamos CITA, la organización civil que organiza COM:PLOT, un encuentro que gira en torno a temas de urbe  y diseño. Su creación respondió a la necesidad de abrir un espacio para el diálogo sobre la ciudad, ausente en los medios académicos y gremiales. El objetivo se volvió más amplio: formar y auto-formarnos a través de otras visiones. A nuestra necesidad de hacer arquitectura se sumó la de generar infotectura, cultura urbana. Esta arquitectura informática, aplicada, que pudiera operar en otros contextos, exigió que la estructura de CITA fuera multi-disciplinaria: unimos fuerzas con administradores públicos, ambientalistas, ingenieros informáticos, etc.

Háblanos un poco de tus obras, de las que tuve la oportunidad de conocer en Guadalajara.

Comencemos por la que culminó la primera etapa de mi trabajo: el Edifico de Postgrados para la Universidad de Guadalajara. Su forma y estructura responden en gran medida a la necesidad de implantarlo frente a La Barranca, una falla geológica que hace colapsar la topografía en un cañón abrupto. Hasta entonces, la vida de la facultad había girado alrededor del estacionamiento. Caminar hasta la barranca era una travesía solitaria. La posibilidad de extender la facultad hasta ese paraje nos motivó. El gran reto era ubicarlo de manera que respetara esa topografía y se abriera a esas vistas sin dañar el lugar. Lo diseñamos a finales de los noventa, durante un período de reformas educativas importantes, cuando la Universidad de Guadalajara se embarcó en un proceso importante de reestructuración. Esa condición de cambio exigía la planificación de un edifico sumamente versátil. Nos habían pedido proyectar un Centro de Investigaciones, pero en medio de la reestructuración podía convertirse en cualquier otra cosa. La suma de restricciones derivó en una respuesta estructural cimentada, como un puente, en dos apoyos que redujeran al mínimo el contacto con el terreno. La manera de armar el edificio fue la siguiente: incrustamos un volumen de hormigón en la tierra para el auditorio, con la barranca como fondo. Como este componente es topográfico, su relación con el lugar tenía que ser distinta: el material tenía que ser otro, en lugar de acero utilizamos hormigón. El volumen superior, en cambio, es una estructura de vigas de alma abierta que prácticamente vuela sobre el lugar. Decidimos trabajar con acero y un sistema de losas con paneles –un sistema muy económico y rápido, que permite dejar las instalaciones visibles. Todo se expone en el edificio: las conexiones, las soldaduras, las instalaciones. Los paneles móviles que subdividen el espacio permiten que se lo modifique continuamente. Los baños se ubican en unos módulos especiales que se insertan en el volumen madre. Anexarlos a la fachada nos permitía mantenerlos bien ventilados y desvinculados del espacio educativo. Utilizamos un módulo de 10 x 10 para organizar el espacio y la estructura, puesto que otorgaba suficiente flexibilidad programática a los tres niveles del edificio. La ausencia de columnas intermedias permitía alojar aulas grandes, pequeñas, medianas o espacios de investigación. El edificio se orienta hacia el norte, lo cual es ideal para receptar la luz indirecta que necesitan los espacios educativos. Los corredores y las escaleras se ubican en la fachada meridional, la que mira hacia las zonas de circulación del edificio existente, estableciendo una gran plaza entre los dos. Nuestro objetivo era que la intensa actividad de los estacionamientos y el ingreso migrara hacia la zona ubicada entre el edificio nuevo y el existente. Ha tomado más de diez años construirlo y todavía no está terminado. Estuvimos a cargo de la primera etapa. Luego se lo ha ido construyendo sin nuestra participación. Se le han añadido elementos que no formaban parte de la propuesta original, como las celosías alrededor de las escaleras que a nosotros nos interesaba exponer. La fortaleza de la idea inicial, sin embargo, ha permitido que sobreviva la esencia del diseño.

El monumento a Pablo Neruda lo diseñé cinco años después. Guadalajara sería la sede de la Cumbre Iberoamericana del Caribe. Presidentes de toda América visitarían nuestra ciudad. El gobierno mexicano tenía la intención de fortalecer lazos con Chile. Ya que la cumbre coincidió con el natalicio de Pablo Neruda, se decidió bautizar a una plaza que no tenía nombre oficial como Plaza Pablo Neruda (su nombre popular había sido “Plaza de los Enamorados”). El momento era perfecto para que la inaugurara el Presidente de Chile. Para reforzar su dimensión simbólica, se decidió mandar a hacer una esfinge del poeta. Varios artistas fueron invitados para proponer una cara y un cuerpo. La mayoría propusieron esculturas de bronce. Yo propuse construir una estructura de cristal, sin cara ni cuerpo, que sirviera de lienzo para algunos poemas de Neruda. Al jurado le pareció que la idea estaba fuera de lugar: el sitio era uno de los más peligrosos del centro de Guadalajara, pocos lo visitaban en la noche. Plantear una estructura de cristal les pareció una locura. Pero implantar una pieza tan frágil era renovar el significado de ese espacio público. En el trato que se da al espacio público se refleja el trato que se da a los ciudadanos. Le propuse al gobierno que si la gente rompía los cristales, yo los restituiría. Aceptó. De proponer la estructura de cristal pasamos a proponer varios elementos en la plaza: bancas que se adaptaran al descenso de la topografía y sirvieran para sentarse, recostarse y contener árboles que florecieran en distintos momentos del año. Una complicación adicional era que el proyecto tenía que estar listo para la inauguración en 90 días. El tema tenía que resolverse tectónicamente, ya no era un asunto meramente artístico. Decidí utilizar una estructura de acero que podría ejecutarse en un taller para ser armada, rápidamente, en el sitio. Luego se la forraría con cristales. La estrategia de la materialidad dependió del tiempo. No sólo porque tenía que ser instalada rápidamente, sino también porque reconoce la orientación de la plaza, de oriente a poniente. La manera en la cual el sol de la mañana juega con los colores de los cristales es muy diferente de cómo los dibuja el sol de la tarde.

El tercer proyecto que conociste fue el Edificio Larva, sede de COM:PLOT, una pieza que fue construida a mediados del siglo XX para alojar al Cine Variedades, que había caído en desuso. Diez años atrás lo había adquirido el gobierno municipal con ánimo de convertirlo en el teatro de la ciudad. Pasaron tres administraciones y seguía en desuso. En la penúltima, el encargado de cultura decidió que mientras se levantaran los fondos para convertirlo en teatro, se lo usaría para eventos alternativos, como un espacio larva capaz de incubar diversidad cultural. La nueva administración retomó la idea de construir un teatro que costaría millones e implicaba derrumbar el edifico actual. Afortunadamente, nunca contaron con dinero suficiente para hacerlo. Eventualmente me llamó la Secretaria de Cultura. El gobierno municipal había adjudicado apenas un millón de pesos para el teatro. Con eso, me dijo, se podría pintarlo y arreglar las instalaciones. Era absurdo que ese espacio siguiera abandonado y se gastara dinero en cosas que no servirían para reactivarlo. Había que hacer algo más interesante y utilizar los recursos públicos de mejor manera. Aunque estaba ubicado en pleno centro de la ciudad, el edifico se había convertido prácticamente en una bodega. Estaba cubierto con grafiti. Muchos edificios antiguos tienen una calidad espacial enorme. Decidimos que había que dejarlo ser lo que era; recuperar los espacios generosos de la época en que fue construido. En lugar de despilfarrar el presupuesto pintándolo, decidimos respetar la patina del tiempo e intervenir en programas específicos: una cafetería en la planta baja que aprovechara la actividad de la esquina; y una biblioteca pública en el mezzanine del cine con una galería de arte contemporáneo. Eran intervenciones pequeñas en un edificio grande. Con poco se podía lograr mucho. Cambiamos los pisos, las puertas y las instalaciones. Concebimos a la fachada como un pizarrón público. Se hicieron intervenciones puntuales en la marquesina del teatro. Se mejoró la iluminación. Trabajamos con diseñadores locales para hacer una intervención interesante en la barra. El restaurante lo gestiona un grupo que maneja algunos de los sitios de comida más exclusivos de la ciudad, y la galería la gestionan coleccionistas de renombre. Invertir en piezas significativas, decidir en base a la acción posible y establecer colaboraciones, están en la base de este espacio que se ha ido construyendo hasta convertirse en un referente urbano relevante.