Texto publicado en 30-60: Cuaderno latinoamericano de arquitectura, Córdoba, Mayo 2012

(Reimpreso en Revista Clave, Quito, Agosto 2012)

 

Casa X

Arquitectura X – Adrián Moreno y María Samaniego

Quito, Ecuador, 2007

 

Casa X nació fuera de contexto. Como una respuesta elemental que pudiera implantarse en varios lugares, fue diseñada cuando aún no se conocía cuál sería su solar. Tiene algo de plan de vivienda flexible en su naturaleza pensada para ser desplegada  y articulada con rapidez cuando se presentara la oportunidad de un terreno: casa a la espera. También tiene algo de carpa y campamento; no en su forma, pero sí en su agilidad para colonizar un lugar y adaptarse a él: Casa X, como su nombre de modelo de avión lo indica, estaba armada para aterrizar sobre una plataforma de hormigón armado que también podría ser de despegue si la estructura ligera de acero estuviera empernada en lugar de soldada. Lo interesante y paradójico es que, a pesar de que fue diseñada en el plano de la abstracción (se inspira en el arte repetitivo y las formas puras de Donald Judd) y lo onírico (como el sueño de vida y vivienda de una pareja de jóvenes arquitectos), su impostación es plenamente contextual. El secreto de su exitoso aterrizaje radica en que si bien Casa X no fue diseñada para un solar específico, respondiendo a sus condiciones particulares, sí fue pensada dentro del contexto de la ciudad de Quito, cuyas características conocen palmo a palmo Adrián Moreno y María Samaniego. La casa es un espacio abstracto con consciencia de lo concreto.

 

La ciudad de Quito se asienta sobre una hoya recogida entre los cordones de las cordilleras occidental y oriental de los Andes septentrionales. En su extremo norte, la cordillera de Los Andes es más antigua y, por lo tanto, más erosionada y sinuosa que en su contraparte meridional, donde se crispa y verticaliza. El sistema de pixeles extruidos que da forma física, urbana, a Quito, se riega sobre el territorio como la sumatoria de partículas en un magma ortogonal que se acomoda a los caprichos de su lecho. La gravedad en la ciudad está definida no sólo por las pendientes, más o menos violentas, sino también por valores como las vistas que cada punto ofrece; la relación con un sol ecuatorial que se levanta en oriente para ponerse en occidente, luego de trazar una línea casi perpendicular que divide al día en dos mitades iguales (la diferencia ente el más largo y el más corto es mínima a pocos kilómetros de la línea ecuatorial); y los abruptos cambios climáticos que marcan el ritmo de un solo día: en Quito, las cualidades del trópico se balancean con las de una altura que lo suaviza y altera; un sol canicular quema a la hora de las sombras mínimas y lluvias torrenciales hacen colapsar el tránsito en los minutos de invierno. Desde las aristas orientales de la ciudad pueden divisarse algunos de los hitos geográficos que puntean lo que Humboldt llamó la “Avenida de los Volcanes” (el Cayambe, el Antisana y el Cotopaxi –de norte a sur). Sobre su flanco occidental, en cambio, se levanta la opacidad maciza del Volcán Pichincha, cuya sombra cobija a la ciudad en las tardes.

 

Casa X estaba preparada para posarse orientando los lados abiertos de su caja de este a oeste, aprovechando a ambos cordones montañosos como sus límites espaciales, y capturando los rayos luminosos de la mañana y la tarde. Una casa estratega, estaba diseñada para ocupar cualquier lugar de la plataforma lineal que habita las alturas (a 2.800 m. sobre el nivel del mar, en promedio), sobre sus pendientes, o en la calidez acogedora de uno de sus valles orientales –la principal zona de expansión suburbana de Quito desde los 90, al estilo estadounidense, de baja densidad, marcada por la presencia de casas independientes con jardín, generalmente agrupadas dentro del cordón de un gated community.

 

Como la obra de Judd, Casa X se inspiró tanto en el universo de las formas abstractas y esenciales como en el contexto específico de una realidad. Otro factor, común también a la obra del artista estadounidense y los arquitectos ecuatorianos, que fue definitivo en la capacidad para contextualizarse de esta obra, es su materialidad. Casa X está forrada con paneles de acero que admiten la oxidación y se dejan inscribir por el tiempo, entrando en resonancia con la intemperie. Su piel interior, en cambio, se deja revestir con planchas de plywood atornilladas que envuelven cálidamente todos los espacios y cuyas texturas varían en una composición metódica y sutil. Ambos materiales se conjugan con los verdes marrones de la tierra y el azul encendido del vasto cielo. La casa abre un paréntesis en el horizonte andino: su coraza rectangular de acero ejerce presión sobre cielo y tierra para que el vacío que se abre pueda ser ocupado por cajas menores que configuran los espacios privados de un lado y los públicos del otro. También los muebles empotrados actúan como cajas dentro de cajas. Al interior del vacío doméstico, se abre paso otro vacío de naturaleza contextual (vacios dentro de vacios, cajas negativas en las cajas negativas): el patio interno. A diferencia de los coloniales que están rodeados por habitaciones en sus cuatro flancos, este patio de toque japonés y andino (los pedruscos secos y mojados recuerdan a los lechos de los fluctuantes riachuelos que se derrumban por las quebradas), se abre hacia el este y hacia arriba, para dejarse llover e introducir al exterior dentro del mundo interior, desdoblando la casa en un acto de comunión con la naturaleza y la inclemencia ecuatorial. Este paréntesis se abre también gracias a la transparencia y translucidez del interior de la caja, que se deja atravesar para permitir que las cordilleras oriental y occidental se encuentren. La domesticidad se vela y revela, estableciendo diversos grados de intimidad y exposición. Los grandes espacios a doble altura, con sus planos de vidrio, y las superficies perforadas del policarbonato que revisten la caja que se desliza fuera de la caja, también contribuyen a mantener ilimitados los espacios y paisajes, a pesar de que simultáneamente se congregan alrededor de la fuente (el aljibe) en el centro del patio. A este fin se suman las transiciones impecables de cada umbral.

 

Una casa de vidrio ecuatorial, la Casa X se ha convertido ya en un hito y prototipo de la cultura contemporánea en Ecuador. No es coincidencia que el director de cine Sebastián Cordero la eligiera como set para su última película, Pescador. Anuncia una nueva dirección para nuestro quehacer. En un medio en el cual los sistemas secos de construcción son una rareza y donde se trabaja sobre el camino, de manera generalmente rudimentaria, Casa X proclama el surgimiento, por incipiente que aún sea, de una cultura que quiere estar mejor preparada para el futuro, cuya simetría y organización en la planificación de las líneas generales, no obstruiría de manera alguna la flexibilidad asimétrica que caracteriza a su psicología social.

 

Y casi olvido mencionarlo, Casa X encontró su hogar en el valle oriental de Tumbaco…