Texto publicado en Revista Clave, Quito, Junio 2012

Son dos los arquetipos de la arquitectura a los que la teoría se refiere una y otra vez; uno es de origen biológico: el útero de la madre, ese primer y oscuro habitáculo que comparten los mamíferos en su tránsito hacia la vida; otro es de procedencia cultural: la choza primitiva. El trabajo de Igor me remite a ambos. Hay algo de atávico en sus obras, ya sean éstas arquitectónicas, industriales, escultóricas o pictóricas; porque Igor hace de todo. La planta baja de su oficina, a la cual se accede luego de cruzar un jardín que se abre al camino que desemboca en la Plaza de Cumbayá, es una galería donde se exponen muebles, alfombras, cuadros y esculturas, de su autoría y de la de otros colegas como la pintora polaca Dorota Kossak o el artista ecuatoriano Tomás Ochoa. El híbrido oficina-galería responde perfectamente bien a su naturaleza: Igor creció en los talleres y entre las obras de su padre, un artista y arquitecto cuencano, a quien considera su más profunda influencia. Como suele ocurrir con los jóvenes, Igor había querido labrarse un camino distinto del de su padre y optó inicialmente por una carrera técnica; pero su relación con las herramientas, los materiales y la creación artística pesaron más y terminó inscribiéndose en la carrera de arquitectura de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Cuenca. Luego de graduarse, decidió continuar sus estudios en Arquitectura de Interiores y Diseño Industrial en la Universidad Nacional de Arte y Diseño, en Estocolmo, Suecia –una opción académica poco común entre nuestros jóvenes diseñadores, tanto desde el punto de vista geográfico como profesional. “La arquitectura es un arte más, es una fase del arte”, subraya Igor, “necesito concebir a cada proyecto de arquitectura como una obra de arte; una ópera prima, que nunca se repite”. “Cuando me gradué”, continúa, “enfrenté el dilema de ser fábrica o laboratorio. Decidí ser laboratorio. La fábrica produce componentes y elementos de manera idónea, eficiente, serial; genera rédito económico. El laboratorio, en cambio, vive de la experimentación. Su móvil no es el rédito económico, aunque pueda derivar en él. Haber elegido el laboratorio por sobre la fábrica me ha permitido hacer lo que yo creo, de la forma que creo y poder vivir de eso. Me siento muy afortunado”.

 

Pero a los arquetipos también se los asocia, dentro del mundo del arte y la arquitectura, y desde el universo de la piscología, con la abstracción, con aquello que se asume de orden y propiedad universales: los colores primarios; los sólidos platónicos; la geometría euclidiana; el punto, la superficie, la línea… En su orden primario colapsan modernidad y primitivismo. El Cubismo de Picasso, un hito en la concepción del espacio y el tiempo modernos (relativistas) dentro de la historia del arte y la arquitectura, está inextricablemente ligado al arte africano, a su expresionismo elemental. Por eso no es desconcertante que las esculturas de Igor oscilen entre sus figuras totémicas -figuraciones abstractas de madera y piedra- y las construcciones espaciales de líneas y puntos que nos remiten más bien a un Soto, un Maldonado o los objetos del arte concreto. Lo mismo ocurre con los muebles que diseñó en Suecia cuando era estudiante, y que fueron publicados y expuestos profusamente en Suecia, Dinamarca, Finlandia e incluso Japón: la madera prensada y laminada se curva y entreteje en el canasto ergonómico de una silla; las láminas de plástico se desdoblan en una matemática de nautilo para dejar atravesar la luz o se empacan en el hojaldre lineal de una lámpara fácilmente transportable. Lo moderno y lo primitivo se dan cita también en sus obras arquitectónicas. “Me encantan las posibilidades de crear con ladrillo”, explica Igor. “A un material amorfo, poco consistente como la tierra, se lo hace morir, se lo cuece, para que renazca en un objeto consolidado, resistente y con una calidad expresiva extraordinaria. Con el ladrillo se obtienen volúmenes, planos, texturas y reflejos”.

 

Esculturas para exteriores e interiores, Igor Muñoz

 

Escultura para el nuevo edificio de la EMAAP, instalación de 20.000 tubos, Igor Muñoz

 

Silla Alfa, Silla Quito y Lámpara Evolución; diseño Igor Muñoz; fabricación: Gärsnäs, Suecia; 1987-1989

 

Casa Uquillas, Tumbaco, 2007

La viga y columna de hierro se manejan como dos líneas abstractas en un mural artístico que aprovecha el fondo provisto por la mampostería de ladrillos apilados de canto. Arte y arquitectura se vuelven indivisibles y la iluminación contribuye a subrayar esta relación. Desde el punto de vista estructural, la casa se vuela hacia afuera y hacia adentro. Es gracias al contrapeso interior que el volado exterior puede alcanzar los seis metros.

 

 

 

Residencia Muñoz, Tumbaco, 2007

Una casa rica en el manejo de los materiales, los positivos y los negativos, las vistas exteriores, la iluminación y las texturas. Las huellas que imprimen los rastrillos vegetales sobre el muro de tierra en el baño de invitados, por ejemplo, ilustra magníficamente la continua búsqueda por integrar lo mineral con lo vegetal que caracteriza a la obra de Igor.

 

Si el estudio de Igor es un híbrido de galería y oficina, su casa es otro, de hogar y taller productivo (de pintura y escultura). Es allí, en su vivienda, donde puede aislarse y dejarse llevar por la marea de los procesos artísticos. La arquitectura, arte y técnica, al ser también de orden social, suele producírsela en colaboración con diversos agentes e involucra diálogos o conversaciones amplios e intensos. El arte puede ser urbano, colectivo y social, sin duda; pero a menudo suele exigir un viaje interior, sumamente solitario, de introspección. Igor tiene la capacidad de transitar entre ambos mundos, el de la creación individual y el de la ejecución colectiva. Con la misma facilidad se mueve entre géneros: se alimenta de lo femenino y lo masculino, volcando a yang en yin y viceversa. Acaso por su habilidad, o necesidad, de vincular mundos o fusionar dualidades inoperables: lo interno con lo externo, lo individual con lo social, lo femenino con lo masculino; es que enfatiza siempre en su arquitectura el umbral. Lo que suele traducirse en borde frágil –puerta- se dilata espacialmente y adquiere grosor en las obras de Igor, que de una u otra forma demarcan el adentro y el afuera. En su oficina, el espacio de transición es el jardín de acceso; en su casa, el túnel a través del cual se penetra en ella (una metáfora claramente uterina); en la Casa Bucheli, los planos de piedra negra que nos obligan a sortear un río imaginario entre un portón invisible y el vestíbulo de la casa. ”Para mí es importante la transición entre el mundo externo y el espacio protegido del hogar; por eso, cuando diseño casas, siempre incluyo un elemento que te haga consciente de que estás en el exterior, afuera, en el mundo; o en el interior, en tu hogar, tu refugio, con tu familia”. Igor confiesa que “es en mi casa donde mejor afincadas están mis creencias sobre la arquitectura. Para acceder a ella hay que atravesar un túnel de 20 metros de largo, semi-subterráneo; hay que salir del vientre de la tierra para ingresar al mundo”. Para él era importante “dejar sentir que estás en la tierra, en el vientre materno, el lugar protegido desde el cual viniste y emerges para encontrarte con la luz, la naturaleza expuesta, la lluvia y el sol”.

 

Zona de acceso a la Casa Bucheli, Tumbaco, 2008

La misma conexión con la tierra se expresa en otras obras de Igor. En la Casa de los Árboles, en Tumbaco, por ejemplo, las líneas rectas de la arquitectura se endientan para acomodar la vegetación. Son las superficies de vidrio y los muros los que se adaptan a la presencia de los árboles, en lugar de extirparlos. “El cliente fue enfático: me aclaró que no podría topar, mucho  menos tumbar, ni uno solo de los árboles. Tuve que documentarlos en planta y corte antes de ponerme a dibujar”. Uno de los árboles penetra la casa para nadar en una suerte de pecera. La convivencia entre arquitectura y naturaleza se expresa también en la disolución del perímetro, que permite una relación fluida entre interior y exterior, manifiesta sobre todo en los espacios intermedios en los que no se está ni adentro ni afuera, sino en ambos lugares a la vez.

 

Casa de los Árboles, Tumbaco, 2008

Su formación multifacética –Igor es arquitecto, artista, diseñador industrial y de interiores, profesor y padre de familia- le ha permitido desempeñarse exitosamente en varios campos y a varias escalas. Su carrera profesional arrancó en Cuenca, donde construyó sus primeras casas. El encargo de un tío para diseñar una residencia en Guayllabamba lo trajo a Quito, donde además trabajó como consultor de las NNUU para asesorar al Municipio del Distrito Metropolitano en materia de diseño y arte público, durante la Alcaldía de Jamil Mahuad y en colaboración con Esteban Moscoso (Administración Parques y Jardines). Luego, en 1993, fundó junto con Aldo Echeverría, Víctor Viteri y Belisario Palacios el Colegio de Arquitectura de la USFQ (hoy Colegio de Arquitectura y Diseño Interior). Entre sus obras colectivas que mayor reconocimiento han recibido cuentan el Pabellón del Ecuador diseñado con Belisario Palacios para la Expo2000, en Hannover, Alemania (una estructura tensada construida con bambú, acero y lona); el Pabellón Andino Amazónico que representó a cinco países en la Expo Aichi 2005, en Japón (desarrollado con el arquitecto venezolano Francisco Bielsa y merecedor del primer premio a pabellón conjunto); y el Stand de Turismo del Ecuador para las ferias internacionales en Europa (2004-2006), un mecano de 4.800 piezas que se monta en tres días y desmonta en dos. Hoy por hoy, Igor desarrolla un proyecto en China, en asociación con un colega alemán; un teatro para Loja, en colaboración con Belisario Palacios (con quien diseñó la Casa de la Música en el período de seis años durante los cuales fueron socios en QUBICAL); una clínica para las Islas Galápagos; el Registro Civil con Centro Unificado de Atención Ciudadana para Carapungo; los Laboratorios (bioclimáticos) de Criminalística para la Policía Nacional; entre otras obras que enriquecerán, sin duda, el legado arquitectónico de Igor en Ecuador y el mundo.