Texto publicado en Revista Clave, Quito, Octubre 2011

El día lunes 19 de septiembre, el ingeniero civil colombiano Mauricio Wiesner dictó una charla magistral pública sobre arquitectura comprometida con el Medio Ambiente en el Auditorio de la Cámara de la Construcción de Quito, en el marco de un seminario sobre sustentabilidad auspiciado por la Fundación Holcim.

 

Mauricio, ¿cuáles fueron los principales puntos que se trataron en el seminario?

Fueron varios. Entre los más relevantes, enumeraría los siguientes:

1. NORMATIVA. La necesidad de forjar una legislación que exija mínimos de obligatorio cumplimiento para involucrar la variable medioambiental en la construcción de edificaciones. Para promover que quienes construyen nuestras ciudades vayan más allá de esos mínimos, se propone que sean sujeto de incentivos estatales (no necesariamente económicos: edificabilidad, reconocimiento público, disminución de tiempos en trámites, etc.) En los medios latinoamericanos, a menudo pensamos que la industria de la construcción no genera impactos medioambientales. Esto se refleja en la normativa de un sinnúmero de ciudades que no requieren estudios de impacto medioambiental para aprobar proyectos de construcción. Si un desarrollador decide tomarlos en cuenta dentro de los procesos de diseño es porque tiene la buena voluntad de hacerlo. Ya no podemos dejar un factor tan decisivo en las manos de la buena voluntad –es importante que se traduzca en normativa.

2. EDUCACIÓN. La Fundación Holcim, formal e informalmente, promueve diversos programas educativos sobre sostenibilidad, dirigidos a quienes están involucrados en los campos del diseño y la construcción. Estamos trabajando constantemente con las facultades de arquitectura e ingeniería, y con los gremios profesionales, para incrementar el conocimiento sobre temáticas medioambientales relacionadas con la ciudad y la arquitectura. También nos interesa educar a los consumidores de la industria de la construcción, de manera que sean más exigentes en términos de sostenibilidad. Por ejemplo, es cada vez más común que los consumidores requieran que el constructor explique cómo se diseñarán y funcionarán las áreas verdes de un proyecto. El árbol se volvió parte del mobiliario urbano. La gente ya empieza a reconocer las características de diversos espacios y a entender la importancia que tienen las áreas verdes.

3. MANEJO DEL AGUA. Tenemos que lograr un nivel similar de consciencia con respecto al uso y manejo del agua. Una normativa mínima podría estipular el uso de grifería de bajo consumo, el aprovechamiento de las aguas lluvias y el uso de pavimentos porosos. En Bogotá, por ejemplo, recolectamos las aguas lluvias que caen sobre las superficies duras y las cubiertas a través de un sistema de bajantes que deriva en un tubo cuyas aguas desembocan en una corriente hídrica. ¿Por qué no usarlas en la edificación: recolectarlas, almacenarlas y darles un uso distinto al del agua potable? Pueden aprovecharse en los sanitarios, el riego de jardines, el lavado de pisos… Esto solucionaría problemas aguas abajo; llegaría menos agua a las corrientes hídricas reduciendo la posibilidad de inundaciones. Las superficies deben diseñarse de manera que permitan al suelo absorber agua. Tenemos que hacer un esfuerzo colectivo por disminuir la impermeabilización e incorporar sistemas sostenibles de drenaje urbano. Una nueva normativa, por ejemplo, podría estipular que se asignen zonas verdes en las edificaciones (SUDS) destinadas a devolver un porcentaje del agua lluvia al entorno natural.

4. ENERGÍA. Este punto está relacionado con la climatización y el uso eficiente de la energía. Perpetuamos exabruptos: en Bogotá o Quito, por ejemplo, recurrimos a menudo al uso de sistemas de aire acondicionado en los edificios. En un clima como el que comparten ambas ciudades, sería más responsable diseñar los edificios de manera que su temperatura pueda regularse mediante prácticas naturales, como una adecuada orientación con respecto a la trayectoria solar y la dirección de los vientos dominantes. El diseño bioclimático permitiría eliminar, o por lo menos minimizar, la dependencia en los equipos mecánicos de ventilación, refrigeración y calefacción. Lo mismo puede decirse del sistema de iluminación artificial, cuyo uso puede reducirse considerablemente si se aprovecha la luz natural durante el día, y si se incrementa la eficiencia en su uso durante la noche. Además, hay que mantener en mente que una alta dependencia en la iluminación artificial aumenta la temperatura en el interior de las edificaciones, lo cual exige un mayor grado de enfriamiento. Lo ideal es aprovechar al máximo la iluminación natural y disminuir la carga que se impone a un edificio para alcanzar una temperatura confortable.

5. LOCALIZACIÓN RESPONSABLE. Hay que escoger la zona de implantación de un edificio de manera que minimice el impacto medioambiental en el suelo. Es deseable compactar la ciudad; evitar que se siga extendiendo. Su expansión irresponsable le resta capacidad agrícola y exige mayores costos energéticos al promover el uso del automóvil.

6. MATERIALES. No tenemos reglamentación ni siquiera para impedir el uso de materiales tóxicos como el asbesto, el plomo y los formaldehídos. Existen materiales de construcción que generan o pueden generar problemas de salud. El uso de asbesto, por ejemplo, está completamente prohibido en Europa. Por otra parte, está el tema de la selección de los materiales que utilizamos para construir. Necesitamos revisar las tecnologías utilizadas por nuestros ancestros, redescubrir el potencial de los materiales locales y considerar las características propias del lugar en el cual nos implantamos. Ahora son comunes los edificios con fachadas importadas desde la China…

7. VENTILACIÓN NATURAL. Espero que Ecuador no llegue a ser tan “gasodependiente” como Colombia. El uso de gas puede tener afectaciones negativas en la salud humana (causadas por un uso inadecuado o la presencia de escapes). Para reducir el riesgo que impone, se debe requerir la incorporación de elementos mínimos que garanticen una ventilación adecuada en las edificaciones. En América Latina son comunes los calentadores de agua en base a gas y el uso de tanques de gas. El índice de fatalidad por intoxicación es alto.

8. ESTACIONAMIENTOS. Este punto está íntimamente relacionado con el anterior, puesto que apunta a la necesidad de garantizar una ventilación adecuada en los estacionamientos. Los automóviles queman combustibles fósiles. La combustión nunca es perfecta; genera monóxido de carbono (además de dióxido de carbono), un gas tóxico. En el caso de los estacionamientos puede ser necesario recurrir al uso de sistemas mecánicos, pues las corrientes naturales no siempre bastan para ventilarlos apropiadamente (sobre todo cuando son subterráneos).

 

Casi todos estos puntos enfocan su atención en las edificaciones. ¿Se trató algún tema a escala urbana?

Sí, tratamos en profundidad el tema de la generación de las islas urbanas de calor. Una normativa que busque reducir la temperatura en las urbes promovería el uso de techos verdes o techos fríos; es decir, cubiertas jardín o cubiertas de tonalidades claras que reflejen en lugar de almacenar el calor. Otro factor importante es la utilización de pavimentos permeables en lugar de los asfálticos, que almacenan calor, o los de concreto. Los pavimentos amalgaman un agregado grueso con un agregado fino –que les da textura- y un elemento que los une (asfalto o cemento). Si se elimina el agregado fino de la mezcla, se logra un pavimento que permite la infiltración de agua. Si el pavimento, además, es frío, contribuye a reducir el efecto de isla de calor. Otro problema que tenemos que enfrentar a escala urbana es la producción de ozono troposférico: por una parte, la ciudad emite calor; por otra la quema de combustibles fósiles produce gases, los cuales en presencia del calor generan el ozono troposférico. Se ha demostrado que existe una correlación entre el aumento de la temperatura en la ciudad, la generación de ozono y una mayor incidencia de cáncer entre los ciudadanos. Aspirar a una vida sostenible es aspirar a una vida sana. Por eso la arquitectura sostenible no puede tratarse como una moda; su fin debe ser garantizar una mejor calidad de vida. Hay quienes piensan que por “engallar” –como decimos en Colombia- un edificio, se lo hace “verde”. Nos estamos comportando con los edificios como lo hacemos con los automóviles, pero no basta con eso: la sostenibilidad se basa en un concepto de diseño integral. Lo sostenible no puede ser añadido, tiene que ser integrado. Para lograrlo, es vital conformar equipos interdisciplinarios que manejen diversas variables y economías en el proceso de diseño y construcción, bajo la dirección de uno o varios arquitectos.

 

El diseño puede ser integral cuando se lo aplica a edificios nuevos, pero cómo podemos hacer sostenibles a los tejidos existentes.

Ese es un tema muy complejo. Se necesitan incentivos por parte del Estado para buscar procesos de renovación urbana que garanticen mejores condiciones de vida. Bogotá, por ejemplo, sufre de un déficit de suelo. El crecimiento de la ciudad está limitado por el río Bogotá y los cerros; la ciudad ha crecido longitudinalmente hasta agotar el suelo urbano. Esa saturación ha derivado en un proceso de renovación urbana, análogo al de Puerto Madero en Buenos Aires, o el de SOHO en Nueva York. Estamos buscando formas de recuperar zonas deterioradas renovándolas. En estos casos es recomendable trabajar con planes parciales, con zonas delimitadas de la ciudad que se rediseñan tomando en cuenta la variable sostenible. El tema es complejo porque hay que trabajar con un sinnúmero de propietarios. La renovación urbana exige procesos de negociación y participación colectiva que están ausentes en el diseño de lo nuevo. Algunos propietarios quieren participar en el proceso de renovación, otros no, y todos tienen expectativas distintas. Ahora estamos desarrollando una normativa que entrará en vigencia el año entrante, para poner límites a procesos de negociación que podrían no terminar nunca. La normativa se concentra en la provisión de vías, parques y otros equipamientos públicos. La variable medioambiental se puede introducir inicialmente a través del manejo del espacio público; luego pueden sumarse los desarrollos privados. El Código de Construcción Sostenible de Bogotá se incorporará dentro del Plan de Ordenamiento Territorial. También se ha propuesto la creación de un Observatorio de Sostenibilidad que lleve a cabo un seguimiento basado en el uso de indicadores. Es un proceso de certificación, pero propio.

 

¿Hay que ser certificable para ser sostenible?

No. Las certificaciones se basan en cifras, datos, costes, ahorros, estándares; no en las particularidades del mundo físico. De hecho soy muy crítico de LEED (Leadership in Energy and Environmental Design)

 

¿Cuáles son tus críticas a LEED?

Primordialmente cuatro:

1. Provee un estándar (no una norma) para un país con cuatro estaciones. Nosotros no las tenemos. En Bogotá o Quito, por ejemplo, podemos tener las cuatro estaciones en un mismo día.

2. Está desarrollado para procesos constructivos industrializados. Nosotros todavía somos altamente dependientes en la mano de obra y la construcción artesanal.

3. No es democrático. No todos los proyectos pueden acarrear el costo de un proceso de certificación que tiene un valor económico que se traspasa a una entidad externa.

4. No considera la realidad social de nuestros pueblos. Uno de los estándares de Leed, por ejemplo, estipula un ahorro en el consumo de agua. Para obtener puntos, es necesario reducir en un porcentaje específico el consumo estándar. Cuando se transfiere la proporción propuesta a países como Colombia o Ecuador, donde el consumo de agua ya se ubica en niveles de sostenibilidad comparado con el consumo de un país derrochador como EEUU, exigir un recorte de esa proporción equivale a reducir el consumo por debajo de los niveles necesarios. Leed desconoce la realidad social de América Latina y la especificidad de sus micro-climas.