Texto publicado en Revista Clave, Quito, Febrero 2012

Hace varias semanas, cuando ascendía –de copiloto- por la Av. Pérez Guerrero en dirección al paso a desnivel que remata en la Av. Patria, me llamó la atención un edificio. Estaba ubicado a mi derecha, sobre la Versalles. El rabillo de mi ojo lo vio, desde la inconsciencia, hizo girar mi cabeza, y luego lo vi yo; al paso, pero consciente. Quizás fueron los colores, o el dinamismo de la forma, o su particularidad; el hecho es que sobresalía dentro de un contexto que ha dejado de mirarse. ¿Y ese edificio?, le pregunté al piloto, otro arquitecto obsesionado con identificar buen diseño en una ciudad hambrienta por buena arquitectura. “Es un mercado. Lo proyectó RVC, bajo la dirección de Rafael Vélez Mantilla”.

Me reuní con Rafael en su oficina. Un lugar que he visitado un sinnúmero de veces y que no deja de sorprenderme: el vestíbulo se abre a un espacio de doble altura cuya escalera vincula el piso superior, que aloja el taller creativo y las oficinas, con el inferior, donde se encuentran la recepción y la zona administrativa. Una escultura de Francisco Proaño marca con su círculo y espuelas negras el pie de la escalera; tres fotografías de Sebastián Crespo dibujan sobre la pared una abstracción derivada del corazón de luz que se abre en el interior del edificio Renazzo Plaza; el elegante catálogo de RVC espera, recién impreso, en la sala de reuniones, donde esperaba también Rafael para llevarnos al Centro Comercial Artesanal Quitus, el edificio que había suscitado mi interés.

Al llegar, subimos con el automóvil hasta la cubierta, estacionamos, e ingresamos por un galpón que no se ve desde la calle y que los propietarios mantienen para capacitaciones y eventos colectivos. “Son artesanos”, nos explica Rafael, “para ellos es vital reunirse”. El nombre de la edificación hace justicia a la tipología híbrida que encontramos detrás de la fachada: ni mercado artesanal ni centro comercial ni mercado popular; sino “centro comercial artesanal”. El enorme contenedor podría considerarse una aspiración: la concreción del deseo de un grupo de artesanos por organizarse en una nueva tipología que no quiere ser centro comercial convencional, pero que aspira a ser algo más que un mercado de ocupación temporal. Las puertas metálicas “lánfor” se mantienen, pero recubren locales con escaparates de vidrio. Los productos artesanales son los mismos, pero se despliegan aislados de las zonas de depósito. El edificio es un contenedor comercial, pero se abre en los flancos. Los locales se suman a lo largo de corredores que mantienen una escala más íntima, más cercana a la del corredor de mercado que a la del de centro comercial. Rafael elabora sobre este punto, que además de tener interés arquitectónico, tiene valor antropológico, pues señala que una transformación cultural está en juego. “Este no es un centro comercial”, nos explica, “los centros comerciales tienen anclas. Este complejo no las tiene. Los centros comerciales suelen ser mega-contenedores, cerrados, con clima e iluminación artificiales. La demanda programática nos exigía hacer un contenedor, pero queríamos que fuera amigable con el entorno urbano y con el ambiente interno. Queríamos que la ventilación y la iluminación fuesen naturales, a pesar de que la carga térmica de centros como estos suele ser altísima, y que las circulaciones fluyeran. Por eso mantuvimos abierto el contenedor, mediante el uso de una celosía que permite al aire y la luz circular, a la vez que establece una relación visual entre la actividad comercial del interior y la ciudad. Su protagonismo es mayor hacia afuera, pero la mayoría de los corredores, por ejemplo, rematan en ella. El fin último era fusionar la mentalidad globalizada de los artesanos, que querían un centro comercial, con la fortaleza de sus raíces, que exigía un mercado artesanal. Nos propusimos hacer un edificio correcto, contextual y con pertenencia. Fue un desafío traducir las expectativas de los artesanos a un cuerpo arquitectónico, sin caer en clichés. El proyecto inicial que nos presentó el cliente, la Asociación de Artesanos CONCUMA, era una caja hermética. Se ingresaba a ella por un almacén. No queríamos trabajar sobre eso, aunque no supiésemos aún qué queríamos. Cuando se trabaja con una tipología desconocida, el bagaje que portamos se ve anulado. Eventualmente emerge y se lo aplica, pero por un momento queda suspendido; entonces te dislocas, y te ves obligado a romper con tradiciones y concepciones espaciales que se dan por descontadas”.

La naturaleza híbrida del lugar generó, además, ambigüedad legal. Nos cuenta Rafael que la normativa municipal exige que los locales se ubiquen unos frente a otros, vinculados por corredores con un mínimo de 5 metros de ancho. “No tenía sentido asignar un 70% del área total a circulación en un sistema comercial con locales tan pequeños. Nuestras solución fue utilizar como referentes (legales, no tipológicos ni arquitectónicos) a los mercados del ahorro que se construyeron durante la Alcaldía de Paco Moncayo”. Además, el proyecto contaba con pocos recursos para su desarrollo y construcción. Rafael y su equipo, acaso por la complejidad de la tipología y las restricciones comerciales y presupuestarias que enfrentaron, tuvieron que elaborar seis o más versiones de anteproyecto. Eventualmente, para ahorrar, se reciclaron saldos de porcelanato gris en los pisos, generando una textura jaspeada; y se dejaron vistos los ductos y tuberías que recorren los tumbados. “Un contenedor de comercio no necesita estar decorado. Dejamos la infraestructura vista por eso y porque es mucho más fácil darle mantenimiento”. “En vista de que el cliente es una asociación de artesanos, ¿cómo manejaste la comunicación, la participación colectiva?” “Nosotros nos reuníamos con el gerente de proyecto asignado por el constructor, Naranajo Ordóñez, uno de los socios inversionistas del proyecto. Asistían también a las reuniones 2 ó 3 representantes de CONCUMA y su Presidente, Rodrigo Collaguazo”. La presencia artesanal se manifiesta también en los espacios de doble altura que se abren hacia la fachada principal, para alojar gigantes murales, y en las “plazas” interiores, también de doble altura, que conforman los centros gravitacionales del edificio. Allí se congregan, por ejemplo, amas de casa, que transportan sus economías domésticas a un lugar donde les está permitido comercializarlas –algo que no habrían podido hacer jamás en un centro comercial convencional.

Pero el principal mérito de este centro comercial artesanal se inscribe hacia afuera, en su postura urbana. En lugar de rellenar al máximo el solar de implantación y reducir al mínimo el espacio público, hace lo contrario, se retira, para ofrecer unas amplias aceras, que permitan al transeúnte relacionarse con la fachada: un muro revestido en ladrillo que se perfora para alojar una celosía longitudinal y dinámica que además sirve de mural abstracto, a la manera de un Soto o un Maldonado, convirtiendo a la calle en una galería urbana. Arte, artesanía y arquitectura se funden en esta propuesta cuya cromática fue influenciada, como nos explica Rafael, en el mercado de verduras de Enric Miralles, en Barcelona. Una curva sinusoidal marca el ritmo de la celosía-mural, en un gesto análogo al de las montañas que perfilan el horizonte. Las líneas que se doblan en dos partes, y cuyos vértices suben y bajan armoniosamente, son un eco de los hilos que van entretejiéndose en un telar, animados por la mano o el pie del artesano. “La lectura de la celosía varía con el ángulo desde el cual se la mira,” anota Rafael, “cambia con la perspectiva”. Detrás de las celosías se alinean, paralelas, las jardineras que servirán de receptáculo a otro filtro, vegetal, que está por sembrarse. La cromática cerámica de Miralles se convierte aquí en tejido metálico, en tejido de cromática terrosa. Pero la ambición y visión urbana del equipo de RVC superaba los linderos del solar. En una zona donde la presencia institucional es importante (con el Ministerio de Economía y Finanzas y el campus de la Universidad Central del Ecuador a la cabeza), a estos arquitectos urbanistas les parecía importante desarrollar un esquema que propusiera generar un parque entre la Casa Gangotena y el Centro Comercial Artesanal Quitus; es decir, proveer un gran espacio público que contribuyera a detonar la regeneración urbana del tejido circundante que hasta hace poco era un vacío víctima del vandalismo. Quizás esta ambición urbana y paisajística se concreta en el espesor del espacio que se abre hacia la Versalles, donde la amplia acera colapsa en un talud y una jardinera, configurando un vació sobre el cual las escaleras vuelan, salvando la distancia hacia arriba, hacia abajo y hacia adentro (desde la Versalles los transeúntes pueden ingresar a ambas plantas del centro comercial artesanal). El volumen de vidrio de la planta baja permite levitar al edificio y a sus aspiraciones urbanas. Tanto los artesanos como el arquitecto encontraron aquí un ímpetu que anuncia nuevas direcciones, la conformación de nuevas expresiones culturales –más contemporáneas- y la búsqueda innovadora que promueve toda transición social.