Publicado en Revista Clave, Quito, Diciembre 2012

Cuando Caridad me pidió que dedicara unas páginas a elucubrar sobre las tendencias de diseño que se ciernen en el incierto clima de nuestros tiempos, fui presa de la angustia. Jugar a ser profeta, o intentar arrojar un pronóstico en tiempos tan tumultuosos como los que vivimos a escala global, me bambolea, como a muchos, entre sucumbir a una visión pesimista del futuro y hacer anuncios apocalípticos; o aferrarme, una vez más, a mi fe en la vida y la flexibilidad de la inteligencia humana, muchos de cuyos esfuerzos se focalizan hoy en diseñar futuros arquitectónicos, urbanos y paisajísticos mejor afinados con la naturaleza y sus limitados recursos. ¿Cómo identificarlos? Mis veletas para reconocer los cambios de dirección más significativos son, sin duda, los viajes, las universidades, los libros y los museos. Es en selvas artificiales y naturales, como Nueva York y la Amazonía, donde mejor se presiente la dirección hacia la cual se inclina el mundo. El huracán Sandy nos dejó una lección reciente (¿y cambió el curso político de los Estados Unidos?): las representaciones que nos hemos acostumbrado a ver en los corredores de las facultades de arquitectura -imágenes que buscan ilustrar el estado futuro de las ciudades cuyas costas, se prevé, quedarán sumidas bajo los crecientes niveles del agua- dejaron de ser digitales, meras simulaciones, y se volvieron fotográficas. Desde el año pivote de 2001, cuando dos aviones cambiaron el curso de la historia al estrellarse contra las ya difuntas Torres Gemelas, el mundo del diseño, al compás de una metamorfosis cultural general, ha venido dando giros más drásticos que graduales. Y sin afirmar que el estado contemporáneo del arte haya dejado de estar caracterizado por una heterogeneidad de propuestas -típica del eclecticismo y la hibridación incesante del mundo glocal y de consumo en el que vivimos- me atrevería a afirmar que son tres las principales corrientes que ondulan, hoy por hoy, la forma en la cual pensamos y hacemos el entorno construido: las arquitecturas con consciencia social, o arquitecturas sostenibles; las arquitecturas geográficas o de la consciencia territorial (o arquitecturas sustentables); y las arquitecturas de la tectónica digital. Cada una de estas corrientes adquiere formas distintas y se interpreta desde diversos ángulos. En las siguientes líneas intentaré dar cuenta del valor paradigmático de cada una, detallando los diferentes matices de casos representativos.

Las arquitecturas con consciencia social

Cuando le pregunté, hace un par de años, a Mohsen Mostafavi, Decano del Graduate School of Design de la Universidad de Harvard, cómo ponderaba cuáles cursos serían del interés de los estudiantes cada semestre, me contestó que no era él quien determinaba eso, sino los mismos estudiantes, quienes a través de un sistema de opciones, le dejaban saber cómo preferirían invertir su tiempo. “Y qué están pidiendo los jóvenes”, insistí. “Piden una mayor articulación entre diseño, sociedad y medioambiente”. El fenómeno parece ser global. La generación que discurre hoy en día por las universidades no disimula su flanco político y prefiere poner su creatividad al servicio de diseños que respondan a condiciones que percibe como urgentes: el despliegue de infraestructuras de apoyo y refugios temporales en las zonas que han sufrido desastres naturales; la provisión o mejoría de servicios, vivienda y equipamientos en los enormes barrios de auto-construcción del planeta; y la erección de componentes que respondan a necesidades comunitarias mediante procesos activos de participación. En el mapa de la nueva generación han adquirido relevancia lugares que solían ser invisibles incluso en los catastros municipales hasta hace poco: sitios como Dharavi, la mega-favela de Mumbai que fue lanzada al estrellato en la película Slumdog Millionaire; o la Paraisópolis paulista; o las laderas auto-construidas de Medellín. Un desplazamiento análogo se ha expresado en los medios de comunicación especializados en arquitectura y urbanismo, muchos de los cuales están siendo liderados por arquitectos que no rebasan los 40, como David Basulto y David Assael, quienes supieron reconocer el potencial de los blogs y, desde Santiago de Chile, han construido las plataformas más visitadas del mundo hispanohablante (Plataforma Arquitectura) y angloparlante (ArchDaily), enfatizando el valor de proyectos que responden a búsquedas sociales y medioambientales. Hoy por hoy, las arquitecturas de la consciencia social reciben gran atención de los medios y amasan premios en el mundo entero. Para citar apenas dos de un sinnúmero de casos que las representan, baste con mencionar el proyecto para la escuela METI, de la arquitecta austríaca Anna Heringer, y los bien conocidos proyectos comunitarios del equipo ecuatoriano Al Borde. Proponiéndoselo o no, los “barriólogos”, como se conoce a los arquitectos que se sumergen en comunidades “informales” o descuidadas, producen obra que podría además definirse como medioambientalmente responsable, puesto que trabajan con una economía de medios que se opone al despilfarro de recursos (cada vez más escasos), con materiales y mano de obra locales (utilizan lo que está a la mano, a menudo reciclados), en obras que generalmente ofrecen servicios comunales, de escala barrial.

METI – Escuela hecha a mano, Anna Heringer y Eike Roswag, Rudrapur, India; ganadora del premio Aga Khan de Arquitectura (2007). Imágenes cortesía de Anna Heringer. Fotografías: Kurt Hoerbst

Escuela Nueva Esperanza, Al Borde, ganadores del premio a la arquitectura de la Fundación Schelling (2012)

Las arquitecturas de la consciencia territorial

Otra de las tendencias que anuncian un giro en el mundo del diseño procede de las mentes conscientes de los fenómenos que carcomen múltiples geografías cuya naturaleza había permanecido remota durante milenios para convertirse hoy en el locus de la expansión minera, petrolera, mono-agrícola, ganadera y urbana. No me canso de referirme a una conferencia que resumió, para mí, una de las principales formas que está adquiriendo esta consciencia como acción específicamente arquitectónica. Tampoco sorprende que haya sido dictada por el último acreedor al Premio Pritzker, el más prestigioso de la arquitectura. Wang Shu arrancó su conferencia mostrando una tras otra, bellísimas ilustraciones en tinta de las montañas chinas. “En mi país, las montañas solían ser sagradas”, nos recordó, con su entrecortado inglés. “Hoy las minamos”. Las pinturas de los paisajes de la China tradicional se intercalaron con fotografías de máquinas excavadoras y los cráteres que abren diente a diente en cordilleras como el imponente Himalaya. “Por otra parte”, continuó Wang Shu, “en las ciudades demolemos múltiples estructuras que van a parar en los botaderos”. Son esos detritos de la construcción, y los huesos del patrimonio arquitectónico chino (tejas, ladrillos) que arroja el desmembramiento de sus tejidos históricos, los que recupera Wang Shu para erigir las murallas de sus proyectos: bellas moles minerales, marcadas por la estratificación y una poética de la geología humana, que nos recuerdan que la arquitectura es materia prima, geografía; y las ciudades, las minas del futuro.

Museo de Historia Ningbo, Wang Shu (Premio Pritzker 2012), 2008. Imagen cortesía de Wang Shu, fotografía de Lv Hengzhong.

Jardín de tejas, Wang Shu, Bienal de Venecia, 2010. Fotografía: Lu Wenyu

Pero la de Wang Shu no es la única estética del desecho que puebla las páginas de revistas, blogs, sitios web y redes sociales: los arquitectos contemporáneos están reciclando objetos, espacios y materiales de múltiples maneras. Basta mirar, por mencionar a algunos de los proyectos más representativos, sin pretender, en lo absoluto, hacer un listado exhaustivo, los contenedores del Museo Nómada y las estructuras tubulares de cartón del japonés Shigeru Ban; las composiciones de Lo-Tek (Nueva York); los tubos de desagüe en los hoteles del austríaco Andreas Strauss; los cajones para embalar apilados en los muros de los catalanes Emiliano López y Mónica Rivera; las paredes giratorias manufacturadas con cajas de CD del madrileño Juan Herreros; las pieles de chatarra visualizadas por los madrileños Mansilla y Tuñón; o la Casa Big Dig de Single Speed Design (John Hong y Jinhee Park) que re-utiliza en su estructura desechos infraestructurales de la demolición de un sistema elevado de transporte que solía separar a la ciudad de Boston del mar, y fue reemplazado por un túnel subterráneo cubierto por un nuevo parque.

Play Box, Herreros Arquitectos, Madrid, 2009 (Imagen cortesía de Herreros Arquitectos)

Casa Big Dig, Single Speed Design (John Hong y Jinhee Park), Lexington, Massachussetts, 2006 (Imagen cortesía de SSD)

Porque el mundo de los recursos no renovables está por alcanzar un punto de crisis, conforme agotamos las últimas reservas minerales del globo, hay quienes se están volcando hacia la investigación del potencial que para nuestro futuro tienen los materiales orgánicos o bio-materiales, cuya materia prima no es mineral, sino más bien vegetal o animal (micro-organismos). En esta línea trabajan algunas de las mentes más racionalmente demenciales del entorno arquitectónico, acaso las más visionarias (¿y proféticas?). Las investigaciones afines con este tipo de aproximación ocurren todavía, primordialmente, en los campos de experimentación aplicada que ofrecen el arte y la ciencia. Está por verse si sus tanteos se encarnarán en propuestas que incorporen la materia orgánica en el paisaje construido a escala molecular, como bloque constructivo, en alcances que aspiren a dar un giro tectónico a la que hoy es una mera aplicación de superficies vegetales en cubiertas (las terrazas jardín heredadas del Modernismo) y paredes.

Bio-pared y proyecto “Perdido en París”, Nuevos Territorios, Francoise Roche, 2009.

El afán por reverdecer es otro rasgo que caracteriza a las búsquedas (¿ansiedades?) contemporáneas. Esta obsesión anuncia que una de las principales actividades de la nueva generación será restaurar los ecosistemas que les entregaremos en un estado casi terminal. Los arquitectos del futuro serán los maestros del entorno “natural”: construirán los soportes de ecosistema antropogénicos (como el bosque urbano y artificial más grande del mundo, el Parque Nacional de Tijuca, en Río de Janeiro); reutilizarán minas como parques y reservorios de agua (ya lo hacen los chilenos y brasileños, entre otros); trabajarán con semillas como lo hacen hoy con ladrillos (ya lo intenta el Pabellón británico para la Exposición Shanghái 2010, de Heatherwick Studio); dominarán técnicas de remediación; aprenderán a trabajar con la naturaleza y no en su contra, ya sea mediante estrategias formales de contraste, mímesis o fusión –lo de menos de cara a la necesidad de descontaminar, filtrar y oxigenar aire, aguas y suelos. Los arquitectos del futuro son aquéllos que desde el hoy inventan y ponen a prueba sistemas descentralizados, viables y micro o mediano-infraestrucuturales de manejo de energías renovables, agua y telecomunicaciones. Es porque el sol, el agua, los suelos, los vientos, las mareas, la vegetación y la vida se están convirtiendo en aspectos centrales del diseño, que su disciplina líder, directa o indirectamente, es el paisajismo. Arquitectos y urbanistas están aprendiendo de los paisajistas a trabajar en sintonía con las fuerzas de la naturaleza. Los países que primero se desarrollaron, y enfrentan ahora las condiciones post-industriales de paisajes urbanos decantados de la obsolescencia y el abandono; a veces, incluso, el encogimiento de sus ciudades (como es el caso de Detroit, en Michigan, la cuna del Fordismo) han puesto su fe en la capacidad del paisajismo, en alianza con el urbanismo y la arquitectura, para devolverles vida y usos a las zonas urbanas más degradadas. Dos casos paradigmáticos de esta orientación son el High-Line de Nueva York y el Parque Olímpico de Esculturas de Seattle. Es desde el paisajismo también, que se delinea una de las teorías de mayor influencia en el mundo contemporáneo: el landscape urbanism, que aboga por una integración y síntesis entre arquitectura, urbanismo, paisaje e infraestructura. Por otra parte, quizás el ejemplo más brillante de una arquitectura derivada del compromiso con el paisaje es el rascacielos de Studio Gang Architects en Chicago, uno de cuyos principales parámetros de generación fue prevenir el choque y la muerte de los pájaros de la ciudad, y que si bien adolece de todas las contradicciones de lo que podríamos denominar como “high-tech sustentable” (como los ingentes recursos que consume), engendra una visión distinta de la torre, como topografía vertical, cúspide de una tradición de topografías arquitectónicas o geo-arquitecturas que fue epitomizada en el Terminal Yokohama de Foreign Office Architects, en el año 2002.

Pabellón británico para la Expo Shanghái 2010, Heatherwick Studio (ganador de la Medalla de Oro en diseño de pabellones).

Torre Aqua, Studio Gang Architects, Chicago, 2010 (la arquitecto Jeanne Gang obtuvo el McArthur Genius Grant en el 2011)

Terminal de Yokohama, Foreign Office Architects, 2002

Parque Olímpico de Esculturas, Weiss / Manfredi Architects, Seattle, 2007. Ganador del Verónica Rudge Green Prize en diseño urbano (2007)

Academia de las Ciencias de California, Renzo Piano, San Francisco, 2008 (otro ejemplo paradigmático del high-tech sustentable)

Parque High-line, etapa 1, James Corner, Field Operations, y Diller Scofidio + Renfro, Nueva York, 2004-2009

Casas Cururo y paisaje, FG Arquitectos con Teresa Moller & Asociados, Chile; un bello caso latinoamericano de síntesis entre territorio y arquitectura.

Tectónica digital

Desde el punto de vista tecnológico, la fabricación digital (incluida la robótica) y la posibilidad de generar diseño paramétrico (diseño computacional que responde a valores de diversa naturaleza: ambientales, económicos, estructurales, programáticos, etc.), continúan siendo, junto con exploraciones de las relaciones entre espacios virtuales y tangibles (interactividad), los sistemas de información geográfica, y otros potenciales de las nuevas tecnologías informáticas, uno de los principales temas de exploración de la vanguardia del diseño. A los estratos históricos de lo artesanal (mano/telar tradicional) y lo industrial (máquina/telar industrial) se superpone la capa de lo digital (cerebro electrónico/telar informático). Diversas técnicas históricas y sus contribuciones conviven en un campo de exploración en el cual los módulos dejan de ser piezas idénticas y se liberan para ensamblar pieles estructurales compuestas por variaciones sutiles, gradaciones y piezas únicas. Los patrones y diversos principios de la matemática contemporánea (las ecuaciones no lineales, la geometría no-euclidiana, los fractales, la cinta de Möbius, etc.) nutren las visiones que se levantan sobre el espacio cartesiano de las coordenadas x-y-z para proyectar estructuras y formas hasta hace poco impensables. Esta tendencia encuentra su semilla original en la invención de la computadora, y su concreción arquitectónica en los edificios escultóricos de Frank Gehry o las cubiertas de Norman Foster (patio interno del British Museum, por ejemplo). Gehry tuvo que recurrir a la industria aeroespacial para descubrir el programa de computación Katia y la viabilidad constructiva de lo imposible, al igual que décadas antes, Le Corbusier había recurrido a la industria de la manufactura de aviones, automóviles y naves para formular sus máquinas para vivir. Los representantes contemporáneos más interesantes de esta tendencia, fusionan su interés tecnológico-constructivo con principios medioambientales, como lo ilustra el mirador del zoológico de Helsinki.

Mirador del zoológico Kupla – Helsinki, HUT Wood Studio/Ville Hara, Helsinki, Finlandia, 2000-2002