Espinoza Carvajal Arquitectos

Texto publicado en 30 60: Cuaderno Latinoamericano de Arquitectura, Córdoba, Argentina, Nov. – Dic. 2012 (y reproducido en Revista Clave, Quito)

En el imaginario ecuatoriano, Loja es el mojón urbano del sur, en un sistema lineal de ciudades serranas, que se despliega a lo largo de las hoyas y valles que han sido urbanizados en los cordones montañosos de las cordilleras oriental y occidental que conforman Los Andes ecuatorianos. Cuna de algunos de nuestros más grandes escritores (Pablo Palacio, por  mencionar al más grandioso), a los lojanos se los conoce en el país por la “pureza” de su castellano. Desde el punto de vista urbano, a Loja la puso en el mapa nacional e internacional un Alcalde, José Bolívar Castillo, que durante su gestión (1988-1992, 1996-2000), implantó un sistema de manejo de desechos sin precedentes en el país, además de descontaminar los ríos que atraviesan la ciudad, el Malacatos y el Zamora. Y ahora, hacen visible a esta ciudad meridional, a través de su excelente arquitectura, Kenny Joel y Santiago Espinoza Carvajal, herederos de una tradición modernista/brutalista latinoamericana, que ha hallado una renovada expresión también en Ecuador.

Hay pureza en la impureza de lo crudo, lo que se asume tal cual es, sin pretensiones, en el edificio 03 98. Pureza en las formas, la estructura, la regularidad de las losas, las modulaciones, la geometría subyacente e implacable de la composición del edificio. Y es esa pureza, o transparencia, lo que hace legible su lógica de articulación y su proceso constructivo. El objeto arquitectónico conserva las marcas de su formación y registra las líneas claras de los dibujos que le dieron vida: cuenta su propia historia, y en su silencio, es tremendamente locuaz. No esconde nada, ni siquiera lo poco que tiene, en apariencia, de falso: las “vigas” de acero en forma de C que enmarcan las losas de hormigón sirven de anclaje para el sistema de cobertura (paneles y pasamanos), además de rematar la losa en un afán más bien clásico de encuadrar.

Desde un punto de vista volumétrico, el conjunto arquitectónico se compone de tres elementos: dos prismas rectangulares que se articulan en forma de L por medio de una estructura metálica, parasitaria, al estilo de los fire escapes neoyorquinos, con sus escaleras de superficie anti-deslizante y el elevador. La circulación vertical no es un volumen cerrado, con gradas anónimas de servicio y cemento, como suele ocurrir en la mayoría de edificios en altura de Ecuador. Al contrario, se abre y expande en una serie, según palabras de sus autores, de “porches” para convertirse en la columna vertebral tanto desde un punto de vista funcional como estético. La escalera liberada genera espacios intersticiales y seguros de encuentro casual o planificado, de interacción entre edificio y ciudad, transformando a un lugar muerto en central nerviosa del edificio. Su estructura ligera de ensamblaje, con sus entrepisos de plywood, produce además un contrapunto: articula a las dos cajas principales, más bien sólidas y definidas, con su levedad y apertura: es pausa, vacío, traspaso y lugar de estar colectivo. Incluso la cubierta de este elemento intermedio remata en una visera traslúcida que da continuidad al corte de la escalera, como si fuera a crecer, en contraste con las losas planas de la cubierta de los prismas.

Las fachadas de 03 98 se retiran, como estipula una normativa urbana todavía enraizada en los preceptos del CIAM (Congreso Internacional de Arquitectura Moderna), cinco metros desde el frente, y tres en cada canto, generando volúmenes esbeltos, de planta alargada; en la apretada geometría de la manzana. En lugar de atrincherarse detrás de un muro, como suele ocurrir en una sociedad que sufre de un doble encierro –el heredado de la tradición española y mora de abrirse hacia un patio interior y el adquirido como respuesta al temor-, el proyecto se abre hacia la calle, aprovechando el retiro frontal como plazoleta o vestíbulo exterior (versus estacionamiento) y los respiros laterales como acceso vehicular y patio velado con una superficie traslúcida. La lógica de la composición en grilla de las fachadas es tan legible como el proceso constructivo. En la principal, por ejemplo, a la subdivisión en módulos rectangulares cuya altura es la misma de cada planta y cuyo ancho corresponde a la sexta parte del ancho del edificio, se suma una división tripartita de corte más bien clásico, recordándonos que existe una relación histórica entre el clasicismo y el modernismo, sin que eso niegue la ruptura del segundo con respecto al primero. Sobre la base transparente (comercial), se montan el cuerpo reticular (residencial o laboral) y un remate (penthouse con terraza jardín que quiebra la verticalidad de la esquina y conecta con el cielo, mediante la proyección de las vigas de recuadre superiores, que delimitan un cuadrado abierto en una especie de tragaluz exterior).

Es interesante que el uso de un módulo en sus diversas proporciones diluya la diferenciación programática del edificio; la que a su vez se marca en la división tripartita. Se define una jerarquía en el sistema constructivo (estructuras principales y secundarias) y en la planta (espacios servidos y servidores), pero no en la composición espacial (grilla abstracta y dinámica que responde a diversos parámetros desde su impavidez de grilla). El envoltorio de 03 98 contrasta con el collage arquitectónico del entorno. Su juego modular de paneles de hormigón prefabricados, vidrio y persianas de madera, permite romper con la rigidez de la geometría subyacente y generar un sistema combinatorio dinámico. Los pasamanos lineales sortean la necesidad de proveer protección sin romper con la transparencia y modularidad del edificio. Se establece así una base simétrica de actuación asimétrica: una simetría asimétrica. Este sistema de tetrix va respondiendo a diversas necesidades programáticas, ambientales, estructurales y estéticas: las persianas se alternan para proveer sombra y apalear el efecto invernadero en una caja de vidrio ecuatorial; la franja húmeda de servicios ubicada hacia una de las fachadas laterales deja su impronta de opacidad y se afilia con la estructura; terrazas lineales, como corredores externos, dejan su huella transparente; la piel que cubre los espacios sociales, laborales y las habitaciones se duplica en celosía y vidrio, liberándose de la estructura. Por otra parte, el plano abierto, de líneas necesarias, permite alojar diversas configuraciones espaciales. Hay algo lúdico en el aspecto constructivista de este espacio, algo de juego de bloques. También hay algo de khaniano en este proyecto de tuberías vistas y losas tipo waffle, en el cual se deja a cada material ser lo que es, y a los espacios servidores economizar su papel frente a los servidos.

Tres rasgos importantes de la arquitectura que caracteriza a América Latina aparecen en este proyecto esbelto de losas delgadas y una cualidad textil: una economía o uso eficiente de recursos (todos los componentes constructivos se aprovechan al máximo, disminuyendo el desperdicio), la legibilidad del sistema constructivo (incluso se aprovechan las huellas del encofrado, que también se vuelven modulares) y una expresión brutalista (íntimamente relacionada con las dos primeras). Este es un proyecto de piezas, de ensamblaje, de autonomía de los elementos, de partes y un todo: se arma y puede leerse el proceso de armado. Inclusive los elementos espaciales interiores actúan como cajas dentro de cajas. La crudeza y honestidad de los materiales contrasta con las superficies prístinas, limpias, blancas, de los muebles empotrados y flotantes, las lámparas burbuja, los almohadones brillantes de cuero negro.

Pero acaso lo más interesante de este proyecto recae en ciertos detalles que a primera vista pasan desapercibidos pero anuncian un quiebre con los preceptos que le dieron origen. Detalles que comienzan a explorar un lenguaje que se afilia más con las exploraciones contemporáneas (y que arrancaron con sus propuestas desde la década de los 60). El letrero, por ejemplo, juega un papel importante en su grafismo aparentemente insubstancial. La intromisión de sus grandes letras contribuye a amplificar el papel que juega la superficie de la fachada, que se convierte, además,  en valla publicitaria. La connotación del texto también es reveladora. “Ideabox | diseño innovador diseño integral” define al edificio, no sólo al taller que se ubica detrás, como una caja de ideas; resume el concepto mismo del proyecto: una caja para pensar fuera de la caja; una caja que se asume como no-caja, o caja especial, caja icónica, caja innovadora y contenedora de innovación. Contenedor y contenido se funden en esta arquitectura que nos obliga a pensar la caja de una manera diferente, con todas sus potencialidades, en un medio en el cual la gran mayoría de gente nace, vive, crece, se reproduce y muere en una caja. Otros detalles liberadores aparecen en las superficies de algunos muebles empotrados y flotantes, puesto que se desdoblan, y aluden a una lógica de planos o superficies continuas que poco tiene que ver con la relación entre las partes y un todo. Al contrario, la superficie continua diluye toda segregación entre componentes y apunta a una estética que rompe con el lenguaje del brutalismo y el neomodernismo. En este proyecto hay un germen que quiere liberarse, pero se somete a la estética de la matemática que le dio origen, de la geometría que prima en su aspiración ordenadora de una realidad que se percibe como caótica. “Es imperante ordenar”, parece decir, “para volver a desordenar en este, nuestro país, cuyas urbes han explotado sin ton ni son, al compás de los juegos macabros de la especulación, o serviles a los dictámenes del mercado, o ´regulados´ por municipalidades que han sabido bailar al mismo compás; un país que ahora ubica a la falta de planificación y diseño urbanos como causa de ineficiencias y costes infraestructurales –públicos- inaceptables, convirtiéndoles en eje prioritario de su futuro desarrollo como nación organizada”.