“La arquitectura no puede contener otra belleza que la que nace de lo necesario”.

Francesco Milizia

(Cita extraída de la página web de la BAQ 2012)

Tengo la suerte de haber vivido la experiencia de la Bienal Panamericana de Arquitectura de Quito desde adentro, como miembro de su comité organizador en los años 2004 y 2006; y desde afuera, como concursante, público, colaboradora y miembro de la prensa que la cubre. Me ocurre con la bienal lo que a un cineasta o crítico de cine con una película: no logro abstraerme para simplemente disfrutar de todo lo que ofrece. Imagino la vida detrás de bastidores: a las decenas de estudiantes que montaron las cajas de cartón ensartadas para componer la escenografía del codiciado proscenio; a las personas que recolectaron dichas cajas (me pregunto dónde); a las manos veloces que rellenaron los maletines para poder repartirlos a tiempo; a la legión de voluntarios que clasificó y montó en el corredor perimetral del Coliseo General Rumiñahui, los paneles de los 700 proyectos concursantes, llegados a Quito desde las tres Américas y el mundo entero (una cifra sin precedentes); a los 23 coordinadores de confrontación afincados en 16 países visitando estudios de arquitectura, haciendo llamadas y respondiendo cientos de mensajes de internet; a los concursantes independientes, descifrando las bases y haciendo preguntas; a los coordinadores estudiantiles, nacionales e internacionales, visitando personalmente las facultades de arquitectura de su país, organizando viajes, vinculando a amigos con familias quiteñas; a los programadores de la página web, traduciendo todas las necesidades de la BAQ, a html y otros lenguajes; a los mensajeros del CAE, repartiendo documentos e invitaciones; a algún alma paciente y detallista, actualizando las bases de datos; a los conferencistas, emocionados, preparando su charla de manera que imágenes y palabras pudieran reforzar el tema que la bienal puso sobre el tapete. Se preguntarían, como tantos, aquí y en todas partes: ¿a qué se refieren con “básico”? ¿Cuál es la “arquitectura necesaria”? ¿Y la “ciudad necesaria”? Imagino a los arquitectos que irían de puerta en puerta –pública, privada, diplomática, civil, híbrida- tocando, solicitando fondos, negociándolos sin comprometer los contenidos propuestos (y es que la Bienal, los lectores tienen que saberlo, se quedó sin fondos y casi desaparece cuando el Colegio de Arquitectos del Ecuador perdió sus dos fuentes de ingreso principales: el 1 por 1000 de la construcción y la ya caduca obligatoriedad de afiliación profesional). Cuántas noches se desvelarían los diseñadores gráficos diagramando el catálogo del evento; el cuaderno para los bosquejos y las notas; los volantes; los afiches y el libro que recoge los resultados de la confrontación y está por salir. Esta lista es incansable, agotadora, ¡e incompleta!; pero es que así es el espíritu de la Bienal de Arquitectura de Quito: un caballo de potencia que se va sumando, conforme se adhieren miembros a su cuerpo, hasta que se desboca y ya no sabe cómo parar.

La bienal es el resultado de un arduo trabajo de dos años… se muerde la cola. En el ocaso de una está el amanecer de otra. Ya sea por negación o refuerzo, el diálogo se establece entre bienales (ahí radica la importancia de digerirla, evaluarla, sopesarla). Cómo no imaginar, ahora que nace sin querer la siguiente, los incontables diálogos que dieron origen a la que acaba de culminar: nacionales e internacionales; se fraguarían por internet, vía skype, sobre una larga mesa blanca, o como conversaciones casuales en cafés y bares de aquí, allá y otros lugares. Una pulsión oportuna, bien formulada, es capaz de tocar un nervio en el gran tejido que es la red internacional de arquitectos, y todo comienza a vibrar; las afinidades se encargan de multiplicar las interconexiones y las buenas coincidencias. Pero ese espíritu orgánico, que permite que todo vaya cayendo en su sitio, no se engendra sin edición, sin selección, sin criterio o curaduría; pero sobre todo, no se engendra sin el trabajo de quienes creen en él y están dispuestos a darlo todo a cambio de algo que no es retribución material. Y esta bienal evidentemente estuvo guiada por un cerebro colectivo profundo, preocupado, propositivo. Su propuesta, provocadora desde el título: BIENAL BÁSICA, fue polémica; generó desacuerdos; crisis. Todo un éxito. Sin desacuerdos no florece la creatividad; sin desacuerdos no se construye un discurso; sin desacuerdos, no hay democracia; sin desacuerdos, un arquitecto no se encuentra, y si no se encuentra, no sabrá por qué hace lo que hace. Y lo interesante de la BAQ 2012 es que creó desacuerdos por coherente, por haber manejado un discurso claro, que a pesar de su sencillez, no dejó de suscitar ambigüedad, polisemia, riqueza en las interpretaciones; desde aquéllas de poco alcance, que asumieron que “Bienal básica” equivalía a “Bienal de arquitectura para los más necesitados” hasta aquéllas que la adornaron con la riqueza de lo filosófico: “básico” como esencial, en el sentido platónico del término. Esta bienal con postulados, con manifiesto, fue un llamado a la responsabilidad. ¿Y tú, qué haces para reducir la contaminación de nuestra industria, la industria de la construcción? Parecía preguntarnos. ¿Y qué haces para servir a los demás; para contribuir a ofrecerles un lugar donde vivir más digno, más equilibrado, más seguro, más bello? ¿Ahorras recursos o despilfarras los pocos que quedan? Estas preguntas, por imperativas e universales, hicieron de la bienal una mancomunidad internacional, que comparte las mismas preocupaciones locales. No fue una bienal regionalista. ¿Cómo serlo, si se preguntó por cuestiones que conciernen a todos los seres humanos, en todas partes? ¿Cómo serlo, si la naturaleza no reconoce nuestros linderos? La bienal encontró un hilo conductor que nos une, incluso en nuestros desacuerdos. Todo en ella reforzó su llamado a reflexionar sobre los principios (en el doble sentido de la palabra) y fundamentos de la arquitectura, y por extensión, de la ciudad. Poco le fue entregado al azar. El catálogo del evento, con su sencilla portada blanca, sus letras negras y el relieve de la tinta brillante sobre el soporte opaco (blanco sobre blanco, a lo Malévich), habló de lo básico en el diseño gráfico. Lo mismo hizo el cuaderno de notas, con sus tapas de cartón (¿reciclado?) y el logo prensado en relieve. Básica fue la escenografía, construida con cajas de reciclaje, sin símbolos ni marcas: un patrón dinámico de cartones que llegó a puntear el coliseo con su mensaje de que mucho puede hacerse con muy poco, si se usan el ingenio y la creatividad. Básica la página web, y bien organizada. Dos los eventos académicos, los que se estimaron necesarios. Elemental el sistema de montaje de la exposición…

Con su lema claro y conciso, y la coherencia en todas sus expresiones, la BAQ 2012 logró convocar a arquitectos y profesionales de Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Cuba, Ecuador, España, Estados Unidos, Francia, Holanda, India, Italia, México, Noruega, Paraguay, Perú, Portugal y Uruguay (pudieron, en realidad, haber venido de cualquier parte). La Bienal 2014 –la próxima- tiene un alto estándar que superar. Por una parte, deberá mantener la finalmente lograda modernización de la bienal (los concursantes pudimos pagar en línea sin problemas y cargar nuestra información de una manera organizada); el mismo o un mejor grado de sistematización; la doble accesibilidad de la confrontación (vía coordinadores y/o independiente); y deberá estar regida por una curaduría tan o más lúcida que ésta. Más allá de que estemos de acuerdo con los postulados de la Bienal, o no (cada individuo sabrá masticar sus reflexiones); con la selección del jurado, o no (lo importante es que la evaluación la haga un grupo de profesionales con los méritos para hacerlo, y el  jurado de la BAQ 2012 los tiene); es vital que sepamos crecer sobre la experiencia de quienes nos precedieron; reconocer sus aciertos sin por ello volvernos dogmáticos y ciegos a lo que puede, en efecto, mejorarse. Desde mi experiencia particular, y porque la conozco desde adentro y desde afuera, es mi deber reconocer el gigante esfuerzo y los excelentes resultados de la BAQ 2012. Hasta aquí he llegado sin pronunciar nombres, para contribuir a mantener la coherencia de una bienal que evidentemente enfatizó la importancia de la autoría colectiva por sobre la individual, pero no puedo cerrar sin hacer alusión al liderazgo de los arquitectos Alberto Andino y Handel Guayasamín, Presidentes del CAE-P y la BAQ 2012 respectivamente, sin cuyo apoyo, nada hubiera sido posible. Al fin y al cabo, los individuos sí  importan, sobre todo al estilo del Libro de la selva de Kipling, donde “la fuerza de la manada es el lobo, y la fuerza del lobo es la manada”. Aquélla es la esencia, lo básico, de la bienal de arquitectura de Quito: es una manada de individuos dispuestos a sumar fuerzas por lo que creen: la capacidad humana para incidir positivamente en el entorno natural-construido que una sociedad levanta a diario, no sólo con ladrillos, sino también con actitudes, comportamientos y posturas de vida.