Texto escrito en Ingapirca, en agosto de 2014, para el libro “Diego Ponce Bueno: Arquitectura y Ciudad”. TRAMA Ediciones y Sacha Jí Proyectos Editoriales: Quito, Noviembre 2014.

Conjunto Habitacional California Alta, Quito, 1980. Archivo Familia Ponce

¿Qué puede significar el contexto para una persona que vivió su niñez y juventud entre Quito, La Habana, La Paz, Lima y Río de Janeiro? ¿Cómo define contexto un migrante, un nómada? ¿Qué tipo de arquitectura construye un espíritu peregrino? ¿Las arquitecturas del tiempo? ¿Las de su tiempo? ¿Las de la imaginación y el interior: los territorios en los que termina por desbordarse todo viajero del mundo?

Desde que nació, Diego Ponce Bueno circula. Acaso por eso este inquieto arquitecto adoraba el dinamismo en todas sus formas, como plano inclinado, como curva, como círculo, como ruptura y deslizamiento; como avance tecnológico; como cambio y transformación; como espacio parámetro del tiempo. Territorial y a-territorial a la vez, Diego hizo de todo, menos formas estáticas, incluso los diseños de sus pavimentos son dinámicos, en sus remolinos de diversas texturas y materiales. Hay arquetipos recurrentes en su arquitectura: la pirámide truncada –la montaña- una forma estable que se rehúsa a ser cúbica, pues se deja erosionar; la pirámide total, egipcia, como remate de los vacíos que se abren al interior de sus torres; el prisma de planos longitudinales inclinados o doblados para formar un rombo truncado; el juego de planos curvos que en su interrelación generan espacios para la vida; las cubiertas a dos o cuatro aguas, a veces de paja, otras veces recubiertas con teja o tejuelo, que se remiten a las arquitecturas vernáculas del mundo entero, a la “cabaña primitiva” de la historia de la arquitectura, cuyos entrabados comparten los orígenes arquetípicos con la cueva, el iglú, la carpa ancestral, y en las Américas se asocian con la arquitectura colonial española. Si tenía que erigir torres prismáticas, ortogonales, las socavaba, les esculpía algún relieve o las descascaraba. En algunos casos las hacía girar en ángulos con respecto a las avenidas y calles que encuadraban su implantación para abrir espacios públicos o servir de espejo a algún rasgo natural, como el volcán Pichincha, o pulverizar los reflejos de la urbe y recomponerlos en sus cortinas de vidrio. El espejo era su forma de deconstruir y reconstruir la ciudad.

Banco del Pichincha – Diners Club, Quito, 1994. Archivo Familia Ponce

La Rinconada, San Pablo del Lago, Imbabura, 1989.

Diego no se restringía en sus referentes: de espíritu postmoderno y entrenamiento moderno, cosechaba inspiración en diversos lugares y tiempos, permitiendo que sus frutos convivieran en el mundo pluralista al que aspiraban los ideólogos que expresaron con contundencia, en 1968, su desencanto con comunismo y capitalismo por igual, y que a la mezcolanza del consumismo, preferían la comunión de la diversidad que la globalización apretaba cada vez más, sobre todo en los barrios de las grandes ciudades. A esa generación le debemos, en última instancia, el eventual derrumbe del Muro de Berlín, el resquebrajamiento de la cortina de hierro y la explosión en la Plaza de Tiananmen. Le debemos el Situacionismo, el arte conceptual, el feminismo de la desigualdad, el desarrollo acelerado de la genética, la neurología, las comunicaciones, y las bases de las tecnologías digitales que eran incipientes en los años 30 y terminaron por extenderse en los años 90, hilvanando al globo en una mega red de interrelaciones comerciales, culturales, comunicacionales, financieras y materiales. A esa generación le debemos también las agudas críticas a una modernidad que, desde la óptica de su irreverencia, sirvió a capitalismo y socialismo duro por igual y perdió sus aspiraciones revolucionarias decantando en formulismos irreflexivos. A esa generación, inexorablemente, hemos de referirnos para discutir cualquiera de las manifestaciones de la “contemporaneidad”: historicismo, deconstructivismo, digitalismo, territorialismo, ecologismo, comunalismo, y demás. Le debemos hasta la revisión y revalorización de la arquitectura moderna, en curso desde hace cuatro décadas, y engranaje inevitable de la reflexión histórica que hizo girar la mirada sobre el hombro de la postmodernidad cuando el futuro era la única aspiración del híper optimismo tecnológico, panacea asumida de todos los posibles males.

Diego Ponce se formó como arquitecto en la Universidad do Brasil, entre 1962 y 1966; en el Brasil de los años 60; o debería apuntarse: el Río de Janeiro de dicha década, el de Oscar Niemeyer y Lucio Costa. Cabe recordar que Brasilia se inauguró en 1960, luego de cinco años de construcción, y que América Latina vivía con furor su “modernización”: una “modernización” que, como muchos han apuntado, no se construyó con máquinas y líneas de fábrica, sino con mano de obra barata; y que desde sus albores vio erigirse, a la par de sus grandiosos íconos de modernidad regional, las favelas auto-construidas con hormigón y bloque de cemento o ladrillo, al estilo domino de Le Corbusier. En esta época de grandes aspiraciones, de participación, de inserción de América Latina en un mundo que, gracias a su modernización, la trataría en otros términos, se desarrolló el “espíritu del tiempo” de Diego Ponce, y fueron esos los aires que trajo a Quito, una ciudad monástica, introvertida, satisfecha con su devenir al interior de sus gruesos muros. Personajes como Diego llegaron para desestabilizarla con ínfulas de irreverente modernidad, con plantas y fachadas libres, con ascensores, torres, acero y hormigón. Diego no estaba solo, por eso encontró eco entre quienes fueron sus clientes y amigos: arquitectos y emprendedores de diversos caminos cansados del “estancamiento” de la ciudad. Se podría argumentar que con los modernos ecuatorianos se plantó la semilla de las aspiraciones post-coloniales que hoy guían al país. El camino de apertura de esta nueva trocha que nos hilvanaría con la red global a la cual hoy, sin duda, todos pertenecemos, no se trazó sin pérdida ni conflicto. Se hicieron sacrificios que la preservación arquitectónica no ha perdonado y se generaron contrastes sobre cuyas raíces, logros y fracasos hoy poetizan artistas visuales, músicos y escritores. Y ahí está Diego, parado, en el centro del debate, como parada está La Licuadora, sujeto ella misma de conservación, emblema de otro Quito que se derroca ahora sin miramientos, en nombre de la especulación: el Moderno, el que él contribuyó a erigir.  ¿Modernizarnos o no modernizarnos? He ahí la cuestión. Y como ya lo anotó Shakespeare, es a los sueños a quienes debemos prestar atención cuando enfrentamos las vidas y las muertes de una sociedad que despierta o se duerme en uno de sus ciclos. No se puede dejar de ser onírico si se es proyectista, y Diego soñó e hizo realidad sus sueños. Escogió ser en el pragmatismo y la funcionalidad de la modernización y en la apertura de la inclusión sin discriminaciones de la posmodernización. Por eso sus edificios a veces parecen contradictorios: híbridos de lo moderno y lo postmoderno; torres con cortinas de vidrio y duelas de aluminio que recubren grandes techumbres de maderas empernadas y ensambladas hasta el mínimo detalle; enormes modernidades neocoloniales cuyos espacios son funcionales, fluidos y abiertos.

Cuando se observa la obra de este arquitecto, se vuelve evidente que para él la forma y la búsqueda de estilo fueron secundarias. Los productos de su mente eran impredecibles. Su dinamismo nato, su inquietud libre, le impedían repetirse: siempre estaba explorando, experimentando, y de la tecnología extrajo el placer del descubrimiento continuo, del reto que nutre, incesante, un espíritu insaciable como el suyo. Es en las entrañas de sus edificios, más que en su piel, donde habita el carácter de su arquitectura. Es imprescindible el rayo x de la estructura y de los planos de instalaciones eléctricas, mecánicas e hidro-sanitarias para descubrirlo. Allí actuaba como un médico preocupado con el funcionamiento de órganos y huesos, más que con la apariencia de la piel, cuyo desempeño le interesaba más que su eventual figura: como porosidad que facilita la circulación cruzada, como ojo que se abre a las magníficas vistas de sierra u océano, como protector solar, como soporte estructural…

Diego no se conformaba con las soluciones estructurales convencionales: estaba siempre empujando los límites del quehacer arquitectónico nacional, en pos de la innovación. Construyó aplicando todo tipo de sistemas estructurales, eléctricos, electrónicos y mecánicos: muros de hormigón portantes, como los que utilizó en su Casa de Playa para lograr la amplia luz que abre el ojo de la casa a una panorámica del horizonte marino, juntando interiores y exteriores en el plano de una prístina fotografía viva (él la describía como una wide screen, una ventana tecnológica); mamposterías entretejidas con distintas trabas y materiales, como las que se combinan en el Conjunto Residencial California Alta o erigen el muro anti-grafiti del edificio Siemens; estructuras complejas, como la utilizada en el edifico La Filantrópica, con sus columnas inclinadas, sus cielos rasos tecnológicos y su restaurante rotativo; sus sistemas de enfriamiento de aire basados en tuberías de agua en lugar de ductos de aire acondicionado;  el uso de muros portantes de 10 cm. de espesor en vivienda colectiva que no podía darse el lujo de desaprovechar el espacio; la experimentación con sistemas constructivos pre-fabricados, de rápida construcción y bajo costo, como el sistema cortina que le permitió levantar un complejo de vivienda en una semana. Los ejemplos son innumerables.

Diego siempre estaba probando y nada le enorgullecía más que la proeza tecnológica. Sus entrevistas están salpicadas de anécdotas emocionantes que van desde el sistema de sonido con rango de 17 metros, utilizado por el Cirque du Soleil, que permite escuchar música bajo el agua en la piscina de la Casa de Playa; hasta los sistemas anti-sísmicos californianos que no se cansó de actualizar; pasando por su fascinación con los ascensores con vistas al vacío. Como a Richard Rogers, a Diego Ponce le gustaba que se expresaran estructura y entrañas en la arquitectura; que el metabolismo de lo móvil, lo literalmente dinámico, se hiciera aparente en su soporte “estático”, con una sola excepción: en urbanizaciones desplegadas dentro de ecologías dignas de conservación como las de la frontera urbana en los valles de Cumbayá y Tumbaco, donde prefería soterrar los cables para dejar en paz a la vegetación y no obstruir las vistas.

Diego respondía de muchas maneras al contexto, pero el contexto al que respondía en cualquier terreno, era el que le proveía el mapamundi. Le interesaba que el Ecuador participara en los diálogos de las arquitecturas que se beneficiaban de los avances tecnológicos (constructivos, electrónicos, digitales, materiales) en el planeta entero. ¿Significaba esto que descuidaba la particularidad del entorno, del territorio en el cual se implantaban sus arquitecturas; o que menospreciara la especificidad del programa arquitectónico que se le asignaba? Por supuesto que no. El contexto y programa incidían en su decisión de subdividir los espacios o dejar que fluyan; en su preferencia estructural; en su elección de materiales; en la geometría de sus intervenciones (escalonaba los volúmenes sobre declives o los hacía rotar sobre planos en terrenos sin pendiente pero con otros atractores naturales o artificiales); en su continua disolución de los perímetros, recurriendo cada vez que podía permitírselo al uso de cortinas de vidrio; envolviendo sus edificios y salpicándolos con bandas de jardineras o escalonándolas al interior de los atrios de acceso en los edificios residenciales; soñando el sueño de los exploradores: ser pionero en territorios de frontera.

Diego se enorgullecía de haber detonado la Avenida González Suárez; de haber descubierto, temprano en la carrera por “colonizar” los valles, el potencial urbano de Cumbayá y Tumbaco; de haber verticalizado las nuevas centralidades del norte y sur de Quito. Le gustaba sentir el viento y profetizar hacia dónde se dirigirían los barcos. Al final de su carrera ya enfrentó otro tipo de reclamos venidos desde otro girón de los tiempos, esta vez por parte de los conservadores de la naturaleza y su insatisfacción con el despilfarro territorial que significa la ocupación de cinco valles aledaños al valle de Quito. Visiones encontradas: pioneros y los juicios del tiempo; pioneros y su revalorización.

Desde el punto de vista geográfico, el contexto en el cual Diego se sentía más cómodo era el urbano. La ciudad es la ficción más creíble de las construcciones humanas, su doble naturaleza. Funciona tan bien este producto de los organismos que la construyen y sostienen, que llegamos a olvidar que sin habitantes se convierte en ruina arqueológica o estrato mineral. En ella convergen y se hilvanan lenguajes y posibilidades técnicas. Sin embargo, la obra de Diego alcanzó su estado más poético en el campo abierto: en las alturas de Same o entre los bosques de las lomas que observan al Lago San Pablo y se debaten con el Imbabura; en el hito cerrado de La Rinconada, su casa de campo, donde Diego dialoga con la montaña para construir con tierra, agua y vegetación. Allí, más que arquitecto, Diego fue paisajista. No le impuso geometría alguna al suelo ni intentó yuxtaponerle Versalles u algún otro jardín de otros lugares y tiempos. Quiso ser páramo y fusionarse con Los Andes, un eco que a veces niega la ciudad-montaña de Quito. Dos pequeños lagos artificiales se empozan, vinculados por una micro-cascada que reverbera en el viento. Una choza, semi-barco, semi-refugio, se imposta en el reservorio delantero. No me sorprendería que pasto, agua y viento estén sopesados también como técnica. Fue en la naturaleza donde Diego instauró lo que podría denominarse “técnica-poética”, un modo de obrar que alcanzó su gran momento en Sacha Jí, el hotel de bienestar que diseñaron en diálogo, él y su hija, la arquitecta y fotógrafa María Teresa Ponce Gatto. Allí, impulsado por ella, ahondó en las nuevas tectónicas de los movimientos ecológicos de la arquitectura, construyendo techos verdes; sistemas de captación de agua con hélices de velero; o cimentaciones anti-sísmicas con llantas recicladas. “Si mi padre viviera”, me dijo María Teresa cuando la entrevisté, “estaría investigando más a fondo el tema de las arquitecturas verdes, pero desde el punto de vista tecnológico”. La tarea queda pendiente en Ecuador. Que esta semilla se plante con la misma inquietud y pasión por innovar que propulsó la creativa vida de Diego Ponce Bueno.

Parámetros de relación entre arquitectura y contexto en la obra de Diego Ponce:

Contexto, visuales y función

Si con algo se relacionaba Diego para establecer un diálogo entre arquitectura y entorno era con la mirada. Sus edificios son miradores. Están diseñados para proveer vistas panorámicas, idealmente de 360 grados. Sus malabarismos estructurales a menudo estaban relacionados con su obsesión por diluir el perímetro y permitir una interacción fluida entre observador y lo observado. En las cortinas de vidrio encontró la herramienta ideal para evitar paramentos y evitar obstruccioines visuales.

Contexto y topografía

Las arquitecturas de Diego se dejaban regar en las pendientes (Colinas del Pichincha, Conjunto Habitacional California, Conjunto Habitacional San Martín, Conjunto Terrazas del Golf); dispersar en los bosques (Urbanización Colinas de San Pablo); concentrar en las urbes y retirar en las esquinas urbanas (Banco del Pichincha, Torrres de Almagro). Establecían siempre una relación morfológica con el entorno.

Contexto y clima

Diego manejaba con destreza los principios de la arquitectura bioclimática, como lo demuestran sus casas de playa y montaña. Por medio de la ventilación cruzada refrescaba los ambientes y evitaba problemas de humedad o deterioro de los muebles. En su casa de Same incorpora un sistema digno de imitación al incorporar mallas finas en lugar de vidrio en los vanos, complementadas con contraventanas con celosías de madera. El aire continúa circulando cuando la casa está en desuso. En los edificios corporativos, donde no podía evitar el uso de sistemas mecánicos de climatización, recurría al uso de sensores para ahorrar energía, a vidrio reflectivo para soslayar la incidencia directa de la luz, y a sistemas mecánicos de primera línea, siempre al día con los avances tecnológicos.

Contexto e interior

Dependiendo del contexto, Diego decidía disolver al máximo la separación entre interior y exterior, o demarcarla. Cuando diseñaba edificios residenciales o de vivienda, y dependiendo del clima en el cual se implantaban, elegia la protección, la privacidad y el aislamiento, pero abría siempre la vida doméstica a las vistas. Sus edificios de oficinas son consistentemente abiertos al exterior: los espacios de trabajo se beneficiaron casi siempre de los muros cortina, las vistas panorámicas y la fluidez interior. En climas tropicales, como el de Same, llega a diluir por completo la separación entre interior y exterior, al punto que cielo, piscina, horizonte y espacios domésticos se funden en un solo circuito al que define como “combinación de ambientes”. De hecho, la generación de ambientes fue siempre fundamental para Diego, quien introducía al interior de sus edificios, incluso los ultra modernos y de oficinas, cubiertas de madera de corte vernáculo para dar calidez a los espacios.

Contexto y tecnología

Diego habitaba en un contexto tecnológico aterritorial. Le gustaba estar al día y experimentar con sistemas estructurales, mecánicos, eléctricos, electrónicos e hidro-sanitarios innovadores. Prestaba mucha atención a los avances en técnicas de construcción sismo-resistentes. Sus fuentes tecnológicas no tenían fronteras. Cuando encontraba un mecanismo interesante, lo tomaba y adaptaba.

Contexto, manutención y pragmatismo

Diego diseñaba tomando en cuenta el mantenimiento que exigiría un edificio en distintos contextos. Seleccionaba materiales y detalles de manera que se pudieran prolongar en el tiempo sin exigir mayores cuidados. Le gustaba diseñar arquitecturas “que den poco trabajo”.

Contexto y paisaje

Además de transportar el paisaje hacia los interiores mediante visuales, Diego lo atraía literalmente rodeando sus edificios con jardineras e introduciéndolas en atrios, corredores-jardín e intersticios.

Contexto y sentidos

La música (de un parlante o un pájaro), la iluminación (a veces colorida), las texturas, las tonalidades de los materiales y otros parámetros sensoriales era vitales en la paleta de elementos con los cuales diseñaba Diego.

Bibliografía

Cárdenas R., María. “Arquitectura = Innovación”. Quito: Revista Clave, Julio-Agosto, 2010.

Cárdenas R., María. “Pro-Sphera”. Quito: Revista Casas, sf.

“Diego Ponce”, en Quito, FADA-PUCE, www.arquitecturaecuatoriana.com

Entrevistas: María Teresa Ponce Gatto, Fernando Barrera y Rafael Vélez Mantilla

LA LICUADORA: ARTEFACTO DE UNA CRISIS Documental (en proceso) de Daniela Estupiñán