Autores: Jorge Javier Andrade Benítez, Javier Mera Luna, Daniel Moreno Flores.
Promotor:
Ministerio de Turismo del Ecuador
Colaboración: Manuel Galárraga-María Paz Villagómez-Diana Callejas-Christian Rea-Natalia Dueñas-Juan Carlos Cisneros-Andrés Llanos
Ubicación: Quilotoa, Shalalá, Zumbahua, Provincia de Cotopaxi, Ecuador

El valor de un Mirador

Un sencillo gesto que cumple con su función: facilitar la contemplación de la Laguna Quilotoa, sin irrumpir en el entorno. Un voladizo-puente para navegar sobre la fantasía del lugar, que no deja de ser el verdadero protagonista de la intervención. Poético, simple, silencioso; de materiales afines con la montaña, sin pretensiones; frágil, esta arquitectura surfea en una cresta de Los Andes ecuatorianos; fulcro en el anillo del cráter de un volcán activo, en cuyo centro se ha empozado el lago turquesa de los indígenas del “quiru” (diente) “toa” (reina), acostumbrados a convivir con las tonalidades glaciares de sus minerales fosforescentes. Ha sabido posarse en un páramo, cuyas flores son “cauchosas” o lanudas, retraídas de tanto frío; y donde los troncos de árboles del género polylepis se deleznan incesantemente. Una escalera-anfiteatro desciende hacia la superficie turquesa del agua. Agua glaciar. El piso se rompe para posarse naturalmente sobre la pendiente de la roca. La vista que ofrece está enmarcada por otro puente, de menor escala y transversal: el elemento que no se desfonda y permite transitar además de encuadrar y elevar. El vidrio no posee más estructura que su grosor para no interrumpir la relación entre el observador y el lago ni entorpecer las vistas. Planos transparentes. ¿El material predominante? La madera… a pesar de estar a la intemperie y demandar un enorme esfuerzo en mantenimiento. ¿La respuesta? La comunidad la cuida. El puente mirador está ubicado cerca de Shalalá y su iniciativa de turismo comunitario. Todos ganan: las comunas de Shalalá y Zumbahua, el gobierno que financia la obra y el diseño que se beneficia de una propuesta alternativa y respetuosa con el entorno, tan atípica en un país que cementa sus paisajes de manera violenta. Aquí, los planos de una geometría abstracta se insertan en la tierra, como cuchillas suaves, para proveer fondo a la vegetación y la roca, contrastando con sus formas “sigse”, sin perturbarlas. Un entablado continuo recubre la estructura de acero: la cercha modular de un puente que nunca llega a besarse con su gemelo, proyectándose, invisible, desde el otro lado del agua. La repetición de dos módulos inclinados en la misma dirección rompe con la simetría. La lógica constructiva es una de despiece, un juego de niños, un kit que se transporta con facilidad a la montaña y se ensambla en poco tiempo. Las duelas de la piel se intercalan en las juntas como dientes o dedos entrelazados: costuras bien punteadas. Se oculta la cercha; se expresa el plano. No hay puente sin anclaje. Este se amarra a la montaña en varios puntos y se apoya sobre un contrafuerte. Casi todo es removible y se puede revertir. Nos hace imaginar la marca que dejaría en el tiempo si pierde su piel. Huesos de acero oxidado. Carcasa del vértigo. Tan simple la estructura. Tan simple el sistema constructivo. Tan bello el resultado: te conduce al aire, a la bocanada de frío. Un puente proyectado para mirar, no para cruzar. Para respirar, no para transitar. Puente observatorio. Infraestructura poética. Boca que se abre para ser cuadro, arte, cultura en la yuxtaposición de lo que es y lo que se sabe, para tragarse el horizonte.

Ante la Majestuosidad, una inclinación.

El valor de este mirador rebasa los valores de la arquitectura que posee y en grado justo.